Margarita del Mazo, la que vive jugando

CC BY Margarita del Mazo

 

Hay personas que intentan trazar minuciosamente su camino. Otras se lo encuentran mientras bailan. Margarita del Mazo pertenece a las segundas. Escritora de literatura infantil y juvenil y narradora oral, ha llegado a su oficio siguiendo el hilo de una imaginación que empezó a fabricar historias cuando todavía era una niña y de una necesidad de jugar que se resiste a abandonar con los años.

En sus libros hay animales que no quieren ser como los demás, princesas que prefieren hacer acrobacias antes que sentarse en un trono, monstruos que pueden resultar menos peligrosos de lo que parecen y personajes que buscan su propia manera de estar en el mundo. Quizás este elenco de personajes nace de su propia experiencia vital, donde ella ha ido construyéndose a base de probar, cambiar, equivocarse y volver a empezar. “Yo me encontré lo que soy”, me dice con una sonrisa de orgullo en la entrevista.

 

La niña de Malpica que nunca dejó de jugar

Margarita del Mazo se crio en Malpica de Tajo, un pueblo de Toledo al que sus familia regresaba cada verano después de trasladarse a Madrid. El viaje ya era una aventura en sí mismo: no había coche, llegaban hasta allí en un autobús de línea que paraba en cada pueblo. Ella lo pasaba fatal, porque se mareaba, pero no había malestar que no mereciera la recompensa de pasar las vacaciones en el pueblo. «Llegar allí, era llegar a otro mundo». Ese otro mundo tenía gallinas cuyos huevos podía recoger, pajares donde meterse, mulas a las que subirse, bicicletas, ovejas, un río en el que bañarse y caminos que recorrer. Podía acompañar a su padre a preparar el cebo para pescar al día siguiente o cruzar el Tajo a nado. La libertad para la pequeña Margarita tenía forma de pueblo, de río y de verano.

CC BY Margarita del Mazo


En Madrid también disfrutaba de cierta autonomía, pero el pueblo era otra cosa. Allí estaban las primeras salidas nocturnas, las fiestas, las discotecas, los amores de verano y las partidas de mus que aprendió a jugar con los mayores en el bar. Los niños y las niñas compartían las calles mientras sus padres tomaban el fresco. Jugaban, corrían, inventaban entretenimientos y se contaban historias de miedo en las calles oscuras. No hacía falta ir a la playa cuando se tenía un pueblo entero por descubrir.

Margarita se considera afortunada, habla de su infancia y su adolescencia con agradecimiento. Señala que, además de todas las experiencias de libertad infantil asociadas a lo rural, es de gran valor para ella haber podido experimentar el tipo de convivencia entre generaciones que solo se da en los pueblos pequeños, donde hay un solo bar en el que todas las edades compartían espacio y tiempo.

Al preguntarle qué hay dentro de ella de esa niña que fue nos cuenta que dentro de ella siguen viviendo muchas niñas: la aventurera, la trasto, la “catacaldos”, la que no quería perderse nada. También la habladora a la que reñían en clase, la que llevaba la contraria y la fantasiosa que convertía cualquier cosa en una historia mucho más grande y divertida. “Me creía mis propias mentiras”, reconoce entre risas. Aquella facilidad para ficionar la realidad no ha desaparecido, sino que es la base de la escritora que es hoy.

Reconoce que fue la niña miedosa. Le daba miedo la oscuridad y su imaginación era capaz de hacerle ver lo que no existía y escuchar lo que no sonaba. Pero, lejos de apartarse de aquello que la asustaba, se lanzaba a buscarlo. No se perdía una película de vampiros, aunque después pasara las noches tapada hasta las cejas encogida en la cama. Durante los veranos, llenaba cuadernos de espiral con historias de fantasmas y vampiros. Tendría unos diez años cuando empezó a escribirlas con asiduidad. No era todavía consciente de que escribir podía convertirse en una forma de vida. Simplemente lo hacía. Escribir le permitía volcar sus miedos, darles una forma y ponerlos en otro lugar. Quizá aquella fue una de las primeras veces que descubrió, sin saberlo, el poder de las historias.

En casa tampoco estaba sola frente a sus temores. Eran cuatro hermanos y compartían habitación y camas. Margarita prefería dormir acompañada y, cuando le tocaba hacerlo sola, a veces llamaba a su madre para que se fuera a dormir con ella. Esa niña que necesitaba la compañía para enfrentarse a la oscuridad es también la mujer que hoy cuenta historias a otros niños para recordarles que tener miedo es normal.

La familia ha seguido formando parte de su universo creativo. Sus tres hijos están presentes en sus libros, en las historias que cuenta y en las maneras de expresarse de sus personajes. Margarita reconoce que ha sido una madre muy juguetona. Tener hijos le permitió seguir inventando, jugar con ellos y prolongar una infancia a la que se ha negado a renunciar por completo.

 

El derecho a ser uno mismo: historias que encuentran su camino

Margarita no soñó con ser escritora. Tampoco trazó un plan para convertirse en narradora oral. Su trayectoria se parece bastante a la forma en que ella misma describe la vida: ir buscando, probar, dejarse llevar y disfrutar de lo que aparece.

Antes de dedicarse a los cuentos estudió muchas cosas. Empezó Filología Hispánica, se licenció en Derecho, estudió auxiliar de clínica y llegó a hacer un curso de programación en BASIC. Su recorrido no responde a una línea recta, sino a una curiosidad que la lleva de una disciplina a otra.

Le habría gustado ser abogada, pero con una condición: defender aquello en lo que creyera. Se imagina a sí misma como una abogada de pleitos pobres, capaz de buscar la manera de defender a alguien si consideraba que era inocente. “los abogados son los mejores cuentistas, se que lo hubiera hecho muy bien”.

Un día, en el colegio de sus hijos, un niño se despidió de ella llamándola «señora cuentacuentos». Margarita se quedó prendada de aquella palabra. Poco después, su hermano le habló de un curso de narración oral que impartía el narrador camerunés Boniface Ofogo. Se apuntó, después llegó a los cursos de Ana García Castellano y así comenzó su carrera. Lo que empezó como una afición se convirtió poco a poco en una profesión. Ana García Castellano comenzó a ofrecerle trabajos a los que no podía acudir y Margarita fue descubriendo que aquello que tanto disfrutaba también podía ser su oficio. No fue una revelación repentina: llevaba toda la vida haciéndolo sin ponerle nombre.

CC BY Margarita del Mazo


La escritura siguió un camino parecido. Al principio escribía historias para contarlas oralmente. Algunas las guardaba en libretas, hasta que su amiga y escritora Paula Carbonell escuchó una de ellas y la animó a enviarla a una editorial. Aquella historia abrió una puerta. En 2009 aparecieron sus dos primeros libros, La máscara del león y El mosquito. Después llegarían muchos otros, cada uno con su propio recorrido. Reconoce que, a la hora de editar, le han rechazado muchos libros, pero para ella un rechazo no ha sido nunca el final de una historia. Si una editorial no quiere un libro, otra puede encontrar en él algo que la primera no vio.

Nos habla de sus lecturas de infancia y de cómo se ponía en la piel de personajes que desobedecen las convenciones y se permiten mirar el mundo desde otro lugar. Vivió las aventuras de Los Cinco como si estuviera dentro de ellas, amaba a Pipi Calzaslargas. Más adelante descubriría a Roald Dahl, cuyos personajes y universos también la cautivaron. Leer, comprar álbumes ilustrados y aprender a contarlos fue, además, una forma de educar su mirada como escritora.

En sus libros hay una inclinación clara hacia quienes se salen de la norma. Un león que no sabe rugir y maúlla; un borrego que no quiere saltar; un camión de la basura que sueña con ser un camión de bomberos, reluciente y admirado; una princesa que no para quieta o un rey que no quiere utilizar las armas, sino el arte. Todos ellos son personajes que prueban otros caminos, que cuestionan lo que se espera de ellos y que, a menudo, terminan encontrando su lugar precisamente cuando dejan de intentar parecerse a los demás. Margarita resume en una idea esa esencia que atraviesa buena parte de su obra: «El derecho a ser uno mismo».

A veces, ese derecho se cuenta desde el humor y la gamberrada. En otras ocasiones, la diferencia se expresa de una manera más sutil. En Presentes, su álbum sobre el maltrato psicológico, Margarita escribió a partir de una experiencia que había visto muy de cerca, aunque no la hubiera vivido en primera persona. Le costó mucho tiempo encontrar la forma de contarla, pero necesitaba hacerlo, por ella misma y para compartirlo con los demás. Cree que el álbum ilustrado puede servir para abordar este asunto en las aulas, abrir debates y poner palabras e imágenes a realidades difíciles.

Para Margarita, escribir un álbum ilustrado exige una precisión especial. Cuantas menos palabras tiene un libro, más le cuesta encontrar las adecuadas. Escribe, reescribe, elimina y vuelve sobre la esencia de lo que quiere contar. Y, aun así, sabe que la ilustración puede transformar la historia. A veces, una ilustradora ve algo que ella no había imaginado y el libro crece en una dirección inesperada. Esa es una de las razones por las que Margarita admira tanto el álbum ilustrado. La imagen y la palabra se complementan, pero también se abren a interpretaciones diferentes. Cada lector llega con su propia experiencia y puede encontrar algo que la autora ni siquiera había previsto. Para ella, esa posibilidad forma parte de la magia del formato.

 

“Llegar allí era llegar a otro mundo” Castilla-La Mancha, memoria y tradición

Cuando se le pregunta qué hay de Castilla-La Mancha en sus libros, Margarita señala una referencia muy concreta: Camuñas. El personaje remite a una figura de la tradición popular, al hombre del saco que amenazaba con llevarse a los niños que se portaban mal o no obedecían a los mayores. En su época, recuerda, prácticamente todos los niños conocían al tío Camuñas. Formaba parte del repertorio de advertencias, miedos y relatos que circulaban entre generaciones. Esa tradición oral, transmitida en casa y en las calles, conecta directamente con su manera de entender la literatura. Antes de escribir cuentos, Margarita ya los escuchaba, los recordaba y los contaba. Las historias tradicionales no son para ella un material ajeno, sino una forma de relacionarse con el mundo y con quienes lo habitan.

Sus obras reflejan sus experiencias sin necesidad de convertirse en una referencia explícita. Los veranos en el pueblo, las fiestas, las calles oscuras, el río Tajo, todas ellas experiencias que han contribuido a construir la mirada de una escritora que encuentra una aventura en cada acontecimiento cotidiano.

 

“La vida es para vivirla”

Si hay una expresión que permite reunir a la niña de Malpica, a la narradora, a la escritora y a la mujer que continúa abriendo caminos, es esta: “la vida es para vivirla”

Margarita habla de la vida como una experiencia que no se puede atravesar de manera automática. Para ella, estar viva significa disfrutar, sorprenderse, reír, bailar, querer a los amigos, jugar y seguir buscando cuando el lugar en el que una está ya no le sirve. No entiende la existencia como una sucesión de obligaciones cumplidas, sino como una oportunidad para descubrir qué espacio, qué personas y qué trabajos permiten sentirse verdaderamente presente.

Por eso no le asusta haber cambiado de rumbo tantas veces, aunque antes de poder decir con naturalidad que era escritora y narradora oral, tuvo que aprender a confiar en lo que hacía. También ha aprendido a valorar su trabajo. En la narración oral, cobrar no significa dejar de hacer las cosas por amor, sino reconocer que hay un oficio detrás, un tiempo de preparación y una profesión de la que viven muchas personas. La pasión no está reñida con el valor que una da a su propio trabajo.

Hoy Margarita disfruta de sus libros, de sus personajes y de la posibilidad de llevarse al público a su mundo. Hay criaturas de sus historias que la acompañan en el metro o se le aparecen en cualquier parte, porque siguen viviendo dentro de ella. Pero lo que más disfruta es el contacto directo con quienes la escuchan: esos momentos en los que ve los ojos de los niños y siente que la historia está llegando.

Su obra no es un mero proyecto de literatura infantil. Margarita busca historias capaces de ayudarnos a comprender algo, de acercarnos a otras realidades o de encontrar sentido en aquello que nos cuesta nombrar. Ella cree que las historias pueden cambiar la forma en que miramos las cosas, aunque solo sea durante un instante. Quizá por eso sus personajes se empeñan en ser diferentes: porque saben, como su autora, que no hay una única manera de vivir.

CC BY Margarita del Mazo


«Creo que no merece la pena una vida en la que no se puede jugar», dice Margarita. Y en esa frase cabe casi todo: la infancia que permanece, la libertad que se conquista, la imaginación que transforma el miedo y la necesidad de vivir sin renunciar a lo que una es. Porque, para Margarita del Mazo, estar viva no es simplemente pasar por el mundo. Es vivirlo en mayúsculas y, si es posible, no dejar de jugar nunca.

La escritura de este artículo ha sido financiada por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha 2026

 

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