Paula Carbonell, la autora que “se atreve a enseñar las bragas”

CC BY Paula Carbonell

 
Paula Carbonell es la pequeña de cinco hermanos, con una diferencia de edad considerable respecto a los demás. Sus hermanas, muy activas políticamente, de pequeña le enseñaban canciones con letras revolucionarias. Recuerda entre risas que su repertorio infantil era poco edulcorado. Ella creció entre esas voces, los libros y una libertad que reconoce como propia desde muy pequeña.

Hay una fotografía de su infancia que Paula considera digna de la Wikipedia: aparece disfrazada de Pippi Langstrump, enfurruñada porque las otras niñas iban vestidas de princesas y no querían juntarse con ella. El perro se había comido su peluca naranja de lana, pero su madre, extraordinariamente hábil con la costura, resolvió el problema colocando un alambre dentro de las trenzas para que quedaran levantadas. Aquella niña que no encajaba del todo en el reparto de princesas, encontraría en el personaje de Pippi una forma de reconocerse.

De aquel personaje recoge una imagen que sigue utilizando para explicar qué significa escribir: "La literatura es eso, atreverse a enseñar las bragas". En los columpios de su infancia, recuerda, ella se atrevía a subir porque llevaba los calzones de Pippi y no le importaba que se le vieran las bragas, mientras las demás niñas no se atrevían. Esa disposición a exponerse, a no esconderse del todo, acabaría convirtiéndose en una manera de entender la vida y su trabajo.

Pero Paula no idealiza su infancia. "Mi infancia no ha sido feliz", reconoce. Sus padres eran, en sus propias palabras, "el aceite y el agua": dos personas muy diferentes, con muchas broncas y peleas. Su padre era un hombre cariñoso y un gran lector. A su madre, huérfana desde muy pequeña, nadie le enseñó a querer.  Paula mira hoy esa historia con una mezcla de lucidez y comprensión, sin negar lo que le faltó.

Cuando tenía ocho años, su madre empezó a trabajar. Paula llevaba una llave colgada del cuello, aunque a menudo se la olvidaba. Al principio podía colarse entre las rejas del chalet; después, en casa le prepararon un cuartito con libros para que tuviera dónde refugiarse cuando no podía entrar. La lectura estaba siempre cerca, aunque las circunstancias familiares no fueran sencillas.

La lectura fue una vía de escape y una compañía constante. En su casa había muchos libros, gracias a su padre y a sus hermanas. Recuerda haber leído El diario de Ana Frank con diez u once años, y Crónica de una muerte anunciada a los doce. La literatura le permitía encontrarse en vidas que no eran la suya, reconocerse en personajes que le ofrecían otras posibilidades de estar en el mundo.

Cuando sus padres se separaron, Paula terminó viviendo con su hermana mediana, doce años mayor que ella, a quien considera una segunda madre. Su hermana Lidia, diez años mayor que ella, padecía esquizofrenia y murió por suicidio cuando Paula tenía dieciséis años. La situación fue dolorosa para todos y dejó una huella que Paula reconoce como imposible de borrar.

A los dieciocho años, cuando se sentía perdida, decidió marcharse como au pair a Francia. Pasó dos años cuidando niñas y aprendió a comunicarse de otra manera: escribiendo cartas. No había correo electrónico y llamar por teléfono era demasiado caro. Las cartas eran el vínculo con sus amigas y con su familia. Paula agradece especialmente a Julia que le escribiera cada semana. También recuerda las cartas de su padre, que por entonces estaba en Nigeria.

Después regresó a España y comenzó la carrera de Filología, pero justo en esa época conoció a Julio, el que después sería su marido y el padre de sus dos hijos. El preparaba una oposición para Cuenca y terminó trasladándose allí en febrero de 1993. Paula iba y venía entre la facultad y la ciudad en la que él vivía, hasta que acabó quedándose. No hubo una fecha exacta ni una decisión solemne: sencillamente, su vida fue tomando forma allí.

En Cuenca terminó licenciándose en Humanidades y cursó estudios de posgrado y Máster en promoción de la lectura y la literatura. La formación y el trabajo fueron abriéndole caminos que no había previsto. 


"Escribir desde las tripas": de los cuentos escuchados a los libros publicados

Antes de reconocerse como escritora, Paula fue una lectora voraz. La literatura no llegó a su vida como una vocación repentina, sino como una presencia constante. En el instituto empezó a escribir lo que le ocurría, lo que le pasaba por dentro y lo que necesitaba decir. Siempre intentaba encontrar una forma de contarlo, una manera de expresarse que no fuera simplemente enumerar los hechos. Más tarde, durante su estancia en Francia, comenzó una novela romántica que quedó guardada en un cajón. Todavía hoy le hace gracia encontrar en aquellos escritos frases que, pese a su juventud, no estaban nada mal.

El empujón definitivo llegó de la mano de Salva, entonces pareja de una amiga suya, que le dijo que dejara de tonterías y se pusiera a escribir. Julio llevaba tiempo animándola a hacer lo mismo, pero a veces hace falta que alguien de fuera pronuncie las palabras para que una termine escuchándolas. Paula empezó a enviar textos a editoriales y, en 2006, publicó su primer libro, El viaje de las mariposas, con OQO Editora.

El primer intento no salió adelante. Le dijeron que no, pero ella volvió a enviar otro cuento. Esta vez recibió indicaciones para revisar el texto y trabajar algunos aspectos del personaje. Paula aceptó las sugerencias, hizo cambios y encontró una primera puerta abierta. «La publicación del primer libro viene a decirte: ostras, créetelo un poco».

A partir de ahí llegaron otros títulos, como Buscando el norte y Gallito pelón. En su trabajo hay un diálogo constante con los cuentos tradicionales y la transmisión oral, pero no se limita a reproducirlos. Los revisita, los transforma y los hace pasar por su propia mirada. Gallito pelón, por ejemplo, parte del cuento tradicional del medio pollito. Paula recuerda que, de niña, imaginarse al animal dividido por la mitad le producía una repulsión considerable. Su versión conserva el espíritu de la tradición, pero incorpora su manera particular de mirar, seleccionar y contar.

CC BY Paula Carbonell


La narración oral ha sido otra parte fundamental de su trayectoria. Cuando llegó a Cuenca, Paula no había terminado la carrera. Se matriculó en Humanidades y, al descubrir los cursos de animación a la lectura, supo que quería dedicarse a aquello. En uno de ellos conoció a Ana García Castellano, a quien vio contar cuentos tanto a público infantil como adulto. La experiencia fue reveladora: "Dije: esto es lo que yo quiero hacer en la vida".

A partir de entonces comenzó a trabajar en talleres de lectura y en la Biblioteca Pública del Estado en Cuenca, donde pasó doce años. En esos talleres de lectura infantil vivió experiencias que todavía recuerda con especial cariño. También aprendió mucho sobre el respeto a los ritmos de cada niño. En sus talleres, cuando alguien leía en voz alta, no permitía que los demás corrigieran. Quería que cada cual pudiera avanzar sin miedo a equivocarse, con la confianza de que la práctica y el reconocimiento ayudarían a mejorar. 

Su trayectoria como escritora ha estado ligada a colaboraciones con ilustradores y editoriales, así como a proyectos que han necesitado años para encontrar su momento. No, ilustrado por Isidro Ferrer y publicado en 2024, es uno de esos libros. Paula llevaba dieciocho años con el texto guardado y Ferrer lo tuvo durante dieciséis antes de ilustrarlo. La guerra de Ucrania y, después, la de Gaza terminaron de dar sentido a la necesidad de sacarlo adelante. La historia de una amiga ucraniana que tuvo que huir con sus hijos le hizo sentir que aquel libro no podía seguir esperando. Es, dice, probablemente su obra más dura. Su recepción y los reconocimientos que ha recibido le han dado una alegría especial.

También ha trabajado con Carmen Queralt y ha desarrollado proyectos que transitan entre la literatura infantil, la poesía y la narración. En Un día en el mar, escrito en verso e ilustrado por Marjorie Pourchet, aparece el disfrute de la playa y las aventuras de la infancia. En Valentina tiene dos casas, en cambio, se atreve a abordar una situación familiar que conoció de cerca y que no habría podido escribir sin pasarla por su propia experiencia.

Paula no cree que toda obra deba convertirse en un manual de valores ni en una receta para resolver problemas. Defiende que cualquier tema puede transformarse en literatura, siempre que no se trate de ofrecer respuestas prefabricadas, sino de permitir que quien lee encuentre algo de sí mismo en lo que está leyendo. Por eso se siente especialmente orgullosa de Valentina tiene dos casas: una persona que estaba atravesando una separación le dijo que era el único libro que le había servido para comprender lo que sentía. Para Paula, dar voz a alguien que puede decir "esto no me gusta nada" es una forma de reconocer que no tenemos por qué aceptar sin más todas las situaciones que se consideran normales.

Su escritura para adultos es, según ella, más brusca, más ruda y más escueta. En ella aparecen la muerte, la enfermedad mental, el dolor, la pérdida y el amor. Son asuntos que conoce de cerca y que no ha dejado de pensar, especialmente después de la muerte de su hermana. Tiene una novela entre manos que aborda cómo un accidente puede cambiar una vida y cómo la literatura puede convertirse en un refugio. Entre sus proyectos hay, además, un texto sobre el suicidio que considera que podría funcionar para adolescentes.

También ha preparado una antología sobre mujeres poetas, a partir de la lectura de sus obras completas y de una sesuda investigación de sus testimonios. Esta antología se titula Inesperadas. Parte de los poemas y la investigación que ha llevado a cabo se ha convertido en una propuesta teatral que lleva girando 5 años por las salas. 

CC BY Paula Carbonell


Paula sabe que la escritura necesita tiempo, y precisamente eso es lo que a menudo le falta. Ha compaginado la creación con la narración oral, la maternidad y la vida familiar, los talleres, la formación y sus trabajos de investigación con método y continuidad, mientras que la escritura creativa se le resiste más. "Tengo 56 y todavía no he encontrado la disciplina en el escribir", admite con humor. No lo dice porque haya dejado de escribir ni porque le falten ideas. Al contrario: hay proyectos pendientes, textos guardados y libros que todavía buscan editorial. Lo dice porque sabe que escribir exige un tiempo propio que la vida cotidiana no siempre concede. 

Para ella, escribir consiste en partir de algo que emociona, que duele, que provoca risa o rabia, y encontrar después la distancia necesaria para convertirlo en ficción. "Si no escribes desde las tripas, desde la risa, desde el llanto, desde el dolor, desde la rabia", dice, el resultado corre el riesgo de ser insustancial. 


"Mis hijos han nacido aquí": Castilla-La Mancha, el pueblo y sus contradicciones

Paula llegó a Cuenca hace más de treinta años. Nació en Valencia, pero ha vivido en Cuenca más tiempo que en ningún otro lugar. Allí ha formado su familia, ha trabajado en bibliotecas y en proyectos de lectura, ha escrito libros y ha desarrollado buena parte de su vida profesional. Sin embargo, cuando habla de su relación con el territorio, no ofrece una imagen idealizada de la vida rural ni una postal de pueblos acogedores y silenciosos.

Su experiencia es más compleja. Vive en un pueblo pequeño, de unos 125 habitantes y reconoce que al principio cuesta encontrar un lugar propio cuando se llega de fuera. "Cuenca es muy dura si eres de fuera, porque aquí te hacen sentir forastera o forastero", afirma. Con los años ha descubierto que la vida rural también conserva conflictos muy antiguos. Habla de los lindes, del agua y de las disputas por el campo, problemas que siguen presentes y que pueden adquirir una dimensión difícil de comprender desde fuera. 

La diferencia entre Valencia y Cuenca fue para ella un choque cultural. Recuerda la tienda de ropa de su madre, donde lo primero era saludar y atender a quien entraba. Al llegar a Cuenca, se encontró con comercios en los que podía entrar una persona, luego otra y otra, sin que hubiera ni una palabra de bienvenida. Aquello le resultaba impensable en el entorno del que procedía. Son detalles pequeños, pero para Paula revelan maneras distintas de relacionarse con los demás y de entender la convivencia.

CC BY Paula Carbonell
Confiesa que la religión ha sido una cuestión importante en su forma de relación en Cuenca. Ella y su marido decidieron que sus hijos no fueran a religión y procuraron que pudieran conocer distintas creencias sin que nadie les impusiera una. Paula defiende la educación pública porque cree que es una manera de evitar la creación de élites y de ofrecer a los niños la oportunidad de convivir con realidades diversas y en un colegio público se educaron sus hijos. Recuerda la gran presencia que tenía la Semana Santa al llegar la primavera. Paula cuenta riendo que durante las horas de alternativa a la religión, a sus hijos les llegaron a proponer actividades relacionadas con celebraciones religiosas. Para ella, aquello mostraba hasta qué punto las costumbres pueden imponerse sin que se advierta la contradicción. 

Paula tiene un relato sobre la Semana Santa que considera especialmente duro. En él, un abuelo contempla cómo se saca una imagen religiosa mientras expresa todo lo que ha callado durante años. El interés de la autora en este texto no es ridiculizar una tradición, sino explorar el silencio, el miedo, la generosidad de quienes evitan el conflicto y la diferencia sustancial que existe entre guardar silencio y estar de acuerdo.

Castilla-La Mancha aparece también en su investigación sobre la representación política de las mujeres en los municipios de la región y en el listado de asociaciones de mujeres que elaboró durante la pandemia. Su trabajo llegó a analizar la presencia de mujeres en las candidaturas municipales de los 919 municipios castellano-manchegos, y de él extrajo conclusiones sobre las limitaciones de la legislación de paridad en los municipios pequeños y sobre las dificultades para conocer quién termina ocupando los cargos electos.

Paula no ha dejado de ser valenciana por vivir en Cuenca, pero tampoco puede contar su vida sin el lugar en el que ha pasado más tiempo, donde sus hijos han crecido y donde ha encontrado una parte esencial de su camino. Su mirada sobre el mundo rural no busca idealizarlo ni condenarlo. Busca nombrar lo que ve: la dificultad de convivir, el peso de las costumbres, la desigualdad, la fuerza de lo público y la necesidad de que las personas puedan vivir sin tener que renunciar a sus convicciones para sentirse aceptadas.

"Un beso a las 22.22": la fragilidad, el amor y las pequeñas cosas que sostienen una vida

Hay una imagen que Paula conserva de su vida con Julio, su marido: darse un beso a las 22:22. No sabe exactamente cuándo empezaron a hacerlo, pero siguen repitiendo ese pequeño gesto más de treinta años después. Lo cuenta sin solemnidad, como quien recuerda una costumbre doméstica que ha sobrevivido a todo lo demás. Y, sin embargo, en esa repetición está condensada una parte importante de su historia.

Su relación no ha sido una sucesión de años fáciles. Hubo un momento en que se separaron durante un mes. Paula atravesaba una crisis personal, sentía que se había convertido en ama de casa cuando nunca había querido serlo y se preguntaba qué había quedado de ella más allá de la crianza. Julio, por su parte, estaba desbordado de trabajo. La vida familiar había ido ocupando todo el espacio, hasta el punto de que Paula llegó a darse cuenta de que estaba tomando decisiones por costumbre. Fue una crisis que les obligó a mirar lo que estaban viviendo. Paula comprendió que no quería marcharse necesariamente de su relación, sino de la situación en la que se encontraban. Más adelante hicieron un viaje a Argentina dejando a los niños en casa. Pensaron que podía ser su último viaje juntos y terminó siendo el primero de muchos.

La maternidad también ha sido una experiencia ambivalente. Paula quiere profundamente a sus hijos, pero defiende que la crianza no debería borrar a la persona que hay detrás de la madre. Recuerda la necesidad de reservar un tiempo para hablar con Julio que no estuviera dedicado a los niños, a sus mocos o a sus horarios. "Mis hijos son lo más importante en mi vida, pero no en exclusividad", dice. Para ella, encontrar un espacio propio y cuidar la relación de pareja no es incompatible con ser madre; es una manera de no perderse en una tarea que puede ocuparlo todo.

En 2011, cuando estaba terminando el tratamiento por un cáncer de mama, la vida volvió a ponerlos frente a la fragilidad. Durante la semana entre la última quimioterapia y la primera sesión de radioterapia, Julio sufrió un accidente mientras jugaba al baloncesto con los niños. Se golpeó contra un muro y se fracturó dos vértebras. La lesión fue tan grave que estuvo a punto de quedarse parapléjico y también existió el riesgo de que perdiera la movilidad de las manos.

Julio pasó cuatro meses de rehabilitación. Poco a poco recuperó capacidades que al principio parecían imposibles: volver a abrocharse una camisa, levantarse, coger un vaso de agua. Para Paula, el riesgo de que perdiera el uso de las manos tenía un significado especial, porque Julio dibuja y crea. No se trataba solamente de su trabajo, sino de una habilidad esencial para su manera de estar en el mundo.

Afortunadamente supieron acompañarse y salir adelante. Paula habla de su relación sin convertirla en una historia perfecta: reconoce las crisis, los errores, los momentos de agotamiento y el esfuerzo que supone sostener una vida en común. Lo importante no es que nunca se hayan roto las cosas, sino haber encontrado la manera de repararlas.

Hay en Paula una mezcla de dureza y ternura. Puede hablar con crudeza de una infancia que habría querido más feliz, de las dificultades de vivir en un pueblo o de las contradicciones de las instituciones. También puede recordar con muchísimo cariño a la tía que la cuidaba, a la amiga que le escribía cartas cada semana o al niño que volvió a un taller con un huevo cúbico construido con su padre. No separa esas dos formas de mirar. Quizá por eso le importa tanto la literatura infantil. No cree que haya que tratar a los niños como si fueran incapaces de entender el miedo, la muerte o la injusticia. Los cuentos tradicionales, con sus símbolos y sus finales a veces terribles, forman parte de una educación sentimental que no debería reducirse a ofrecer finales amables. En su manera de contarlos, Paula no elimina la oscuridad, pero tampoco renuncia al humor ni a la posibilidad de encontrar una salida.

Su biblioteca personal está llena de voces que la han acompañado: Astrid Lindgren, Elena Fortún, Enid Blyton, los hermanos Grimm, Harper Lee, Francisca Aguirre, Alejandra Pizarnik, Blanca Varela, Safo, Juan Rulfo, Adelaida García Morales, Jane Austen, las hermanas Brontë, Carmen Laforet, Clarín y Galdós, entre muchas otras. De algunas aprendió la libertad; de otras, la capacidad de mirar la sociedad sin apartar los ojos de sus contradicciones. Nada, de Carmen Laforet, sigue siendo una de las novelas que más la han marcado. 

Paula reconoce que es muy crítica consigo misma y que le cuesta encontrar la disciplina necesaria para escribir todo lo que lleva dentro. Tiene una novela pendiente, relatos que no han encontrado editorial y proyectos que todavía no sabe si llegarán a publicarse. No oculta las dudas ni presenta su trayectoria como un camino resuelto, pero tiene claro que el sentido de su vida está en contar cuentos, leer, escribir, y besar a su marido a las 22:22. 

 Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios


 

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