Narrar las migraciones (II): Destiempo, de Silvia Bardelás

Silvia Bardelás. Fotograma tomado de aquí
 

Un siglo y medio después del episodio histórico narrado por Bibiana Candia en Azucre, acompañamos a un joven milenial, Lois, en su experiencia migratoria. Ha vuelto a su pueblo natal a pasar un verano con su abuela después de tres años estudiando en Estados Unidos, adonde se fue siguiendo a su madre. Allí había vivido siempre con su abuela en la casa familiar que habían heredado de la familia del abuelo, que procedía de indianos, una casona grande que, para Lois:

 "parece un escenario, como si no pudiese haber ni un poco de realidad dentro, eso es lo que siente cuando recorre los anchos y llanos pasillos de madera tan noble y la estructura se pone a temblar como si todo fuera a caerse y mira al frente y ve el cielo y el verde de los árboles en el monte tan cerca y piensa qué fue de la gente que construyó estas casas, qué habrán hecho allá, lejos, en Brasil, para construirse estas casas..." 

Entonces, de alguna manera se produce un punto mágico de intersección con la novela de Candia, ¿acaso no parece estar señalando a Urbano Feijóo de Sotomayor y su manera de hacerse rico en el comercio de esclavxs?

La novela es, entre otras cosas, un retrato de su identidad escindida. El narrador omnisciente suele escoger el punto de vista de Lois para contar la historia, es a través de él y su mirada que penetramos en el espacio y en la sociedad rurales en que se desarrolla. Aunque, puntualmente, también  lo hace con otros personajes (Nati y Estela, su abuela y su madre), sobre todo cuando ya está avanzada la novela. Nos mete en sus cabezas y somos testigo de sus pensamientos, introducidos a través del estilo indirecto libre que, llevado hasta el límite, a veces acaba quebrándose para desembocar en un monólogo interior. 

Así nos vamos adentrando en una cartografía de voces que nos ayuda a orientarnos por el territorio de las relaciones, mostrándonos los numerosos pliegues emocionales donde se esconde todo lo nunca dicho. Así podemos observar la historia desde distintos puntos de vista y comprender -porque comprender es lo que intentan todxs aquí aunque raras veces lo consiguen-  las circunstancias y encrucijadas de cada cual, las razones de sus comportamientos, en ese triángulo familiar lleno de silencios que escamotean u ocultan las verdades. La búsqueda de la verdad es un motor en los planteamientos filosóficos del protagonista, pero -"qué más da la verdad, cada uno de nosotros necesita lo que necesita"-, más allá, el que para mí se convierte en uno de los temas centrales es la búsqueda del ser libre o su contracara la huida de lo que se es. Hay un tono existencialista evidente en las diserciones de Lois, que se plantea los fundamentos mismos de la existencia:

"A lo mejor, piensa Lois, cada uno de nosotros mantiene lo que ahí hay, unos hablando, otros pensando, otros running running, y algunos más conscientes de estar haciéndolo, rezando o cantando o escribiendo: ¿quién haría cualquiera de esas cosas si no tuviera la sensación de tener que mantener el mundo? [...] En el momento en que no sientes la necesidad de mantener el mundo, se desvanece poco a poco"

Incluyendo la muerte y lo espiritual:

"Hay una manera de estar en la tierra diferente, sin prisa, sin tener que llegar a ninguna parte, sin tener que ser reconocido por nadie, sin tener que pertenecer a ningún territorio, familia. Un yo tan gigante que lo abarca todo, que no tiene reparo en acoger nada. Si no le tienes miedo a la muerte, ¿qué prisa hay?"

Pero, al final, pareciera imposible comprender, pese a todos los intentos y los caminos diferentes para intentarlo: 

"Y avanzar no avanzamos mucho, pero nosotras ya no tenemos nada que ver con las que éramos. Lo peor de todo es que el mundo a nuestro alrededor, las cosas que antes nos parecían normales, ahora nos parecen tan raras que no podemos entenderlas. Estamos todo el día ¿qué manera es esa de hacer eso? Nos asusta esa manera de vivir. Estamos fuera del mundo por nuestro intento de estar lo más dentro posible. [...] Ya no entendemos nada."


Destiempo (De Conatus, 2021) es una novela psicoĺógica que me recuerda a algunas obras del realismo. No solo por el uso del estilo indirecto libre y la aproximación a la conciencia del personaje, sino también por la radiografía social que deja traslucir. También por esas notas de la narradora que se visibiliza y se incluye en el texto dirigiéndose al lector haciendo comentarios sobre : "Es mejor dejarlos aquí..." Y todo eso pese a que la mirada principal vea y viva los acontecimientos a través de un velo de irrealidad. 

Y, ciertamente, hay un punto de intensidad que roza con la fantasía, se está en los bordes del realismo mágico porque hay algo sutil que desplaza la realidad hacia lo inverosímil. Esa revolución silenciosa que lideran las mujeres del pueblo que va de la mano del párroco, en primer lugar, y de Spinoza después. Como si fuera el resultado de un ejercicio de binomio fantástico en el que los dos elementos a unir fueran dos mundos habituales pero que juntos dislocaran alguna imagen: las mujeres rurales de la tercera edad; el activismo y la filosofía. ¡Me encanta! ¡Soy fan absoluta de este grupo de mujeres! 

Esta historia, que se da en paralelo a la de la marcha de Lois, se entreteje con la principal a través del personaje de la abuela quien, desde que se queda sola, organiza a las mujeres y viven un viaje alucinante sin salir de la provincia, expandiendo el tejido de su comunidad hasta . Pero lejos de la fantasía, hay una sensación de extrañamiento que la mirada de Lois nos impone. Con extrañamiento va haciéndose consciente de la transformación que ha sufrido su abuela mientras él ha estado fuera. (No os destripo más esta historia alucinante, por si queréis leerla).

Esa es también la sensación con la que comenzamos las primeras páginas del libro, con una escena apoteósica en la iglesia, donde todo parece muy familiar pero hay algo que no te termina de cuadrar: algo extraño y extraordinario está pasando, cualquiera que haya ido alguna vez a misa se da cuenta y se pone en alerta. Nos hace dudar. ¿Acaso estamos siendo testigxs de algo maravilloso? Ese es el pórtico por el que accedemos a la historia

Silvia Bardelás ha trenzado una novela profunda y rica, de la que podría comentar muchísimas más cosas que me han gustado. Cada una de las caras de este prisma que conforma (la crisis existencial de la juventud sensible, la hendidura de la experiencia migratoria en la identidad personal y en el tejido social gallego, los silencios y los patrones familiares, la estructura social de un pueblo,  las desobediencias, las trampas y las prisiones del amor en todas sus formas, las expectativas, la vacuidad de un mundo individualista y sin sentido, etc.) daría para una charla pausada con amigas. Por añadidura, en el aspecto formal nos encontramos con una construcción precisa y exquisita, en la que no se evita el riesgo de experimentar con la técnica narrativa. 

Me pregunto por qué razones esta novela no ha tenido la repercusión que se merece. Sinceramente, en estos dos últimos años he leído obras de otras autoras "no comerciales" que han sido encumbradas y que, desde mi punto de vista, no llegan a este nivel de calidad literaria. Buscad este libro, ya veréis que no os defraudará.


Artículo financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha 2022.



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