Carmen Manzaneque, una mujer contagiada por la música de las palabras

 

CC BY Carmen Manzaneque

En la niñez comenzó su vocación

Hay recuerdos que permanecen dormidos durante años, esperando el momento de encontrar su lugar. En la escritora Carmen Manzaneque, muchos de esos recuerdos acabaron convirtiéndose en novelas. La lectura, las voces familiares, las ausencias de la infancia y aquella música que siempre ha escuchado en las palabras, forman parte de una vocación que tardó en encontrar su camino, pero que llegó para quedarse.

Aprendió a leer muy pronto, más rápido que la media, y enseguida encontró en la poesía algo que iba más allá de las historias que contaban los libros. Le gustaba aprender los poemas de memoria y recitárselos a todo el mundo. Se recuerda a sí misma como una niña que perseguía a los demás para compartir el último poema aprendido. “Era una niña plomo”, dice entre risas, pero eso me hacía sumamente feliz recitar textos con musicalidad en la métrica. "A mí me enamoró la música de las palabras", resume. No tiene oído musical para cantar, confiesa, pero sí para reconocer cuándo un texto suena bien. Empezó a escribir guiada por ese oído que, según cuenta, le permitía construir versos con una métrica precisa. 

En esa primera vocación también tuvieron mucho que ver las personas que la rodearon. Su padre, al que dedica su libro Historias cortas para gente impaciente. Él era un gran cuentista. Las historias que relataba eran disparatadas, exageradas y divertidas. Él las daba por verdaderas, aunque la pequeña Carmen sospecha que la imaginación de su progenitor aportaba grandes dosis de fantasía a esos supuestos hechos reales. Lo importante no era tanto la veracidad como la manera de contar, esa capacidad de mantener a los demás pendientes de la narración, ella admiraba mucho esa capacidad paterna y la incorporó a su vida.

CC BY Carmen Manzaneque

Otro recuerdo relacionado con las letras permanece intacto en su memoria, pone cara de ensoñación cuando lo cuenta: la primera vez que una prima la llevó a la biblioteca de Campo de Criptana. Recuerda incluso el olor, la penumbra del lugar y las luces sobre las mesas, aunque admite que quizá su imaginación haya transformado alguna de aquellas imágenes. Lo que es inmutable es la sensación de encontrarse ante un tesoro: nunca había visto tantos libros juntos y podía elegir cualquiera de ellos. Aquella biblioteca alimentó sus ganas de leer y, sin que ella lo supiera todavía, también las de escribir.

Su infancia estuvo marcada, sin embargo, por una experiencia mucho más dolorosa. Carmen vivió en Campo de Criptana hasta los cuatro años, cuando su familia se trasladó a Madrid en busca de mejores oportunidades laborales. Cuatro años más tarde, sus padres emigraron a Alemania para reunir los ahorros que les permitieran regresar y hacer realidad el proyecto de su padre: montar su propio estudio y laboratorio fotográfico. Mientras tanto, Carmen y sus hermanos quedaron al cuidado de sus abuelos. Ella regresó al pueblo, donde vivió entre los ocho y los once años, rodeada de familiares, primas y compañeras de colegio, pero con la ausencia de sus padres como una herida difícil de explicar.

"Fue, la verdad, muy traumático", reconoce. Aunque estaba acompañada por su familia, necesitaba a sus padres. La distancia se traducía en esperas y conversaciones telefónicas breves cada diez o quince días. Las conferencias internacionales eran caras y había que aprovechar cada minuto. La voz llegaba desde muy lejos y la espera hasta volver a escuchar a sus padres formó parte de la vida cotidiana de la niña que Carmen fue.

Aquel desarraigo dejó una huella que décadas después encontraría su expresión literaria en El horizonte desde el tejado, su tercera novela, que contiene una parte autobiográfica. El tejado remite a aquel espacio bajo cubierta en el que dormía en casa de sus abuelos. Desde allí imagina un horizonte por el que esperaba el regreso de sus padres. Carmen habla de esa experiencia con una sensibilidad que va más allá del recuerdo personal. Sabe que emigrar no significa únicamente cambiar de lugar: supone dejar atrás la casa, los objetos cotidianos, los juguetes, las costumbres y a las personas que dan forma a una vida.

A los once años volvió a reunirse con sus padres y después la familia se trasladó a la provincia de Toledo para que su padre pudiera poner en marcha el negocio soñado. Allí, en Illescas, Carmen ha construido su vida adulta. Conoció a su marido, se casó, tuvo a sus hijos, trabajó y terminó echando raíces.

Su camino profesional comenzó muy pronto, a los quince años, trabajando como fotógrafa junto a su padre. Más adelante, ya casada, participó en el negocio familiar de venta de muebles, donde también encontraba una dimensión creativa al ayudar a decorar las casas. Pero, por encima de los trabajos, conserva el gusto por el contacto humano: escuchar a las personas, conocer sus maneras de vivir, descubrir cómo piensan y sienten. De esa curiosidad y de la empatía que desarrolla al escuchar a los demás ha extraído también una fuente de conocimiento para construir personajes.

La escritura apareció en la adolescencia, hacia los catorce o quince años, cuando empezó a convertir sus emociones en poemas de amor. Después llegaron los versos para sus hijos, los cuentos y los relatos. Durante mucho tiempo, escribir fue una forma íntima de expresar lo que llevaba dentro, sin imaginar que acabaría convirtiéndose en una profesión y en una parte esencial de su identidad.

Fue su hermano quien la animó a enviar su primera novela al Premio Planeta. Carmen estaba convencida de que aquello era una locura y pidió a su hermano que no le contara a nadie que se había atrevido con una aventura tan grande. La sorpresa llegó cuando descubrió que había quedado entre los diez finalistas de una convocatoria a la que se habían presentado 453 novelas. Tenía alrededor de cincuenta y cinco años y aún no había publicado ningún libro. Aquel reconocimiento no llevaba aparejado el premio, pero para ella tuvo un valor inmenso. Era la confirmación de que quizá no había llegado tarde, de que aquello que llevaba dentro podía interesar también a los demás.

“Yo solamente sabía decir: es un sueño cumplido”, recuerda comentar en todas las entrevistas que llegaron después. La niña que memorizaba poemas, la adolescente que escribía versos y la mujer que había dejado pasar los años sin atreverse a dar el paso encontraban, por fin, el camino de baldosas amarillas.


“Las emociones se me desbordaban y necesitaba escribirlas”

Carmen Manzaneque no llegó a la literatura siguiendo un itinerario académico ni un plan profesional. Llegó por necesidad. Escribía porque había emociones que no sabía dónde colocar y que necesitaba sacar de sí misma. La escritura fue primero una forma de liberación y, con el tiempo, se convirtió en una manera de comprender el mundo y de contar las vidas de los demás.

Su primera novela nació de una inquietud que llevaba años acompañándola. Cuando empezó a pensar que el tiempo se le escapaba y que quizá nunca cumpliría su sueño de escribir, decidió intentarlo. El cuaderno que le regaló su amiga se convirtió en un símbolo de confianza: alguien creía en ella, y tenía que concederse la oportunidad de comprobar hasta dónde podía llegar.

El resultado fue aquella novela que envió al Premio Planeta casi en secreto. Quedar entre los diez finalistas supuso el empujón que necesitaba para sentirse autorizada a escribir. No porque el reconocimiento de un jurado pudiera darle una identidad que no tuviera, sino porque le permitió empezar a creer en una capacidad que llevaba mucho tiempo poniendo en duda. La experiencia también le enseñó algo que hoy procura transmitir en todas sus charlas y presentaciones: nunca es tarde para perseguir un sueño. No se trata de garantizar el éxito, sino de evitar que el miedo nos impida intentarlo.

Desde entonces, la escritura ha ocupado un lugar central en su vida. Sus libros nacen de experiencias, sentimientos y preguntas que necesitan encontrar una forma. En ellos hay una dimensión intimista, pero también una voluntad de mirar de frente aquello que incomoda. Carmen entiende la literatura como un espacio de libertad en el que puede explorar heridas personales y, al mismo tiempo, dar voz a situaciones que considera necesario denunciar. Así ocurre en su novela Junio amaneció nublado que aborda los abusos sufridos por una adolescente. Es una obra dura, reconoce, pero sintió que debía escribirla. Ante un asunto así, explica, tenía la sensación de que la única manera de intervenir a su alcance era escribir. La literatura se convierte entonces en un grito de socorro, una forma de sacar a la luz aquello que no debería permanecer oculto.

En su trayectoria conviven, por tanto, la memoria, la crítica social, la novela y la narración breve. Su libro más reciente, Historias cortas para gente impaciente, reúne relatos que juegan con el absurdo y la sátira para reflexionar sobre la condición humana. Carmen se ha divertido escribiéndolo, pero detrás del humor hay también una mirada atenta a las contradicciones de las personas y a las pequeñas extravagancias de la vida cotidiana.

Entre sus grandes referentes están Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, especialmente por su manera de trabajar la palabra. Le atrae la literatura latinoamericana por la musicalidad de su prosa, por esa capacidad de mecer al lector incluso cuando la historia que se cuenta es trágica. No le basta con que una historia esté bien construida; necesita disfrutar de cómo está escrita, de cómo una frase conduce a otra y de cómo las palabras consiguen crear una atmósfera.

CC BY Carmen Manzaneque

La manchega que lleva dentro

En los libros de Carmen Manzaneque hay una tierra que no siempre necesita ser nombrada para estar presente. Castilla-La Mancha aparece en sus personajes, en sus maneras de hablar, en el humor que atraviesa las historias y en una forma de entender la vida que la escritora reconoce como propia. "Se nota en mi forma de narrar que soy muy manchega, y a mucha honra", afirma. No lo dice como una etiqueta que haya decidido incorporar a su literatura, sino como algo que surge de manera natural, porque forma parte de lo que ha visto, escuchado y vivido.

Sus protagonistas son, con frecuencia, mujeres con carácter, habitantes de entornos rurales que han tenido que abrirse camino y poseen una determinación que las hace avanzar sin pedir permiso. En estos personajes hay una memoria colectiva. Carmen los ha visto en las calles, en las casas y en la vida cotidiana de los pueblos. Los conoce desde dentro y puede trasladar a la ficción esa mezcla de dureza, sentido práctico, independencia y fe que cree que define la idiosincrasia de esta tierra. 

Nos cuenta que la identidad manchega de su literatura está en sus personajes pero también en el humor, en los chascarrillos y en esa retranca que se esconde bajo las palabras. Hay una manera de bromear, de observar las contradicciones humanas y de contar las cosas que Carmen reconoce como característica de su tierra. Un humor que puede parecer sencillo, pero que a menudo revela una mirada aguda sobre las personas y sus comportamientos.

Si en sus novelas anteriores esos rasgos aparecían entremezclados con otras historias y escenarios, en Historias cortas para gente impaciente adquieren un protagonismo especial. La propia escritora lo considera el libro más manchego de todos. En sus páginas se permite llevar más lejos el absurdo, jugar con la sátira y observar la condición humana desde una perspectiva jocosa que tiene mucho de su tierra.

Ese orgullo por sus raíces no se limita a la literatura. Aunque vive en Illescas desde hace décadas, Carmen mantiene una relación estrecha con Campo de Criptana, donde conserva a buena parte de su familia y se siente querida y reconocida. Además forma parte de Criptorama, un colectivo de artistas de Campo de Criptana, en el que conviven artesanos, pintores e ilustradores. Remarca que en su pueblo existe mucho talento.

CC BY Carmen Manzaneque


“Las cosas suelen empezar y acabar en una misma”

CC BY Carmen Manzaneque
Hay algo especialmente honesto en la manera en que Carmen Manzaneque habla de su trayectoria: no presenta su vida como una historia de éxito trazada desde el principio, sino como un camino lleno de oportunidades que no llegaron, decisiones que hubo que tomar y sueños que parecían quedarse sin tiempo.

Durante años pensó que la escritura era algo que ya no iba a suceder. Había leído, había escrito poemas, había llenado cuadernos y había imaginado novelas, pero también había trabajado, formado una familia y atendido las necesidades de una vida que la llevó por otros derroteros. El deseo seguía ahí, aunque cada vez pareciera más difícil convertirlo en realidad.

Por eso el cuaderno que recibió a los cincuenta y cinco años significó tanto. No era solamente un regalo: era una invitación a dejar de aplazar aquello que quería hacer. Una amiga creyó en ella, su hermano la empujó a enviar la novela y sus hijos la animaron a disfrutar de la escritura. Pero, al final, hubo una decisión que nadie podía tomar en su lugar: atreverse.

Carmen habla del permiso que una persona tiene que darse a sí misma. No niega que, a veces, las circunstancias no lo ponen fácil, tampoco sostiene que todo dependa de la voluntad individual. Sabe que existen límites, obligaciones y momentos en los que es necesario cambiar de rumbo. Pero cree que, cuando algo importa de verdad, merece la pena intentarlo.

La experiencia de quedar finalista del Premio Planeta fue una forma de reconciliarse con su propia capacidad. La novela había llegado a un jurado que no la conocía y que solo podía juzgar lo que había escrito. A partir de ahí, escribir dejó de ser una aspiración escondida y se convirtió en una realidad que podía compartir. Llegaron los libros, las entrevistas, las presentaciones y los lectores. 

Carmen no reniega del tiempo que tardó en llegar hasta aquí. Ha aprendido a mirar su recorrido como una suma de experiencias que, de una manera u otra, han terminado alimentando su escritura. Su vida profesional le dio la oportunidad de conocer a muchas personas, escuchar sus historias y observar cómo cada una afronta sus circunstancias. Su familia le proporcionó los primeros relatos, los recuerdos y las voces que despertaron su imaginación. La lectura le abrió mundos y la escritura le permitió reunir todo eso en un lugar que siente suyo.


La escritura de este artículo ha sido financiada por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha 2026


 

 


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