Marta Marco Alario, la que de no encajar aprendió a ser bosque

CC BY Marta Marco Alario

La importancia de ser una misma

Marta recuerda perfectamente a la niña que fue. No tiene que buscar demasiado en la memoria para encontrarse con ella. Recuerda el colegio, los uniformes, las diademas, los leotardos grises y azul marino y aquella sensación persistente de no encajar en el planeta Tierra.

Empezó a ir al colegio con tres años, antes de lo habitual en aquella época. Su madre era maestra en un pueblo de Guadalajara y la logística familiar terminó llevándola a asistir a un colegio religioso. Allí hizo infantil y primaria. No era una niña infeliz, fuera del colegio tenía una vida que le gustaba mucho. Sin embargo, el colegio era otra historia. "Odiaba con toda mi alma el colegio", recuerda. Le costaba comprender por qué otras niñas parecían desenvolverse con naturalidad en un lugar en el que ella se sentía tan fuera de lugar. 

Recuerda como un hito en su paso por aquella institución, el día en que le hicieron un test de inteligencia. Marta se negó a realizar una prueba con la mano izquierda que no entendía. Interpretaron su falta de dedicación con dificultades cognitivas. Su madre, que hasta entonces quizá no había alcanzado a percibir cuánto le costaba a su hija adaptarse al colegio, reaccionó cuando le comunicaron que la niña podía tener un problema. Marta recuerda que la llevaron a un psicólogo y que, finalmente, aquel episodio le permitió entender que no había fallos en ella sino en una institución que no estaba diseñada para acoger a niñas con iniciativa propia. 

Fuera del colegio era una niña feliz y entusiasta. A las cinco y media llegaba el momento que esperaba durante toda la jornada escolar: salir y encontrar a su abuelo en la puerta. Le pedía que se colocara en primera fila, delante de todas las madres, para verlo nada más salir. Ver a su abuelo era el pistoletazo de salida a  ser ella misma.

Su despunte llegó con la adolescencia y la llegada a un centro público. Su madre le propuso cambiar del colegio de monjas donde podía seguir la secundaria, para ir a un IES público. Marta tenía miedo de perder a sus amigas, pero el cambio terminó siendo decisivo en su trayectoria. Allí encontró profesores que le preguntaban qué pensaba y esperaban que respondiera. "Mi opinión en aquel lugar si importaba, tia!", eso era una oportunidad y tambien un reto. Así fue como empezó a devorar libros porque quería elaborar mejor sus ideas y descubrió que podía expresarse sin que la respuesta estuviera decidida de antemano. Por primera vez, la libertad intelectual dejó de ser una aspiración para convertirse en una experiencia.

Esa forma de ser alumna es la base de su forma de ser docente. Marta trabaja con adolescentes y reivindica la potencia de esa etapa vital. Ve en su alumnado una gran capacidad de cuestionamiento sin filtros e intenta acompañarlos con la exigencia y el cuidado que considera necesarios.

La niña que no se adaptaba a un método de enseñanza rígido y la joven que descubrió que su opinión tenía valor, siguen vivas en la mujer que hoy escribe, enseña y reivindica su derecho a pensar por sí misma.


El empuje hacia las letras

Marta empezó a escribir con quince años, justo cuando llegó al instituto público. Escribía poemas, reflexiones y diarios emocionales. Nadie sabía que lo hacía. Guardaba sus textos en los separadores de las carpetas escolares.

El germen de su escritura estaba en la necesidad de contar cómo se había sentido, qué le había dolido, qué no entendía y qué le hacía feliz. También en la observación minuciosa de sí misma. Después releía aquellos cuadernos, corregía tiempos verbales, pronombres y expresiones. Sin saberlo, estaba construyendo una primera bitácora literaria.

CC BY Marta Marco Alario


"Mi mecanismo de escritura hoy es muy parecido, parte de la liberación", explica. Lo que comenzó como una manera de sacar fuera el drama adolescente se ha convertido en una forma de dar estructura literaria a todo aquello que se acumula en su interior.

A los diecisiete años obtuvo un premio con un ensayo titulado Tengo 17 años. La experiencia le hizo comprender que lo que escribía estaba a la altura de un premio literario adulto. Este premio le dio un empujón a su gana de escribir y la introdujo en el mundo de los concursos literarios, lugar donde aprendió mucho sobre las trampas de este mundo. Su relato Sangre de cebolla -protagonizado por Miguel Hernández y su compañero de celda- no obtuvo un premio al que se había presentado por una cuestión política. Ese mismo relato fue reconocido en otra convocatoria en la que el ayuntamiento concesionario era de ideas progresistas.  Aquella experiencia le mostró siendo muy joven, que los premios no siempre son una medida del valor de un texto. 

Durante años dejó de participar en concursos. Volvió a hacerlo cuando ya era funcionaria y ganó un premio con Abanicos de papel, un conjunto de relatos sobre las experiencias de una madre y profesora interina que vive en Castilla-La Mancha y trabaja en Madrid. En ellos aparecen muchas de sus anécotas diarias como docente. Las distancias a recorrer cada día, las complicaciones laborales y los episodios absurdos del día a día terminaron convirtiéndose en material literario. Entre sus historias está la de una profesora embarazada de 37 semanas que, obligada a desplazarse para trabajar, tiene que parar en la carretera para hacer pis y el bus en el que viajan hasta el instituto parte del alumnado acaba viéndole el culo.

Marta tiene claro que esas experiencias también deben contarse. En su escritura, lo cotidiano es relato porque detrás de una anécdota hay una realidad laboral, social o personal que merece ser mirada. La ironía le permite tomar distancia.

CC BY Marta Marco Alario


Su literatura se ha ido construyendo también a partir de sus lecturas. En sus primeros años la acompañaron Bécquer y Miguel Delibes, entre otros. Más adelante descubrió a poetas latinoamericanas y a escritoras que se apartaban de los moldes dominantes. Juana de Ibarbourou, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Sylvia Plath fueron parte de ese mapa que fue ampliando por su cuenta. Dentro del panorama nacional encontró en Gloria Fuertes, Angelina Gatell, Ángela Figuera Aymerich, Rosario de Acuña y Carmen de Burgos voces que le permitieron comprender hasta qué punto muchas mujeres habían quedado relegadas en la historia literaria.

De ese descubrimiento nació una voluntad: si tenía la oportunidad de publicar sus propios libros, quería dedicárselos a aquellas mujeres y facilitar que otras personas llegaran hasta ellas. Le parece suficiente que alguien compre uno de sus libros y al encontrarse con una referencia a alguna de esas autoras, sienta curiosidad y decida leerlas. Su empeño no consiste únicamente en escribir, sino también en abrir una red de referencias.

CC BY Marta Marco Alario

En sus textos hay una preocupación constante por la soledad, el vacío que puede persistir incluso cuando se está rodeado de gente, el amor universal y la violencia contra las mujeres. Le preocupan las niñas, las adolescentes, las inmigrantes y las experiencias de quienes afrontan varias formas de desigualdad al mismo tiempo. La prosa y la poesía le permiten abordar esas cuestiones desde lugares distintos. 

Uno de sus libros más significativos es Mujeres de boca grande que saben ser bosque. Cada poema lleva el nombre de un árbol y guarda relación con el contenido del texto. La imagen del bosque sirve para hablar de sororidad, de la necesidad de que las mujeres puedan hablar entre ellas, contarse sus experiencias, decirse las verdades y acompañarse sin tener que ajustarse a lo que se les ha enseñado que es correcto.

Para Marta, una mujer de boca grande es una mujer que dice lo que siente cuando quiere, con o sin permiso. Pero la hermandad que plantea en este poemario no es una consigna automática que se lleva a cabo solo por ser mujer. La comunión entre mujeres que concibe en este texto exige el autoconocimiento, la escucha, la aceptación de la verdad ajena y la apertura resolución de conflictos sin consignas de manual. 

Este libro es, además, la base de un espectáculo en el que los poemas se encuentran con la música. La intención es que el público no permanezca como un mero espectador, sino que el patio de butacas se emocione y se conmueva, que las palabras alcancen a quienes las escuchan y que cada persona pueda encontrar en ellas algo de su propia experiencia.



La escritura ha terminado adquiriendo para Marta una dimensión que va más allá de la creación literaria. Al releer sus libros, ha encontrado en ellos señales de cosas que estaba viviendo sin haberlas reconocido del todo. Cuenta que, al volver sobre Las flores y el yelmo y Mujeres de boca grande que saben ser bosque, comprendió que algunos poemas hablaban de una soledad profunda, de falta de compañía y de un desamor que no había sabido nombrar mientras escribía.

Esa lectura retrospectiva le permitió reconocer una realidad de su vida y tomar decisiones. Se divorció en 2024 y, al mirar hacia atrás, entendió que sus textos habían estado expresando algo que ella todavía no había conseguido formular con claridad. La literatura no le dio una respuesta inmediata, pero sí le ofreció las palabras con las que empezar a comprenderse.

El poemario en el que está trabajando en este momento, La memoria de las luciérnagas, nace de otro proceso personal. Marta cuenta que, después de un colapso emocional y de iniciar un trabajo terapéutico, comenzó a poner en orden experiencias y emociones que llevaban mucho tiempo acumulándose. La tristeza ocupa un lugar central en el libro, la dibuja para comprender que es un sentimiento que viene a avisarnos de algo y que necesita su tiempo para ser atendida. 

La escritura le ha dado conocimiento, serenidad y una nueva relación consigo misma. Antes se describía como un torbellino, un terremoto, una fuerza en constante movimiento. Ahora siente que buena parte de ese movimiento ocurre dentro de ella, mientras por fuera ha aprendido a detenerse y observar.


Guadalajara como casa

Marta nació en Guadalajara y se considera muy de su tierra, aunque su relación con la ciudad no siempre ha sido sencilla. Como les ocurre a muchas personas jóvenes, a los dieciocho años sintió que la ciudad se le quedaba pequeña. Tuvo la oportunidad de marcharse a Madrid para estudiar y vivir allí entre los dieciocho y los veintiséis años. Se licenció en Filología Hispánica, se especializó en Literatura Hispanoamericana y se relacionó con personas de procedencias muy diversas.

Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir dónde quería vivir, regresó a Guadalajara. Hoy reconoce que le gusta su ciudad, su gente. Le interesa especialmente la vida cultural local y siente orgullo de que personas de generaciones anteriores, con una trayectoria importante en la cultura de Guadalajara, la hayan acogido y la incluyan en sus reuniones y actividades.

Disfruta recitando con el grupo del Ágora de poesía Guadalágora, que se reúne aproximadamente una vez al mes. Allí conviven personas de distintas edades, algunas que escriben sus propios textos y otras que eligen poemas de otros autores. Marta valora el encuentro y la posibilidad de compartir la palabra por encima de cualquier exigencia de calidad literaria: lo que une al grupo, dice, es algo tan esencial como la poesía.

Su relación con Guadalajara, no obstante, no se traduce necesariamente en una presencia constante de la ciudad dentro de sus libros. Pero hay una parte de Guadalajara que ha empezado a entrar en sus textos de una forma distinta: la Sierra Norte. Su pareja desciende de esa zona y, a través de él, Marta ha comenzado a visitarla con más frecuencia. Allí ha encontrado una sensación que no esperaba. La naturaleza, los árboles y el paisaje le ofrecen una tranquilidad difícil de explicar. Cuando llega, siente que el cuerpo se relaja y que algo se coloca en su sitio. "Estoy, esto es casa", dice al describir esa experiencia.

CC BY Marta Marco Alario

Esa relación ha comenzado a aparecer en sus escritos. La Sierra Norte se ha convertido en materia literaria y también en un lugar de preocupación y afecto. Cuando los incendios arrasaron parte de la zona, Marta sintió un dolor profundo. Dos días antes de que empezara a arder había escrito un poema en el que imaginaba qué sucedería si aquel paisaje se quemara. Su pareja, Guillermo, puso música al texto y lo publicaron en YouTube. Poco después, el incendio convirtió aquella posibilidad imaginada en una realidad que la afectaba directamente.

Marta no se presenta como alguien que crea en señales o explicaciones sobrenaturales. Sin embargo, la coincidencia la hizo pensar en la conexión con la naturaleza y en la facilidad con la que olvidamos que los árboles son seres vivos, no elementos del paisaje que puedan darse por sentados. Cuando hay muchos, dice, su presencia resulta impresionante. La naturaleza se ha convertido así en algo más que un escenario. Es una forma de pertenencia que está descubriendo a través de la escritura, una relación que no había sabido nombrar hasta que comenzó a vivirla. 

"Soy gracias a lo que he escrito"

Cuando Marta intenta elegir una imagen que la represente, la pregunta se le resiste. Habla de pájaros, de águilas, halcones y cóndores; de las hormigas y su organización; de los perros, capaces de percibir cómo se encuentra una persona sin necesidad de palabras; de las serpientes que mudan la piel y de los caballos que corren con las crines al viento. También recuerda a los burros, cuya ternura le fascina, y a los pulpos. Finalmente, menciona a los chimpancés y la mirada de esos animales. No consigue reducirse a un único símbolo. Cada criatura parece ofrecerle una característica distinta y todas le despiertan curiosidad. 

Quizá esa dificultad para escoger una sola imagen diga algo de su manera de estar en el mundo. Marta se reconoce en la rebeldía, en la sinceridad y en la necesidad de apartar aquello que no le hace bien. Se considera una buena persona y una mujer que intenta sacar lo mejor de las circunstancias, incluso cuando estas son difíciles. Su sentido del humor puede ser oscuro, su ironía directa y su forma de hablar poco amiga de los rodeos. Pero bajo esa energía hay también una mujer que ha aprendido a detenerse. 

CC BY Marta Marco Alario


Sus poemas le han permitido mirar desde fuera lo que vivía desde dentro. Ha comprobado que otras personas pueden reconocerse en sus palabras por motivos muy distintos de los que ella tuvo al escribirlas. Un texto nace de una experiencia particular y muta al llegar a quien lo lee o lo escucha. 

Por eso la escritura se ha convertido en un superpoder, como ella misma lo llama. En sus letras están las mujeres que la precedieron, las que quiere que sus lectores descubran, las que aparecen en sus textos en situaciones de desventaja y las que necesitan encontrar espacios donde hablar sin pedir permiso. 

Marta no parece necesitar una respuesta definitiva sobre quién es. Le basta con seguir observando, escribiendo y revisándose. Con aceptar que la tristeza también tiene algo que enseñar, que el amor no siempre coincide con lo que una ha vivido y que la memoria puede revelar verdades que permanecían escondidas.

La niña que no encajaba sigue ahí. También la joven rebelde, la mujer que se conmueve ante un árbol, la profesora que acompaña y la escritora que quiere que sus palabras lleguen a otras personas. Todas conviven en una misma voz, que a veces incómoda, a veces es irónica y que siempre dispuesta a decir lo que siente.

Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios

Comentarios