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| CC BY Dolo García Rozalén |
Nacida en
Albacete, Dolo pasó buena parte de su infancia en casa de sus tías abuelas, en
uno de aquellos barrios de la ciudad que todavía conservaban costumbres de
pueblo. Algunas calles ni siquiera estaban asfaltadas. Allí convivían dos mundos:
el de una ciudad que iba creciendo y el de una forma de vivir en la que la
familia se reunía alrededor de la comida, el trabajo y las conversaciones
interminables.
Las casas de
las tías abuelas eran lugares de encuentro. Se iba a preparar rolletes, torrijas, hojuelas a hacer matanza. Actividades rurales comunitarias que reunían a toda
la familia. A ella le aterrorizaba el momento de matar al cerdo y se tapaba
los oídos, pero aquello no le impedía querer estar allí. Lo importante era formar parte de algo
compartido por toda la familia.
Recuerda las tardes de campo, las correrías con otros niños. En su memoria, la tierra tiene forma de higuera, de parra y de lumbre. La higuera era el lugar donde recogía higos siguiendo las indicaciones de su tía. La parra el punto de reunión al fresco. En invierno estaban el fuego, las patatas asadas y las castañas, la familia se sentaba alrededor de una mesa camilla para mondar la rosa del azafrán y conversar. Los pequeños escuchaban los chismes del pueblo mientras aprendían una de aquellas normas que se transmitían de generación en generación: "Tú ver, oír y callar".
Su fue pastor y aprovechaba las horas
interminables con las ovejas para leer libros de bolsillo, sobre todo novelas
del Oeste, porque eran los que podía llevar en el zurrón sin cargar demasiado
peso. En aquella imagen hay algo de la relación temprana de Dolo con la
lectura: los libros como compañía, como posibilidad y como una manera de
habitar el tiempo.
En su relación con la palabra escrita, Dolo ha querido señalar a dos de sus profesoras: Doña Cloti, su primera maestra, que se encontró con una niña que había llegado a primero sin saber leer, porque las circunstancias familiares y la enfermedad de su padre habían impedido que asistiera a la escuela infantil. Ante el reto que Dolo le ofrecía, se puso con ella durante dos semanas,"pico y pala" hasta enseñarle a descifrar aquel código. Dolo nunca ha olvidado lo que aquella mujer hizo por ella. Más tarde, una profesora de literatura del instituto la animaría a escribir e improvisar a partir de las características de distintos autores. Aquellos ejercicios le permitieron aprender literatura desde dentro, imitando voces y encontrando la suya. Recuerda en su adolescencia una etapa autodestructiva que la llevó a encontrar en el diario un lugar donde volcar lo que le pasaba.
En paralelo su relación
con la música también comenzó a abrirse paso durante aquellos años. En el
instituto descubrió que quería vestirse como le gustaba, llevar el pelo a su
manera y explorar una identidad propia. El heavy metal se convirtió en un
territorio de libertad que todavía conserva. A sus 48 años sigue disfrutando de
los conciertos y de esos "molinillos" que forman parte de la expresividad
física del género.
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| CC BY Dolo García Rozalén |
En la música fue decisiva Olga Meras, cantante profesional y profesora de canto, que confió en ella y le repetía: "Tú eres un diamante". Olga y una compañera de Magisterio, que la invitó a cantar en su banda, fueron las que le abrieron la puerta a sus primeros conciertos. Antes, el coro de Magisterio le había enseñado a escuchar varias melodías a la vez y a comprender la música de una manera que todavía utiliza cuando compone.
Dolo sabe
que el talento necesita a veces una mirada ajena que lo reconozca. "Si no
tienes a alguien que te haga un poquito de palanca, a veces no tenemos la
suficiente confianza como para tirar hacia adelante", explica.
Escribir para sacar lo que llevaba dentro
Dolo empezó
a escribir cuando era pequeña. Tendría siete u ocho años cuando comenzó a hacer
rimas, ayudada por aquellas lecciones escolares en las que la poesía aparecía
como una forma de aprender. Después llegaron el diario y las cartas a sus
amigas y primas. Escribía mucho, aunque entonces no pensara en la literatura
como una carrera.
De aquella
época conserva una caja de viejas incursiones a la escritura que le provocan ternura y cierta vergüenza. Son
textos escritos desde las emociones de una niña y una adolescente que
necesitaban expresarse. En ellas había frustraciones, afectos, desamores y toda
la intensidad de quien está descubriendo el mundo.
La escritura, para Dolo, fue primero un refugio. En el diario iba depositando aquello que le pesaba, una suerte de papelera donde dejar lo que no sabía cómo gestionar de otra manera. Pero el paso de escribir para sí misma a concebir una obra literaria llegó en 2020, durante el confinamiento por la pandemia.
Con un bebé
de pocos meses y una niña de cuatro años en casa, encontró una rutina para
escribir. Le pidió a su marido que se levantara un poco antes para poder encontrar su tiempo para la escritura. Luego, mientras ella cocinaba, él leía lo que había escrito. Comían,
acostaban a los niños y comentaban el texto. En medio de aquella vida familiar
encerrada, escribir se convirtió en una actividad compartida.
Fue entonces
cuando decidió abordar una historia que llevaba tiempo queriendo escribir. Para
hacerlo recuperó una técnica que le había enseñado su psicólogo: escribir sin detenerse, cambiar de párrafo, seguir soltando y,
después, releer para quitar dramatismo sin perder la esencia.
El resultado
fue El día que se acabaron las cosquillas, su primera novela. En un
principio el manuscrito había surgido para llenar de cotidianidad bonita la época del confinamiento. Escribió para ella misma y para su marido, como una forma de
desahogo. Sin embargo, una amiga muy lectora vio en aquel material algo más que
una descarga emocional y la animó a publicarlo. Dolo revisó el texto, eliminó
pasajes demasiado íntimos y quitó los nombres propios. Quería que los lectores
pudieran reconocer sus propias experiencias en la historia, sin que la
narración les impusiera una identificación concreta.
La novela
adopta una estructura fragmentaria, con capítulos que pueden leerse como
historias conclusivas. Al llegar al final, el lector puede decidir si las
escenas pertenecen a una misma familia o a familias distintas. Dolo no quiere
explicarlo todo. "Creo que las personas que leen son inteligentes", afirma.
Prefiere dejar preguntas abiertas y permitir que cada persona llegue a sus
propias conclusiones.
En su escritura aparecen el amor, el desamor, la salud mental y la relación con el cuerpo. Le interesa desmitificar la idea de un cuerpo perfecto y reivindicar la aceptación del cuerpo que cada cual tiene, siempre que esté sano y funcione. La segunda parte de la historia, en la que está trabajando, continuará ese recorrido con personajes que avanzan y crecen. En ella volverán algunos asuntos que atraviesan su obra y que Dolo considera importantes, aunque no quiera convertirlos en una lección cerrada para el lector.
Esta novela también tuvo consecuencias fuera de sus páginas. Un capítulo titulado Primos,
no os vayáis permitió que varios de sus primos reconocieran episodios de la
infancia compartida y completaran recuerdos que hasta entonces habían quedado
incompletos. Al leerlo, comenzaron a escribirse para expresarle su cariño y su
apoyo. De aquella reacción nació una iniciativa que Dolo sigue manteniendo:
convocar una comida anual de primos. Ya llevan tres años reuniéndose.
La
experiencia le confirmó que escribir podía servir para ordenar la memoria, pero
también para recuperar vínculos. "Es terapéutico", dice. "Haces limpieza de
cosas que te pesan mucho, no te las quitas del todo, pero te van pesando menos".
Publicar le
dio confianza. Hasta entonces, algunas personas de su entorno la conocían como
profesora de música y de primaria, pero desconocían su faceta literaria. La
recepción del libro y las reacciones de quienes lo leyeron la animaron a
continuar. La escritura dejó así de ser únicamente un espacio privado y se
convirtió en una forma de comunicación con los demás.
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| CC BY Dolo García Rozalén |
Su relación
con la literatura sigue alimentándose de la lectura. De niña buscaba los libros
de saldo que encontraba en Galerías Preciados, y recuerda la impresión que le
produjo La metamorfosis, de Kafka, leída primero desde la literalidad de
la transformación y comprendida de otra manera cuando volvió a ella en el
instituto. También se acercó a la egiptología, los jeroglíficos, el terror y la
poesía.
Entre sus
referencias están Gloria Fuertes, Federico García Lorca y los autores de las
generaciones del 98 y del 27. Con los años ha empezado a buscar más escritoras
y a interesarse por la literatura testimonial. Destaca especialmente Voces
de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich, por su manera de construir literatura
a partir de entrevistas con testigos directos. Le interesan las historias
reales, la capacidad de observación y ese realismo que hace que lo contado
pueda reconocerse como algo cercano.
La escritura
tampoco se limita a los libros. En su trabajo como maestra de primaria y
música, utiliza poemas, rimas y ejercicios creativos para acercar la literatura
a sus alumnos. Organiza talleres de haiku, propone caligramas, monta pequeños
teatrillos y convierte los dictados en ejercicios de creación colectiva. Su
intención es que los niños descubran que pueden inventar, expresarse y
encontrar placer en las palabras.
A veces, la
poesía se convierte en música; otras, en una actividad plástica o en una
conversación compartida. Para Dolo, las disciplinas no tienen por qué
permanecer encerradas en compartimentos estancos. Lo importante es despertar la
curiosidad y mostrar que todos pueden crear algo propio.
La Mancha que cabe debajo de una parra
Si hay un lugar donde Dolo reconoce de manera inmediata sus raíces, es en las reuniones familiares. Castilla-La Mancha aparece en su obra no tanto como un paisaje descrito desde fuera, sino como una suma de gestos, olores, comidas, conversaciones y escenas que forman parte de su memoria.
"Lo que nos
hace manchegos son las reuniones", afirma. Reuniones para comer,
beber, contar chistes y compartir lo cotidiano. Dolo no pretende que esas
costumbres sean exclusivas de Castilla-La Mancha. Reconoce que otras
comunidades tienen sus propias comidas y rituales. Lo que le interesa es la
forma concreta que adoptaron en su infancia y cómo esas experiencias han
terminado construyendo su manera de mirar.
Su identidad
manchega también está vinculada a la transformación de Albacete. Aunque nació
en la ciudad, pasó mucho tiempo en un barrio que conservaba prácticas propias
del mundo rural. Allí todavía se hacían matanzas y se encendían lumbres en
casas que convivían con una ciudad en expansión. Era, como ella lo describe, un
proceso de adaptación del pueblo a la ciudad.
Esa memoria
doméstica se convierte en literatura porque Dolo escribe desde lo que ha vivido
y observado. No necesita detener la narración para explicar las costumbres:
basta con que aparezcan una parra, una mesa camilla o una familia reunida para
que el lector entre en aquel mundo.
Castilla-La Mancha no está presente únicamente en su obra narrativa. También
forma parte de su actividad cultural y de su relación con otros creadores. Dolo
participa en encuentros de poesía como el Slam Poetry Albacete y ha formado parte del
fanzine Poetas de barro. Se presenta a concursos literarios, no
necesariamente con la expectativa de ganar, sino para salir de su zona de
confort y aprender a trabajar con restricciones formales. En uno de ellos obtuvo el primer premio de poesía del barrio de la Industria, en Albacete.
En la ciudad
ha encontrado, además, una comunidad poética dispuesta a recibir a quienes se
acercan. Cuenta que, en poesía, los grupos suelen invitarte a participar y a
compartir tus textos. Esa acogida le ha permitido ir encontrando un espacio
propio, aunque la prosa y la poesía tengan dinámicas diferentes.
CC BY Vennus Aeterna
La música, en cambio, le ha enseñado que desarrollar una carrera en circuitos minoritarios no siempre resulta sencillo. Su trayectoria en el heavy metal incluye dos discos con su grupo Vennus Aeterna: One (2009), centrado en la mitología de la península ibérica, especialmente la del País Vasco, y Nightmares (2013), que revisita cuentos e historias cuyos finales no son necesariamente felices. En este último, Rapunzel no espera a que nadie la rescate: se rescata sola. Y Julieta llega a despertar en la tumba sin que nadie haya acudido a salvarla.
Dolo
reconoce que abrirse camino en la música underground es difícil, no solo por
proceder de Castilla-La Mancha, sino también por las dificultades que encuentra
este tipo de música para circular y llegar a otros públicos. Su segundo disco
fue enviado a Finlandia para su masterización, una apuesta económica que
buscaba conseguir un determinado acabado sonoro.
| CC BY Vennus Aeterna |
En paralelo,
sigue participando en la vida cultural de Albacete. Ha formado parte del jurado
del concurso de música moderna Alberto Cano, donde años antes había participado
con su grupo y ganado el premio a la mejor canción. También ha intervenido en
mesas redondas relacionadas con la música y la literatura, y comparte espacios
de creación con poetas de su entorno.
En el ámbito
educativo, las referencias manchegas aparecen incluso cuando explica a sus
alumnos la economía de la región. Para hablar del vino, el pan, el aceite, el
ganado porcino, las ovejas o las aceitunas, recurre a una canción: "A la Mancha
manchego, que hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite y mucho tocino". La
cultura popular se convierte así en una herramienta para aprender, recordar y
reconocer el lugar al que se pertenece.
Dolo sabe que las redes sociales ayudan a difundir el trabajo artístico, pero también defiende la importancia de estar presente, acudir a los encuentros y dejarse ver. La actividad cultural se construye mediante las obras, pero también gracias a las relaciones entre quienes escriben, cantan, organizan recitales y abren espacios para los demás. Su manera de contribuir a la cultura de su tierra pasa por ahí: por contar lo que conoce, compartir lo que hace y reconocer que la creación nunca sucede del todo en solitario.
"Ahora puedo volar": la mujer que se permite ser
Al final de
la conversación, cuando se le propone que se describa a través de un lugar, un
personaje o un animal, Dolo elige una mariposa. No necesita demasiado tiempo
para encontrar la imagen. "Yo creo que ahora soy mariposa, porque empecé desde
gusano, desde gusano arrastra con mala pinta, tuve mi momento crisálida y ahora
soy mariposa".
Lo
importante no es cómo sea esa mariposa, sino lo que puede hacer. "A lo mejor no una mariposa muy espectacular, pero una mariposa que puede volar. Ahora puedo
volar". En esa respuesta se concentra buena parte del camino que ha recorrido:
las dificultades, los procesos de cambio, la escritura como refugio y la
confianza que ha ido ganando al compartir lo que antes guardaba para sí misma.
Escribir ha
sido una manera de volver sobre su historia sin quedarse atrapada en ella. Al
poner palabras a ciertas experiencias, Dolo ha podido observarlas desde otro
lugar, reconocer lo que todavía le dolía y dejar que los lectores encontraran
en ellas sus propias historias.
Su discurso sobre la libertad no se separa de la vida cotidiana. Es profesora, madre, escritora y cantante. Tiene dos hijos pequeños y sabe que sostener una actividad artística requiere organizar los tiempos y convivir con las renuncias. A veces cuesta salir de casa, incluso cuando hay algo importante que hacer, porque la maternidad trae consigo el cansancio, las dudas y esa sensación de estar dividida entre lo que una desea y lo que necesitan los demás.
En la conversación aparece una reflexión que le importa: haber aprendido de su propia madre que, además de madre, era una persona. Cuando los hijos son pequeños, explica, viven con la sensación de que el mundo gira a su alrededor. Solo más tarde pueden comprender que quienes los cuidan también tienen necesidades, deseos y una vida propia. Dolo intenta tener presente esa idea en su propia maternidad. No se trata de abandonar a los hijos, sino de reconocer que también es legítimo reservarse un espacio. Una mujer puede querer profundamente a sus hijos y, necesitar tiempo para escribir, cantar o encontrarse con otras personas.
Esa tensión convive con su compromiso artístico. Le gusta rodearse de gente que crea, participar en proyectos y descubrir por dónde van las ideas de los demás. Ha colaborado con InLimbo Ediciones y en el ciclo Inusual. Es musa de la fotógrafa Rosa Aguilera. Le entusiasma ese entorno en el que siempre hay algo nuevo por hacer, una conversación que abre otra posibilidad o una idea que invita a salir de lo conocido.
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| CC BY Dolo García Rozalén |
Quizá por
eso sus distintas facetas no parecen tan separadas. La maestra que invita a sus
alumnos a inventar, la cantante que se lanza a un escenario, la escritora que
elimina los nombres de sus personajes para dejar espacio al lector y la mujer
que recuerda las reuniones familiares comparten una misma inclinación: buscar
una forma de expresión y permitir que otros participen de ella.
En su historia también hay una defensa del valor personal que no depende de la edad ni de las expectativas que los demás depositan sobre una mujer. Al final de la entrevista, esa idea aparece con humor, en una conversación sobre la madurez, el edadismo y la necesidad de concederse valor a una misma. Cada mujer, dice, tiene su propio superpoder, lo difícil es dejar de mantenerlo encerrado bajo siete llaves. Desde ahí Dolo García Rozalén, habla de ella misma como esa mariposa que no necesita ser la más espectacular para saber lo que significa volar.
Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios





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