Paula Aparicio Cejudo: la escritura como lugar propio

CC BY Paula Aparicio Cejudo

 Crecer sin dejar de ser aquella niña

Paula Aparicio Cejudo se sigue reconociendo en la niña tímida, introvertida y solitaria que encontraba en la imaginación una manera de habitar otros mundos. No conserva demasiados recuerdos de su infancia, o al menos no tantos como le gustaría. Habla de vacíos, de momentos puntuales que a menudo están asociados a la tristeza aunque en general no se recuerda como una niña triste. Se recuerda, sobre todo, como una niña muy tímida.

"Me sigo sintiendo un poco la misma niña", cuenta. La vida ha avanzado, han cambiado las circunstancias y ha aprendido a desenvolverse en el mundo adulto, pero hay algo que permanece. Le siguen gustando los videojuegos, coleccionar muñecotes, los legos y todas esas cosas que muchas veces se consideran infantiles. Ella no siente la necesidad de abandonarlas para demostrar que ha crecido.

En su casa los libros siempre estuvieron presentes. Sus padres leían y había libros alrededor, aunque nadie de su entorno se dedicara a escribir. La literatura no apareció, por tanto, como algo completamente ajeno, sino como una posibilidad que estaba ahí, al alcance de la mano. De niña empezó a inventar historias, a imaginar cómo sería vivir en los mundos de las series que le gustaban y a escribir pequeñas versiones alternativas de esas realidades. A los trece o catorce años llegó a compartir con una amiga un cuaderno en el que ambas interpretaban personajes de Naruto. Más adelante, durante la adolescencia, empezó a acercarse a la poesía. Tenía alrededor de dieciséis años cuando descubrió que escribir podía servir también para expresar lo que sentía, no solo para imaginar otros mundos. "Siento demasiado y necesito ponerle unas palabras que no sean las palabras habituales", explica. La escritura comenzaba a mutar de una forma de entretenimiento a un método para dar forma a aquello que no siempre encontraba cómo decir con palabras.

En el camino a sus primeras publicaciones poéticas hubo lecturas que la construyeron, amistades que la animaban, experiencias y talleres formativos que fueron dibujando su andar. Hubo también referentes literarios que le demostraron que escribir era una posibilidad real, pero Paula no recuerda un instante de reconocimiento definitivo. Su relación con la escritura se ha ido cociendo en su interior a fuego lento.

Entre las personas que terminaron por abrirle camino ocupa un lugar especial Darío Méndez Salcedo, escritor y editor de Niña Loba, la editorial con la que publicó su primer libro. Paula había autopublicado antes un trabajo del que hoy se siente distante, pero al que mira con cariño porque reconoce que le permitió aprender y dar los primeros pasos. Después envió un manuscrito a una editorial sin conocer demasiado el funcionamiento del sector. La respuesta fue afirmativa.

Aquel primer libro apareció en junio de 2020, en plena pandemia, cuando las posibilidades de presentación y encuentro estaban muy limitadas. Sin embargo, le abrió una puerta. Darío confió en ella, la ayudó a conocer el mundo editorial y le hizo ver que podía llegar más lejos. Paula recuerda especialmente que, cuando ella se planteaba volver a publicar con Niña loba, fue el propio Darío quien le transmitiría que creía en sus capacidades y que podía aspirar a más. "Nunca voy a tener las palabras suficientes para poder agradecerle lo muchísimo que me ayudó", reconoce.

Después llegaron otras editoriales, otras publicaciones y otras compañeras de escritura. También una comunidad lectora que ha ido creciendo a su alrededor, muchas veces gracias a las redes sociales. 

Si algo ha aprendido en ese recorrido es que la escritura puede ser solitaria, pero que la literatura requiere de la comunidad, hace falta que alguien lea, acompañe, confíe y devuelva una imagen de lo que una misma todavía no termina de ver.

CC BY Paula Aparicio Cejudo


"Encontré las palabras que estaba buscando", escribir desde el cuerpo, la identidad y las heridas

El descubrimiento de la poesía cambió la relación de Paula con la escritura. No fue solo una cuestión de encontrar un género que le gustara, sino de reconocer que existían libros capaces de hablar de aquello que ella sentía y que, hasta entonces, no sabía cómo nombrar.

Empezó a leer más, a buscar sus propias lecturas y a descubrir una poesía contemporánea que se alejaba de los caminos por los que había transitado hasta entonces. Le interesaron especialmente las mujeres que escribían desde su propia experiencia, que hablaban del dolor, de las emociones y de la vida. Entre sus referentes aparecen AlejandraPizarnik, Sylvia Plath y Anne Sexton, junto a otras autoras que le permitieron descubrir una tradición poética en la que reconocerse y le despertaron el deseo de apropiarse de lo leído y llevarlo a su propio mundo.

Pero hay un nombre que ocupa un lugar particular en su historia: NataliaLitvinova, poeta argentina de origen bielorruso, que llegó a conocer también como profesora. Paula ve en ella una figura decisiva porque no era únicamente una autora consagrada a la que admirar desde lejos. Era una escritora viva, contemporánea, que publicaba libros, desarrollaba proyectos culturales y construía su propio recorrido. Verla trabajar le permitió imaginarse a sí misma haciendo algo parecido. "Ella fue la que me cambió mucho", explica. En sus libros encontró sensibilidad, migración, familia, paisaje, animales y una forma de escribir que le llegaba sin resultar inaccesible. Sobre todo, encontró una posibilidad: si otras mujeres podían escribir desde sí mismas y convertir sus experiencias en literatura, quizá ella también podía hacerlo.

De ahí nació una de las transformaciones más importantes de su trayectoria. La figura del escritor dejó de ser algo lejano, reservado a personas excepcionales, para convertirse en una posibilidad concreta. Lo que escribía en un cuaderno a los dieciséis años podía trabajarse, adquirir forma y llegar a significar algo para otras personas. La poesía se convirtió así en su lenguaje literario más propio. No porque sea una forma automática de desahogo, sino porque le permite mirar la realidad con palabras distintas de las habituales. Escribir es explorar otros mundos, pero también volver sobre el que habita, observar lo vivido y encontrar una manera de nombrarlo.

Esa búsqueda atraviesa sus poemarios y llega también a Manifiesto Cuerpa, el ensayo en el que aborda la gordofobia. En ambos territorios aparece una preocupación constante por el cuerpo, la identidad, el amor y sus formas de violencia. Paula reconoce que escribe mucho sobre el amor, los desamores y aquello que puede confundirse con el amor sin serlo. Le interesan también las zonas oscuras de las relaciones, las heridas y las experiencias que dejan una marca.

Su poesía, además, contiene una dimensión autobiográfica que no siempre se presenta de forma explícita. Al hablar de uno de sus poemarios, explica que una parte importante de lo narrado procede de experiencias reales, aunque prefiere mantener cierta ambigüedad. No quiere que la obra se convierta en una confesión pública ni abrir conversaciones personales que no desea tener, especialmente con su familia. La literatura le permite contar, pero también protegerse. Decir sin explicarlo todo. Dejar que quien lee encuentre su propio sentido sin exigirle a la autora que confirme cada interpretación.

CC BY Paula 
Con el ensayo ocurrió algo distinto. Paula no imaginaba que llegaría a escribirlo ni que terminaría compartiendo experiencias relacionadas con el acoso escolar, las violencias, las microviolencias y los comentarios que había recibido sobre su cuerpo. Algunas de esas vivencias, que nunca había pensado verbalizar públicamente, acabaron formando parte del libro porque eran necesarias para construir el argumento y mostrar cómo determinadas conductas individuales responden a problemas sociales más amplios. 

La experiencia personal funciona aquí como punto de partida para generar conciencia social. A través de su ensayo sobre la gordofobia, Paula ha conseguido que muchas personas que no sufren esta discriminación reflexionen sobre una realidad en la que quizá nunca se habían detenido a pensar. Su testimonio les ha permitido tomar conciencia de cómo sus palabras, comentarios y actitudes, incluso cuando no son intencionados, pueden influir en la autoestima, las experiencias y la vida cotidiana de las personas gordas. De este modo, su experiencia individual trasciende lo personal y se convierte en una herramienta para visibilizar esta problemática y cuestionar los comportamientos y prejuicios que contribuyen a perpetuarla.


Mas allá de la propia expresión escrita

Paula no entiende la escritura como una actividad intocable ni como una inspiración que deba conservarse en estado puro. Defiende el trabajo, la corrección, el juego y la posibilidad de equivocarse. «La literatura tiene que ser maleable, tiene que ser divertida y poder jugar con ella», afirma. También por eso se ha formado en corrección y maquetación, ha participado en talleres literarios y trabaja acompañando a otras personas que desean escribir. Le interesa acompañar procesos, ayudar a ordenar una historia, revisar un texto y ofrecer una mirada exterior cuando quien escribe ya no sabe hacia dónde avanzar. Hay algo especialmente valioso, para ella, en que alguien confíe en mostrar un manuscrito todavía imperfecto y le permita participar en su desarrollo. No considera que esa labor compita con la escritura propia. Ambas pueden convivir.

En el fondo, su relación con los libros se construye también desde esa reciprocidad: leer a otras, dejarse ayudar, ayudar a otras y comprender que una obra no tiene por qué nacer ni crecer completamente sola.


"Mis poemas, si tienen un lugar físico, ese lugar va a ser Toledo"

Paula no escribe con la intención de convertir Castilla-La Mancha en un tema literario. No parte de un programa consciente para hablar de su tierra ni cree que la geografía sea necesariamente lo primero que la mueve cuando se sienta a escribir. Sin embargo, reconoce que el lugar en el que vive forma parte de lo que es y, por tanto, también de aquello que escribe.

«Mis poemas, por ejemplo, si tienen un lugar físico, el lugar físico va a ser Toledo, aunque no se vea, porque es lo que yo conozco», explica. La ciudad está ahí incluso cuando no aparece nombrada. Está en la perspectiva desde la que mira, en sus experiencias y en las circunstancias que han contribuido a construir su identidad.

Paula sabe que hay cosas que no habría vivido, o que no habría escrito de la misma manera, si no hubiera crecido en Toledo. Ser diferente en una ciudad pequeña y relativamente tradicional deja una huella, aunque esa huella no siempre se traduzca en referencias geográficas reconocibles. Algo parecido ocurre con el cuerpo: aunque un poema no explique expresamente que está escrito desde la experiencia de una mujer gorda, esa perspectiva puede estar presente en los conflictos, las imágenes y las emociones que lo atraviesan.

La identidad, por tanto, no necesita anunciarse para formar parte de una obra. Lo que somos se filtra en lo que escribimos, incluso cuando no pretendemos hablar de ello.

Su relación con Castilla-La Mancha tiene, además, una dimensión crítica. Paula percibe que la comunidad es un territorio frecuentemente olvidado, un lugar que desde fuera se imagina vacío o se reduce a unos pocos tópicos. Le preocupa que se desconozca la vida cultural que existe en sus ciudades y pueblos y que el mapa literario parezca concentrarse siempre en las grandes ciudades. Paula observa que buena parte del movimiento cultural se concentra en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga o Granada. Estar fuera de esos circuitos puede dificultar que una escritora sea conocida, que la inviten a determinados encuentros o que pueda participar en actividades que se celebran lejos de su lugar de residencia. Su reflexión es cuidadosa. No quiere apropiarse de la palabra periferia sin matices ni equiparar su experiencia a la de quienes tienen todavía menos recursos para moverse. Pero sí reivindica que vivir fuera de los grandes centros culturales impone barreras reales y que esas barreras también condicionan las posibilidades de desarrollar una trayectoria literaria.

CC BY Paula Aparicio Cejudo
Por eso le importa especialmente que existan proyectos culturales fuera de las grandes capitales. Uno de ellos es Ediciones en el Mar, la editorial de LosYébenes con la que publicó Manifiesto Cuerpa. Paula está orgullosa de formar parte de un proyecto que ha crecido desde un pueblo y que ha conseguido abrir un espacio físico: la Casita de Ediciones en el Mar. No es solo una librería. Allí se venden libros, ilustraciones y obras artísticas, y se organizan talleres y clubes de lectura. También se trabaja para que sea un espacio seguro, inclusivo, LGTBI y antirracista, abierto a distintas formas de encuentro y participación. Paula celebra que iniciativas así puedan existir en localidades pequeñas y que la cultura no tenga que depender exclusivamente de Madrid o Barcelona.

Su vínculo con este proyecto resume bien la manera en que entiende el territorio: no como una etiqueta que deba exhibirse en cada poema, sino como un espacio desde el que crear, compartir y hacer posible que otras personas también encuentren su lugar.

Castilla-La Mancha está en su escritura porque está en su vida. Está en Toledo, en las oportunidades que ha tenido y en las que le han faltado, en los círculos culturales que conoce y en las redes que ha ido tejiendo. Y está, sobre todo, en su defensa de una cultura que no debería tener que desplazarse siempre hacia el centro para ser reconocida.


"La única constante que queda siempre es escribir": un potro que aprende a correr

Cuando Paula habla de lo que la escritura le ha dado, termina regresando a una idea sencilla: le ha dado caminos que antes no tenía.

Hubo un momento en su vida en el que se encontró prácticamente sola. La escritura y las redes sociales cambiaron esa situación. A través de sus textos conoció a otras escritoras, a lectoras y a personas con las que fue construyendo vínculos. Hoy siente que casi todas las relaciones que mantiene han llegado, de una forma u otra, gracias a la literatura.

Escribir no solo le permitió encontrar una comunidad. También le dio una dirección cuando no sabía muy bien qué hacer con su vida. Había dejado la universidad, no tenía un camino profesional claro y necesitaba encontrar algo que pudiera sostener en el tiempo. La escritura se convirtió en esa constante que permanecía incluso cuando las circunstancias cambiaban.

"Es como la lucecita que consiguió iluminar las cosas", cuenta. No porque todo haya sido fácil ni porque la literatura haya resuelto sus problemas, sino porque le ha permitido seguir avanzando. Escribir, publicar, corregir, editar y acompañar a otras autoras han sido distintas maneras de encontrar el propósito a su existencia. 

Su deseo es poder vivir económicamente de los libros. No lo oculta: quiere que escribir sea su trabajo y quiere ganar dinero con ello. Mientras tanto, continúa buscando oportunidades, aprendiendo y haciendo convivir distintas facetas profesionales. Sabe que la precariedad condiciona muchas de sus posibilidades, pero no por eso deja de reconocer el valor que tiene haber encontrado una actividad que le importa y que le ha permitido construir una vida más propia.

CC BY Paula Aparicio Cejudo

También intenta reconciliarse consigo misma a través de la escritura. No sabe si lo ha conseguido todavía. Lo expresa como un proceso en marcha, una intención que continúa trabajando. 

Paula no necesita pensar en miles de lectores para sentir que su trabajo tiene sentido. A veces basta con una persona que le escriba para decirle que un libro le ha hecho pensar, sentir o mirar algo de otra manera. De ahí nace una de las frases que solía escribir en las dedicatorias de sus libros: "Gracias por leerme, que es quererme". Leer es una forma de acercamiento. Es dedicar tiempo a lo que otra persona ha creado, dejarse afectar por sus palabras y, en ocasiones, iniciar una conversación que no habría ocurrido de otra manera. Para Paula, esa posibilidad de encuentro vale tanto como el propio acto de escribir.

Quizá por eso, cuando le preguntan qué animal o paisaje podría representarla, no elige una imagen solemne ni una figura perfectamente definida. Piensa en potros, cervatillos y crías que todavía están aprendiendo a sostenerse. Después aparece la imagen de una estampida de caballos salvajes, corriendo en un paisaje abierto, quizá hacia un desfiladero, con esa mezcla de libertad, movimiento y vulnerabilidad que tanto le atrae.

Le interesa el caballo que corre, pero también su ternura. Un animal que puede imponer respeto por su tamaño y que, al mismo tiempo, busca la libertad. De esa imagen nace una respuesta que parece contener algo de su propia trayectoria: si tuviera que ser uno de esos animales, sería un potro, todavía aprendiendo. «Un potrillo intentando correr», dice, imaginándolo mientras busca su lugar y trata de avanzar.

Tal vez escribir no haya borrado los vacíos de su infancia ni haya resuelto todas las dudas sobre quién es. Lo que ha hecho es darle una forma de mirar, un espacio propio y una manera de convertir la experiencia en algo que puede llegar a otras personas.

Una niña jugando a los poemas. Una escritora que todavía está aprendiendo a correr. Y una mujer que, sin renunciar a sus dudas, ha encontrado en la literatura una forma de seguir adelante.

La escritura de este artículo ha sido financiada por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha 2026

 

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