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| CC BY Luz González Rubio |
Luz González Rubio nació en Villaescusa de Haro, un pueblo de Cuenca al que ha seguido regresando incluso cuando su vida la llevaba muy lejos. Las aulas, el periodismo, el activismo, la cooperación internacional y las distintas comunidades en las que ha participado forman parte de su recorrido, pero hay un lugar que permanece como referencia: Cuenca y el pueblo donde pasó su infancia y al que volvió durante tantos veranos.
"Siempre he estado en contacto con La Mancha y con Cuenca", explica. Aunque
las comunicaciones y las oportunidades la vincularon durante muchos años más
con Madrid que con la capital conquense, Villaescusa de Haro nunca desapareció
de su vida. Allí vivieron sus padres. Allí pasó los veranos, cuando Luz trabajaba como profesora, y regresaba para acompañar a su madre ya viuda.
Su relación con el pueblo no se limita a la memoria familiar. También ha
participado en la vida colectiva de sus vecinas. Recuerda unas tertulias
feministas organizadas alrededor del café y un libro que editaron desde la
Asociación de Mujeres, Buena gente de Villaescusa, compuesto en su
mayor parte por relatos suyos sobre las costumbres del lugar. La literatura
servía así para recoger una forma de vida, conservar sus particularidades y
reconocer a quienes la habían construido.
Años después, aquellas inquietudes locales encontrarían otros espacios de
expresión. Ya vinculada a Mujeres de Negro, participó con mujeres de
Villaescusa en una manifestación contra la guerra en la Plaza Mayor de Madrid.
Todavía conserva el recuerdo de un recorte de prensa cuyo titular decía: "Las
mujeres de Villaescusa se manifiestan contra la guerra". La escena reúne dos
dimensiones que atraviesan su trayectoria: el arraigo en una comunidad concreta
y la voluntad de intervenir en asuntos que afectan al mundo entero.
Esa inclinación por buscar otras maneras de vivir apareció muy pronto.
Cuando tenía dieciséis o diecisiete años conoció a Pepe Vera, un investigador
que quería impulsar en Cuenca una comunidad pacifista inspirada en el Arca de Lanzadel Vasto, discípulo de Gandhi. Con dieciocho años, Luz se puso en contacto con
la comunidad madre, en el sur de Francia, y viajó hasta allí haciendo autostop
para pasar un verano.
La experiencia le permitió conocer de cerca un intento de vida comunitaria
contrario a la sociedad de consumo y comprometido con el pacifismo. También le
mostró sus dificultades: mantener una comunidad al margen de las normas
habituales, explica, no es sencillo. Con el tiempo, aquel proyecto se
transformó y perdió parte de su planteamiento original. Sin embargo, la
experiencia dejó una huella en su manera de entender la convivencia y el
compromiso.
Su llegada a Madrid la puso en contacto con otra red de personas que trataban de construir alternativas desde la vida cotidiana. En Palomeras encontró un ambiente de curas obreros, activistas, abogados laboralistas y personas vinculadas a organizaciones políticas y vecinales. Entre ellas estaba su madrina, María Ángela, una mujer que, después de abandonar el convento, ayudaba a repartir recursos entre las familias del barrio. De aquel entorno procede, entre otras cosas, su relación con la abogada Paquita Sauquillo.
También hubo apoyos decisivos en su relación con el conocimiento. Su
encuentro con el profesor y crítico de arte Francisco Calvo Serraller, a quien
conoció mientras trabajaba como vigilante en el Museo Reina Sofía, le abrió la
posibilidad de estudiar Arte Contemporáneo. De aquellas conversaciones nació la
idea de matricularse y continuar formándose. Llegó a realizar cursos de
doctorado, aunque no terminó la tesis.
Su recorrido profesional tampoco siguió una línea recta. Antes de dedicarse a la enseñanza trabajó en el periodismo, colaboró con distintas publicaciones, pasó por el Centro de Documentación del Reina Sofía y trabajó durante unos meses en Greenpeace. En la enseñanza comenzó su andadura como profe en el centro penitenciario de Alcalá-Meco. Allí descubrió una relación con sus alumnos que la sorprendió. Eran jóvenes, algunos con condenas muy largas, y muchos agradecían las clases y leían con interés.
Más tarde, Chicago le ofreció otra forma de aprendizaje. Llegó comoprofesora visitante, a través de un programa del Ministerio de Educación yCiencia, y permaneció cuatro años en la ciudad. Trabajó en un colegio del sur
de Chicago, en un entorno afroamericano, y pasó dos años en una residencia
feminista que acogía a mujeres de distintos países. Allí acudía a
presentaciones de libros, conoció personalmente a Susan Sontag, Umberto Eco e
Isabel Allende y se apuntó a cursos de escritura creativa en inglés y de
literatura africana.
Según la propia Luz fue una estancia dedicada a "Absorber todo. El
ser extranjera en un sitio así es absorber muchas, muchas cosas», recuerda. Tuvo
que aprender inglés de verdad, conocer una sociedad desde dentro y establecer
relaciones con personas de procedencias muy diversas, entre ellas mujeres
afganas refugiadas políticas e iraníes. Esa convivencia ampliaría su mirada y
acabaría alimentando una de sus novelas.
El 11 de septiembre de 2001 la sorprendió en Chicago, donde vivió la
conmoción colectiva de los atentados y el despliegue policial posterior. Pero
también conoció la movilización de quienes se oponían a la guerra. Participó en
manifestaciones contra la invasión de Afganistán y viajó a Washington con el
sindicato de profesores. Recuerda una marcha en la que coincidieron personas de
distintas religiones y culturas, algunas con ramos en las manos.
Aquella experiencia le confirmó algo que sigue defendiendo: un país no se
conoce haciendo turismo, sino viviendo en él. Y conocer a las personas, sus
diferencias y sus contradicciones fue una de las grandes enseñanzas de aquellos
años.
Escribir para
entenderse, para entender, para mostrar
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| CC BY Luz González Rubio |
Luz González Rubio tardó en publicar, pero llevaba mucho tiempo escribiendo. Su primera novela escrita fue Sangre de la luna, protagonizada por una guerrillera colombiana, aunque la primera que publicó fue En Kabul vuelan cometas. En paralelo, había colaborado en revistas de mujeres, entre ellas Ozono, y trabajado en periódicos como Liberación y El Independiente. Su paso por el periodismo estuvo marcado por la precariedad y por ambientes que recuerda como alternativos y llenos de personajes singulares.
En su paso por Greenpeace, sin embargo, no pudo cumplir su deseo de embarcarse en el RainbowWarrior y participar directamente en las acciones ecologistas. Su trabajo
consistía, sobre todo, en llamar a los medios, preparar la difusión de las
acciones y documentar imágenes. Necesitaba un salario, pero la experiencia no cumplía sus expectativas.
Escribir, para Luz González Rubio, sería el hilo capaz de reunir todas esas experiencias. No necesariamente para contarlas de forma literal, sino para transformarlas. De esta forma protege una parte de su intimidad sin guardarse nada. La literatura le ha permitido contar sin exponerse por completo. Recuerda que su madre era muy discreta y le insistía en que ciertas cosas no debían contarse. Luz ha procurado mantener esa reserva, pero reconoce que algunas vivencias encuentran su lugar en la ficción, desplazadas a otros personajes y otras circunstancias.
La escritura es, además, una forma de exploración personal. Nunca ha podido permitirse un psicoanálisis. Ella encontró en la lectura de libros de psicología otra manera de acercarse a sí misma. Le interesaron especialmente las ideas de Carl Gustav Jung, los arquetipos y el inconsciente colectivo, así como la relación entre los mitos y la experiencia humana. La literatura y la psicología se fueron encontrando así en una misma búsqueda: entender por qué las personas actúan como actúan, qué permanece en ellas y cómo las historias individuales se relacionan con experiencias compartidas. Se ríe al parafrasear a Ernesto Sábato y su idea de que escribir resulta más barato que la terapia. En su caso, el lápiz y el cuaderno han sido una herramienta accesible para elaborar su propia experiencia.
Entre sus libros, destaca la satisfacción que todavía le produce la novela que escribió sobre la República, la Guerra Civil y la posguerra: Memorias de un pueblo en zona republicana. La construyó a partir de los testimonios de personas mayores que ya han fallecido. Recreó sus recuerdos y los convirtió en diálogos, procurando ser fiel a lo que le habían contado. Es una obra histórica, pero también una de las más libres en su estilo, precisamente porque necesitaba dar forma narrativa a una memoria oral que de otro modo podía perderse.
Luz no presenta la literatura como una carrera de éxitos,
sino como una actividad que le ha permitido aprender, explorar y dar una
segunda forma a lo vivido.
"La Mancha es mi universo conocido"
La relación de Luz con Castilla-La Mancha ha sido constante, aunque durante
muchos años no estuviera vinculada a la vida cultural de su tierra de una manera
tan directa como lo está ahora. Su reencuentro con Cuenca llegó, en buena medida, a través
de la literatura.
En 2014 recibió el premio del certamen de narrativa La Cuenca histórica. A partir de entonces se incorporó a la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha y comenzó a participar en sus congresos, celebrados en distintas localidades de la región. Ha asistido a encuentros en Tomelloso, Socuéllamos, Villaescusa de Haro, Cuenca y Huete, entre otros lugares, y ha colaborado en publicaciones e investigaciones.
Cuando se jubiló y se trasladó a vivir a Cuenca. Sin embargo, la región ya estaba presente en su literatura
desde mucho antes. En sus novelas, el territorio no funciona únicamente como
decorado: contiene las costumbres, los nombres antiguos, los relatos
transmitidos y las formas de vida que conoce por experiencia propia.
Así ocurre en La casa de las conversas y en El secreto de la puerta azul, títulos que menciona al hablar de sus libros vinculados a su pueblo. En uno de esos escenarios literarios aparecen las conversas, mujeres que acudían a vender sus productos y cuya presencia remite a una historia local que Luz siente cercana. También La gruta de Diana parte de una investigación sobre el territorio y su pasado. La novela tiene dos escenarios y uno de ellos es Fuente Breñosa, nombre que Luz relaciona con el pasado prerromano de Villaescusa de Haro. Se documentó sobre la denominación y sobre los pueblos que habitaron la zona, y aprovechó parte de ese conocimiento para trabajar con sus alumnos de Cultura Clásica.
El entorno de Segóbriga y el mundo de los Olcades constituyen el marco histórico de la obra. La historia comienza con un soldado romano que, después de una emboscada, queda separado de sus compañeros y es acogido por una tribu local. Allí inicia una vida distinta y se casa con una mujer Íbera. La transformación de un antiguo soldado romano en alguien que abraza el pacifismo introduce una tensión central en la novela: la posibilidad de abandonar la violencia incluso cuando se procede de un mundo construido sobre ella. La protagonista, sin embargo, es una sacerdotisa que abandona el templo y busca la soledad de los campos y de la gruta de Diana, situada, según explica la autora, a poca distancia del yacimiento que se visita hoy. La diosa lunar le permite explorar la relación entre las mujeres, la espiritualidad y los mitos. Para documentarse recurrió a estudios sobre el mundo romano, a referencias feministas y a lecturas sobre la importancia simbólica de Diana y de la luna.
Su interés por las mujeres de la Antigüedad no se limita a recuperar personajes femeninos, sino que busca comprender qué lugar ocupaban en las distintas culturas y cómo fueron cambiando esas posiciones. En la conversación expresa una especial fascinación por las culturas anteriores a la expansión romana y por la concepción de las mujeres en las sociedades nativas. Le interesa observar cómo se transformaron aquellas formas de organización y cómo las estructuras patriarcales fueron imponiéndose. Esa mirada histórica conecta con una preocupación que recorre toda su obra: reivindicar el protagonismo de las mujeres y recuperar una memoria que no siempre ha ocupado el lugar que merece. La novela histórica se convierte así en una manera de explorar lo que quedó atrás, pero también de preguntar por el presente.
"No puede haber paz sin justicia social": la vida
que sigue escribiéndose por dentro
Hay una
frase de Luz González Rubio que podría servir como resumen de toda su experiencia vital "no puede haber paz sin justicia social". En ella
confluyen el feminismo, el pacifismo, la defensa de los derechos humanos y su
manera de entender la participación política. No ha estado vinculada a ningún partido político. Su compromiso, cuenta, ha discurrido por los movimientos de
acción directa, las asociaciones de vecinos, los sindicatos y las iniciativas
en las que ha encontrado una posibilidad concreta de intervenir en la realidad.
En su vida,
esos principios han tenido escenarios muy distintos. Estuvieron presentes en la
comunidad pacifista del sur de Francia, en las movilizaciones contra la guerra
después del 11 de septiembre, en Mujeres de Negro, en las actividades
feministas y en su trabajo con personas que vivían situaciones
difíciles. No se trata de experiencias aisladas, sino de distintas expresiones
de una misma preocupación: cómo construir una sociedad menos violenta y más
justa.
La literatura le ha permitido prolongar esa búsqueda de otra manera. En sus novelas aparecen mujeres que intentan recuperar su espacio, personajes enfrentados a las estructuras de su tiempo y personas que, aun procediendo de mundos violentos, pueden imaginar otra forma de vivir. Gran parte de sus personajes revelan su interés por explorar las posibilidades que se abren cuando alguien se aparta del camino que parecía tener asignado. Algo que es el hilo conductor de su propia vida aunque Luz decide no contar de forma literal. Proceder de un pueblo pequeño y haber crecido con una madre que valoraba mucho la discreción la ha llevado a proteger su intimidad. Sus personajes le ofrecen la distancia necesaria para trabajar con experiencias propias sin convertirlas necesariamente en confesiones.
Por eso,
cuando se le pregunta si escribir le ha servido para ajustar cuentas consigo
misma y con su vida, no duda: "Me sigue ayudando, desde luego". No habla de algo definitivo sino de algo que continúa ocurriendo. Escribir sigue siendo una forma
de pensar, de corregir y de comprender.
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| CC BY Luz González Rubio |
Quizá por eso tampoco considera que su obra esté terminada en un sentido interior. Ha publicado novelas, ha investigado, ha estudiado distintas disciplinas y ha seguido interesándose por campos tan diferentes como la lingüística, el arte contemporáneo, la psicología y los mitos. Le cuesta imaginar una vida en la que ya no haya nada nuevo que aprender. En la conversación, esa curiosidad aparece una y otra vez, con la naturalidad de quien no ha separado nunca el conocimiento del placer de descubrir.
Al final de
la entrevista, cuando se le pregunta si le queda algo importante por decir,
responde que cree que ya han hablado muchísimo. No necesita cerrar su
trayectoria con una declaración solemne. En sus palabras han ido apareciendo
las distintas piezas de una vida marcada por la curiosidad, las
contradicciones, la búsqueda de independencia y el deseo de que las cosas
puedan ser de otra manera.
Quizá
escribir haya consistido precisamente en eso: en encontrar un lugar donde todo
lo vivido pueda volver a mirarse, donde la memoria individual se encuentre con
la colectiva y donde las preguntas que todavía no tienen respuesta encuentren,
al menos, una historia que las sostenga.





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