Alba Quiñones Esteruelas: "Se vive mucho mejor sin querer ser la mejor"

CC BY Alba Quiñones Esteruelas


Escritora, dramaturga y profesora, Alba Quiñones Esteruelas ha encontrado en el teatro una forma de jugar, de entenderse y de hacer del escenario un lugar desde el que cambiar el mundo. Catalana de nacimiento y manchega por elección, escribe sobre la muerte, el amor, la soledad y las contradicciones humanas. Pero, por encima de todo, reivindica el valor de los afectos, la creación compartida y la tranquilidad de dejar de competir.

La niña que tenía mil vidas en paralelo

Alba Quiñones recuerda a aquella niña que pasaba los fines de semana haciendo circos, inventando personajes y convirtiéndose en otras personas. Cerraba la puerta de su habitación y hablaba sola durante horas, mientras su madre la escuchaba desde fuera. "Me inventaba historias, historias, historias". De niña no soñaba con ser actriz porque la normalidad para ella era ser muchas personas a la vez. 

Aquella imaginación infantil no se ha ido. Alba cree que sigue haciendo teatro porque le encanta jugar. El teatro le ofrece una libertad que no siempre encuentra en su realidad. Sobre el escenario puede ser la buena, la mala, enfadarse, llorar o reír. Puede hacer todo aquello que en la vida cotidiana le cuesta más. "Parece que el mundo es más fácil para mí encima del escenario que fuera de el". 

Guarda el recuerdo de una infancia marcada por los límites que otros imponían a las niñas. De pequeña tenía un alter ego masculino. Le daba rabia que se asociara a las mujeres con las muñecas, las faldas y la debilidad, mientras los chicos parecían tener más libertad para jugar al fútbol, subirse a los árboles o llenarse de barro. Ella quería hacer todo eso. Le gustaba la comodidad, jugar y mancharse, y no entendía por qué debía vestirse de una determinada manera para responder a lo que se esperaba de una chica. Recuerda que la directora del colegio privado de Barcelona al que asistía, llegó a sugerir a su madre que la vistiera de una forma más femenina. "Yo decía: pero ¿qué es esto? ¿Qué es ser femenina?". Aquellas experiencias le dejaron una frustración que hoy contempla con otras herramientas, consciente del peso de los estereotipos culturales tienen sobre la infancia.

Alba nació en Barcelona, pero creció en El Prat de Llobregat. "Los del Prat somos del Prat", dice, reivindicando ese origen de barrio, de pueblo periférico y de familia emigrante. Allí aprendió a convivir con personas de realidades muy diferentes y a conocer desde pequeña las dificultades económicas y sociales que formaban parte de su entorno. En su familia no faltó nada, sus padres eran trabajadores y tuvieron buenos empleos. Sin embargo, ella sabía que no todo el mundo a su alrededor vivía igual.

Su experiencia escolar no fue fácil. Recuerda el acoso que sufrió en el colegio privado y los domingos en que se ponía enferma de pensar que tenía que volver. El paso a la escuela pública supuso para ella una liberación: desapareció aquella sensación de competición constante que vivía en el privado y encontró un espacio en el que podía relacionarse con personas distintas. "Viva la pública, tía. Viva el conocer a gente de todo tipo". Es una convicción que ha acompañado también su manera de entender la enseñanza. Esta muy orgullosa de ser profe, de acompañar a adolescentes diversos en ese comprometido momento vital y evitarles cualquier forma de elitismo. 

La adolescencia y la juventud estuvieron marcadas por la separación de sus padres. Lo vivió como una liberación porque su padre, que fallecido hace tres años, era una persona a la que temía. Lo describe como extremadamente machista e inquisidor. Cree que aquella relación condicionó durante años su manera de vincularse con los hombres: aprendió a decir que sí, a someterse y a vivir pendiente de lo que otros esperaban de ella. Quería sentirse elegida, como si la elección de un hombre confirmara su propio valor.

"Viví tanto en el sexo como en el amor para lo que ellos consideraban que yo debía ser". Lo cuenta desde la distancia que le han dado los años, sin ocultar el daño que se hizo con aquella necesidad de complacer. A los cuarenta felizmente divorciada, siente que ha llegado a otro lugar. Su voz no denota resentimiento ni frustración, aunque reconoce que no fue sencillo, simplemente reconoce sus experiencias como aquello que la hace ser quien hoy, orgullosamente, es. 

A los veinte años se marchó a Madrid. Quería comprobar que podía vivir sola, sin el amparo de su madre. Madrid la acogió y allí continuó con el teatro y la filología. Durante años trabajó como camarera y también fregó suelos en una escuela de teatro. No habla de esos trabajos como un paréntesis, sino como parte de lo que la ha construido: aprendió a valorar el dinero, el esfuerzo y el trabajo de los demás. "Soy una trabajadora nata".

Muy importantes son también sus amigos, sus compañeros y esa red de personas que la han acompañado en sus proyectos. Alba insiste en que no ha llegado hasta aquí sola. Se considera "millonaria en amigos" y habla de una familia que va mucho más allá de los vínculos de sangre. Sus compañeros de teatro, los profesores que trabajan con ella y las personas que confían en sus propuestas forman parte de una red que la sostiene y que, a la vez, le da impulso para seguir creando.

Escribir para sacar el hígado fuera y seguir jugando

CC BY Alba Quiñones Esteruelas

Alba escribe desde pequeña. Ganaba concursos de escritura y pintura en el colegio y en el instituto. A los dieciséis años se atrevió con una novela que hoy califica, con humor, de malísima. Era enamoradiza y sentía una gran necesidad de hablar del amor. Después llegaron la poesía y la prosa, que la acompañaron durante años, aunque durante mucho tiempo escribía fundamentalmente para ella misma, para releerse y compartir sus textos con su madre y unos pocos amigos.

El salto hacia una escritura más consciente llegó cuando decidió apuntarse a un curso de poesía. Quería averiguar si realmente escribía bien o si aquella confianza que tenía en sus textos era solo una impresión personal. Allí una profesora le corrigió un poema entero y le enseñó a mirar de otra manera lo que había escrito. A partir de entonces comenzó a revisar, a pulir y a preguntarse qué palabras necesitaba para transmitir exactamente aquello que quería contar.

En ese proceso encontró una idea que sigue acompañándola: escribir no consiste en volcar una emoción en el momento en que aparece, sino en trabajarla, digerirla y encontrar después su forma. Recuerda, en este sentido, una reflexión que atribuye a Bécquer: no se escribe desde el ahogo, sino desde la calma, desde aquello que ya ha pasado por dentro y se ha podido elaborar. También cita a María Zambrano para explicar esa relación entre escritura y experiencia visceral. En su manera de entender la poesía, hay que sacar el hígado fuera; a veces un poema no se entiende del todo porque procede de una zona muy íntima. Le interesa elegir la palabra que genere una imagen, una emoción o un reconocimiento en quien lee. "Que tú al leer dijeras: guau, tío, me llega un montón".

Descubrir que podía trabajar con el lenguaje fue, para ella, como encontrar un mundo entero con el que jugar. A partir de ahí empezó a dar forma a sus textos, a distinguir entre poemas más retóricos y otros más sencillos y a entender que ambos podían funcionar si conseguían transmitir lo que pretendía. Envió un manuscrito y recibió una propuesta de publicación. 

En el teatro encontró otra vía para esa misma necesidad de crear. Su primer impulso llegó al descubrir los microteatros. Descubrió aquel formato y pensó que ella también podía hacerlo. Empezó a escribir, a probar, a dirigir y a compartir sus propuestas. Una persona importante en ese camino fue Susana Mercado, profesora y escritora a la que conoció a través de unos libros para preparar una oposición. Al leer su trabajo y descubrir que hacía teatro para jóvenes, Alba sintió que había encontrado una posibilidad propia. 

El germen de su trayectoria teatral con alumnos está en Motilla del Palancar (Cuenca), donde trabajó por primera vez como profesora. Llegó allí sin conocer el pueblo y enseguida propuso a sus alumnos llevar a cabo actividades teatrales. Lo que comenzó como una invitación terminó convirtiéndose en un proyecto enorme. Cada tarde se reunían decenas de estudiantes, se sumaban personas y surgían nuevas colaboraciones. Aquel año montó tres espectáculos, dos de ellos con textos propios, y recibió del pueblo un cariño que la animó a continuar. Entendió que, aunque su trabajo fuera la enseñanza de la lengua, el teatro era su canal para enganchar al alumnado y a la población.

Más tarde, ya en Guadalajara, retomó el proyecto con compañeros del instituto San Isidro. Después de un parón relacionado con el embarazo y los primeros años de su hijo, volvió a reunir al profesorado y al alumnado en torno a la escena. En ese camino fue fundamental José Urzáiz, compañero y amigo, con quien encontró una forma de trabajar en equipo: ella llevaba los textos y él la ayudaba a construir el hilo conductor de las obras.

Alba no hace un teatro que quiera mantener a los adolescentes a una distancia cómoda. No pretende que sus obras parezcan ejercicios escolares ni que sus personajes hablen como adultos imaginando cómo hablan los jóvenes. Utiliza su lenguaje, incorpora tacos y busca que las situaciones suenen verdaderas. Un compañero del departamento, Luis Revert, le dice que es como un Lope de Vega actual por su manera de utilizar el lenguaje de su tiempo. Ella recibe el comentario con humor, pero comparte la idea de que el teatro debe hablar la lengua de quienes lo hacen y lo escuchan.

Entre sus trabajos destaca Clichés, una obra sobre los estereotipos, la homofobia y las etiquetas que condicionan la manera de relacionarse. Los personajes empezaban representando un cliché que se va desmontando a lo largo de la obra.  Alba recuerda especialmente una escena en la que dos chicos se besaban. Parte del público reaccionó con insultos, algo que no había sucedido el año anterior con un beso entre un chico y una chica. La escena, sin embargo, siguió adelante y el montaje terminó con un gesto colectivo improvisado: los alumnos se despidieron del público con besos entre personas del mismo sexo. Para ella, el teatro permite provocar esa catarsis, remover al público y abrir una conversación que quizá no se produciría de otra manera. Su intención no es limitarse a entretener, sino trabajar desde la adolescencia para cambiar algo del mundo tratando temas polémicos de nuestra sociedad como el acoso escolar o el suicido adolescente. 

Alba Quiñones escribe mucho y, a menudo, con poco tiempo. Calcula que llega a hacer dos obras al año y reconoce que algunas partes de sus textos podrían trabajarse más, pero no llega. Tiene piezas que considera especialmente valiosas. Cree que sería bueno intentar publicarlas para que otros institutos puedan tambien llevarlas a escena, sin embargo, sabe que mandarlas a editar requiere un tiempo que dejaría de dedicar a escribir nuevas propuestas. Por eso elige seguir creando y ensayando nuevas obras y manteniendo a su alumnado enganchado al teatro. Su  principal medida de valor está en la respuesta de los implicados en sus propuestas teatrales y en la respuesta del público. Buscar que sus obras se editen es un trabajo que deja para el futuro si tiene tiempo. 

En paralelo, desarrolla un proyecto teatral personal en Madrid, alejado del teatro que hace con estudiantes. Es una obra histórica que aborda las guerras y la Guerra Fría titulada Los huecos por cubrir. Su universo creativo, por tanto, no se limita a la adolescencia. 

Imagen recogida de la revista de artes escénicas Godot


En sus obras, tanto teatrales como poéticas, son temas recurrentes la muerte, el miedo a morir, la angustia existencial, el amor, la soledad y la idealización del otro. Sus espacios escénicos son simbólicos. Los personajes suelen situarse en los llamados "no lugares" -término acuñado por el antropólogo frances Marc Augé- espacios fronterizos o intermedios sin identidad y carentes de derechos. En ellos sitúa a dos hombres en una guerra, dos hombres en el purgatorio y dos personajes en un paso fronterizo.

Alba no es celosa de su intimidad cuando escribe. Ha contado en sus textos cómo vivió su divorcio y determinadas experiencias amorosas. Cree que buena parte de su vida está explicada en lo que ha escrito. Aunque reconoce dos excepciones. No puede escribir sobre su madre, ni tampoco sobre su hijo. Los sentimientos que le despiertan ambos, cada uno a su manera, son tan intensos que todavía no encuentra la distancia necesaria para escribir sobre ellos. "Mi amor por ellos es inefable, es que no lo alcanzo". Tal vez esa dificultad también explique algo de su escritura, necesita haber pasado por las experiencias, haberlas atravesado y haber encontrado una forma de mirarlas antes de convertirlas en palabras.

Cuando habla de lo que el teatro le ha dado nos habla de salud mental, de felicidad, de serenidad y de diversión. Antes de empezar a desarrollar sus proyectos en Motilla, la ansiedad y el miedo a morir la acompañaban de manera constante. Cuando convirtió el escenario en parte de su día a día fue consciente de que cuando estaba metida en un proyecto teatral se le olvidaba que tenía miedo a morirse. El escenario la alejaba de esa angustia. Por eso, cuando le preguntan cómo le gustaría morir, responde que actuando. Quiere morir siendo muy vieja y encima de un escenario.

El teatro tambien le ha enseñado a disfrutar del camino sin imponerse metas. Disfruta muchísimo del proceso creativo: ensayar, imaginar cómo será una escena, probar, equivocarse y construir algo con otros. Para ella, buena parte del éxito está en todo lo que sucede antes de que una obra se estrene.

En su formación tuvo importancia Cristina Rota, de quien recuerda una enseñanza que entendió con el paso de los años: la necesidad de destruir el ego para poder ser buenos actores. Alba matiza que no siempre está de acuerdo con los métodos utilizados para llegar a ese punto, pero se quedó con la importancia de reconocer los propios errores, incluso los que cuesta más admitir. Se considera buena perdedora y cree esa humildad ante el fallo la ha hecho más libre a la hora de escribir y llevar sus obras al escenario.

Su mirada sobre el éxito se relaciona con una convicción que atraviesa toda la entrevista: no quiere vivir intentando ser la mejor. La competición puede ayudar a mejorar, admite, pero también puede convertirse en una carga. Prefiere la cooperación, el trabajo compartido y la posibilidad de que todos aporten algo sin tener que imponerse sobre los demás. Para Alba, esa reciprocidad resume buena parte de lo que encuentra en el teatro y en sus relaciones personales. "Tú estás para mí y yo para ti, y si es bueno para los dos, ganamos siempre". 

"Soy catalana-manchega". Castilla-la Mancha me ha adoptado

"A mí Castilla-La Mancha me lo ha dado todo". Alba lo dice sin rodeos, con el entusiasmo de quien ha encontrado un lugar al que siente que pertenece sin haber nacido en él. Nació en Barcelona, creció en El Prat, vivió en Madrid y empezó su vida laboral como profesora en Castilla-La Mancha, lugar donde reside desde hace años. Cuando habla de su identidad, no necesita elegir una sola procedencia: "Catalana manchega", se define. 

Su vínculo con la región empezó en Motilla del Palancar, en Cuenca. Aquella primera experiencia profesional fue decisiva. Después llegaron otras etapas y otros destinos, hasta que Azuqueca de Henares (Guadalajara) se convirtió en el lugar donde ha desarrollado buena parte de su trabajo y donde ha encontrado a algunos de sus mejores amigos.

CC BY Alba Quiñones Esteruelas 

Habla de Cuenca con cariño, de Albacete con entusiasmo y de Guadalajara con una familiaridad que revela hasta qué punto se siente parte de su vida cotidiana. Toledo es la provincia que menos conoce, aunque ha compartido trabajo con numerosos compañeros de allí. En todas esas experiencias reconoce un rasgo que considera fundamental: siempre se ha sentido acogida en esta tierra "Todo el mundo me ha hecho sentir que formo parte, me siento queridísima en esta tierra".

Esa acogida tiene para ella un valor que va más allá de lo personal. Castilla-La Mancha representa una forma de estar en el mundo que contrapone al ritmo acelerado y competitivo de las grandes ciudades. La describe como una tierra humilde, con menos recursos que otros lugares, pero con gente extraordinaria y creativa. Una tierra que, a su juicio, conserva algo que Barcelona y Madrid podrían aprender: la capacidad de vivir sin convertir cada experiencia en una carrera competitiva.

Recuerda entre risas una anécdota de la Feria de Albacete. Preguntó a la hermana de una amiga cuál era la cerveza que más tirón tenía en Albacete y recibió una respuesta sencilla: "La más fresca". A Alba le hizo gracia precisamente porque no había necesidad de establecer cuál era la mejor marca, no había ningún snobismo. La anécdota le sirve para explicar algo que siente profundamente: está cansada de vivir con la obligación de ir por delante, de destacar, de autopromocionarse.

Ha encontrado en Guadalajara una tranquilidad que no identifica con la falta de actividad, sino con otra manera de vivirla. Le gusta salir por la ciudad, encontrarse con la gente y disfrutar de lo simple. No reniega de Madrid ni de Barcelona, ciudades a las que ama, pero reconoce que el discurso competitivo de las grandes capitales la agota.

Una de las frases que más le han quedado grabadas se la dijo una alumna de dieciséis años. Alba se había presentado por segunda vez a unas oposiciones en Madrid y no las había aprobado. La estudiante le dijo: "Es que en Castilla-La Mancha te queremos más, profe, quédate en Castilla-La Mancha". Aquellas palabras la conmovieron. No eran un argumento profesional ni una decisión política, sino la expresión espontánea de un afecto que ella había ido encontrando en su trabajo. Alba podría volver a intentarlo y pedir un destino en Madrid, pero dice que no lo hará. Se siente valorada en Castilla-La Mancha y no quiere marcharse de un lugar en el que ha construido vínculos tan importantes. "Yo me estoy quitando un peso de encima, ya está, me quedo aquí, estoy de puta madre".


El sofá verde donde todo duele menos

Cuando le lanzo a Alba la invitación a pensar en un símbolo con el que se identifique no tira de personajes o animales para espejarse. Confiesa que durante se identificó con un elefante, pero al final decide quedarse con algo mucho más cotidiano: el sofá verde de casa de su madre.

Ese sofá ha cambiado con el tiempo, pero el color se ha mantenido porque ella se ha empeñado en conservarlo. Lo describe como el único lugar donde no hace nada, donde puede dejar de cumplir, de trabajar, de crear y de estar disponible para los demás. Llega a casa de su madre y se deja caer en ese sofá que acoge su ser desde que tiene recuerdo. "Casa de mi madre, tío, aquí todo duele menos".

El sofá contiene muchos años de su vida. Es la adolescencia, las tardes tumbada y las salidas nocturnas. Es la juventud, los viajes de Madrid a Barcelona después de actuar o de pasar el día en la universidad, el bar y la escuela de teatro. Es también el lugar al que volvía para descansar cuando las relaciones amorosas se complicaban. Y es ahora el espacio que comparte con su hijo, que también ha aprendido a encontrar allí esa misma calma.

Alba se ríe al contar que, si no tiene planes y nadie la llama, podría pasarse días en pijama sin salir del sofá, hecha un ovillo. Lo llama, con ironía, su momento de ser un fraude. Hay algo importante en esa expresión: una mujer acostumbrada a trabajar, ensayar, escribir y poner en marcha proyectos necesita de vez en cuando un lugar donde dejarse caer y no tener que demostrar nada. Ni siquiera a sí misma y es que después de las jornadas como profe, de los retos de la maternidad monoparental, de tantas vidas imaginadas, tantas palabras escritas, de tantos ensayos y actuaciones, quizás no haya nada más valioso que encontrar un sitio donde poder descansar y sentirte en casa. 

Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios


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