Día de Difuntas: pensar a nuestras muertas

Están algunas feministas haciendo estos días un ejercicio de memoria de las ancestras... A través de Curretxs Violetas, me llega el post en el que Mar Gallego nos insta a recuperar la conversación con nuestras muertas, a no creer que el pasado ya pasó, a hacerles un hueco y dejarles decir después de haberlas silenciado, a rebuscar en los escombros

Mientras lo leo, me emociono y ella vuelve a mi cabeza. Hace como cosa de una semana, vino a visitarme antes de dormirme: era una figura nítida delante de mí, los ojos vivos y fijos en mis ojos. Yo le sostuve la mirada y le dije: qué vienes a decirme; me pareció oír déjate llevar. Un mensaje demasiado pop para una señora nacida en 1903, con todo el tufo de ser un invento de mi mente. Pero ella seguía allí parada sin dejar de mirarme. Muy bien, aquí estás: te veo, te reconozco, me quedo aquí contigo. Aguanté el tipo. Empezaron a derramarse en cascada, una a una, un montón de fotografías y vídeos que tengo guardados en esa memoria que casi nunca saco de paseo... que ahora decido volcar aquí.

Me subes a la mesa del comedor y me enseñas a bailar "las gitanillas" y a llevar el ritmo de las castañuelas imaginarias con chasquidos de la lengua. En la misma mesa, haces cuentas conmigo en verano, sentadas en la banca, y las dos escribimos nuestro nombres -mi asombro ante tu caligrafía- en los sobres de las cartas de la Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real, que la abuela utilizará después al barrer como recogedor para la broza. Me das cien o doscientas pesetas, escondiéndomelas en el puño como si fuera un secreto divertido entre ambas. Cantas para mí con tu voz finita y chillona de vieja, aunque mi madre siempre ha dicho que cantabas bien y que ella también porque lo heredó de ti precisamente, porque fuiste la persona que le cortó por primera vez las uñas cuando era un bebé, así que yo también canto con tu voz porque a mí fue mi madre la primera que me las cortó. Te veo sentada en una silla en medio del cuarto de baño mientras te peina la abuela; tu pelo larguísimo y fino, amarillento; el moño bien apretada la soguilla. Y te esfumas y me encuentro a la abuela sentada en otra silla en medio del baño y a mi madre poniéndole los rulos, subiéndole el cardado al pelo corto... 

Me puse triste de repente porque yo nunca he peinado a mi madre y es probable/posible que no llegue a hacerlo nunca (mi madre tiene una enfermedad que le hace perder el pelo de forma definitiva). Ninguna de las hijas que no he tenido me peinará a mí. Esa misma noche soñé que me quedaba embarazada y las primeras que lo sabían (porque lo adivinaban) eran mis amigas del pueblo.

 A la mañana siguiente recordé este poema que escribí hace tantos años cuando, con 30, recordaba la última vez que te vi: en un sueño, tiempo después de tu muerte. Tu muerte no la voy a contar porque ya la conté aquí el año pasado. Hoy he rebuscado el poema en el disco duro:

Había dejado atrás el tiempo 
de beso, verdad o atrevimiento
aunque todavía hacía el pino
en cualquier pared
buscando ver las cosas
al revés es decir
a mi manera.
Era verano.
Cantaba tangos
descalza
en los botellones
y antes de irme a la cama
un café con leche frío.
Se encontraban en el comedor 
ignorándose
cada mañana
mis quince y tus noventa
mientras desayunaba
en la misma mesa
a la que me subías
para enseñarme a bailar
cuando pequeña.
Tú entonces eras ya una sombra
de lo que fuiste
y habías decidido
dejar de cantar
dejarte morir
en un candado de silencio
y no mirarnos más.
Diminuto personaje
en eterno negro de luto
en eterno agradecimiento
al marido que te liberó
muriendo joven:
de qué te servía un corazón
latiendo
si tu cadera
se obstinaba en retenerte
como una estatua
en el sillón de mimbre
si te impedía
recorrer las calles y las casas
acompañar a lxs abandonadxs
a lxs enfermxs
leer y escribir la correspondencia
de aquellxs a quienes la pobreza
dejó huérfanos de letras.
De qué te servía una vida
no elegida
ese encierro
de sarcófago
esa piel de momia
esa lengua
sin saliva.
La calle era tu casa
y la casa fue tu entierro.
Tu suicidio fue
en mi sueño
una piscina
de bolas de colores
en la que juegan lxs niñxs. 
 
*

 Mi bisabuela Maximiana Toledo nació en Palomares del Campo (Cuenca). Era de esas mujeres de antes que vestían de negro total, a la que nunca le vi la piel de los brazos o las piernas, tampoco los pies y la cabeza solo a veces, cuando en casa se quitaba el pañuelo anudado en la garganta y se le quedaba el mechón salido como de loca.

Todo el mundo la conocía porque era un personaje en el pueblo. Como Dios, estaba en todas las casas. Por la iglesia se movía como en casa también. Devota y valiente, resalta siempre mi abuela: no se perdía ni una misa, novena, funeral, boda o bautizo que hubiere; hasta se queda allí la noche del 31 de octubre después de relevar a su padre que era el sacristán. Él se va a dormir; ella dobla las campanas hasta el amanecer.

Sabía leer y escribir, fue a la escuela un poco tiempo gracias a su tío. Leía y escribía las cartas para todas aquellas que no sabían hacerlo y querían comunicarse con sus hijxs y familiares que se habían marchado del pueblo. También visitaba a lxs enfermxs y les rezaba, acompañaba duelos, practicaba su religión con diligencia, vocación y entusiasmo. Nunca se quejó, aguantó su vela sin compartirlo con el mundo -quién sabe si con dios- y siempre fue amable y cariñosa cuando hablaba. 

Rápida como una flecha, surcaba las calles del pueblo a velocidad crucero, iba y venía, iba y venía. No paraba quieta. Iba por la calle y todo el mundo me paraba a decirme que la había visto o se la había encontrado enca tal o enca pascual. Todo el mundo la saludaba. Para todxs tenía unas palabras. Estaba todo el día fuera de su casa (dicen mi madre y mi abuela a la vez). Comía poco, y lo que le daban hecho... Mi abuela se alternaba con su cuñada para llevarles la comida a ella y a su hermano Pedro León con quien vivía aun antes después de quedarse viuda. A ella no le gustaba la cocina y pasaba bastante del tema, prefería meterse en las cocinas y habitaciones de las casas de otras, preocuparse de "hacer el bien", cumplir con todas sus obligaciones de cristiana más que con las de ama de casa, dar rienda a una vida social intensa. ¿Se volcó en esa vocación humanitaria para tener una razón legitimada para salir de su casa? 

Tuvo la desgracia de casarse con un hombre que llegó tarde a su boda (porque se fue a celebrarla días antes sin decir nada a nadie), que dilapidó su herencia, al que no le gustó trabajar y se entregó a todos los vicios, que trajo la sífilis a su casa. Su suegra le dijo no lo admitas, su tío Juan que era médico, no te acuestes con él. Pero ella le dice a su suegra que si no lo admite, lo va a tener que admitir ella que es su madre y va a ser un escándalo. Se acuesta a su lado todas las noches en la misma cama. No tenían otra. Cuando él se murió (no de sífilis, sino unos años después de algo relacionado con los medicamentos), ella lo ayuda a bien morir. Estuvo en la cabeza del cuerpo presente con un libro devoto entre las manos, leyendo y rezando sin parar. No echó ni una lágrima. 

Ella ya sabía lo que le esperaba. Pero no echó marcha atrás. ¿Eligió ese martirio para buscar la santidad? ¿Mejor eso que lo que le esperaba si abandonaba el noviazgo? El día de antes de su boda, según era costumbre en la época, fue por las casas de sus familiares para avisar de que el matrimonio se efectuaría al día siguiente. Ella les dijo: 

- Mañana me caso, si viene el novio.  

 

Artículo financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha 2022.


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