María Sánchez: "un feminismo de hermanas y tierra"

Boda de Candi: exposición del ajuar. Almendral de la Cañada (Toledo). Archivo de la Imagen de la Biblioteca Digital de CLM

"¿Quiénes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quién se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y nuestras madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas solo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?

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¿Cómo se escribe lo que no se valora? ¿Cómo sacar de la sombra lo que se arrincona y se deja allí como algo normal? ¿Cómo reescribirlas? ¿Cómo devolverles la voz y la palabra que siempre han tenido pero que no ha sido escuchada ni tenida en cuenta? ¿Cómo involucrarlas en nuestras historias si en nuestro lenguaje y nuestra narrativa no han tenido cabida como protagonistas nunca?"

Todas estas preguntas suponen el núcleo central del que parte la cordobesa María Sánchez (poeta, escritora y veterinaria de campo que trabaja con especies autóctonas en peligro de extinción) para escribir Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural (Seix Barral, 2019), un trabajo ensayístico de corte autobiográfico, un ejercicio de genealogía personal que es también una reivindicación política y social: en él visibiliza la lucha por la existencia y las discriminaciones y problemáticas sufridas por las mujeres de su familia, y por extensión, a tantas y tantas mujeres que corrieron una suerte similar en el medio rural. 

Foto de Joaquim Gomis a su hija en el exilio (1939)- Portada de Tierra de mujeres           

En sus páginas, se conjugan la narración de su historia familiar, las reflexiones acerca de su lugar en el engranaje de una familia rural y su propio proceso identitario, la exposición realista de las condiciones de vida en el campo, la denuncia del silencio -a todos los niveles- a que se ha sometido a las mujeres rurales, la reivindicación de sus voces y el reconocimiento a su aportación fundamental a la sociedad. 

La autora nos cuenta las historias que ha podido rescatar del olvido: de su madre, su abuela y su tatarabuela. Tres generaciones distintas. Y ella, la punta de lanza, el salto a lo desconocido: lo que ninguna de las tres hubiera podido siquiera imaginar. Desde ese lugar, la autora hace un examen de conciencia: se ve a sí misma, más joven, mirando más hacia los hombres y despreciando el mundo femenino de su familia. 

"Ahora que miro atrás y me doy cuenta, no puedo evitar notar una sensación que no para de oscilar como un reloj de pared entre la rabia y la culpa. ¿Por qué ellas no ocupaban un espacio importante en mis referentes? ¿Por qué no fueron nunca el ejemplo a seguir? ¿Por qué de niña no quería ser como ellas?"  

Captura de la cuenta de IG de María Sánchez
 

Yo entiendo esa sensación. Yo también sé de ese dolor. Lo he sentido. Seguramente que algunas de las que leéis también. Llegar tarde. La culpa por el desinterés, el menosprecio, por no haber sabido reconocer antes su valor; la vergüenza por haberme guiado buena parte de mi vida por la consigna de no parecerme a ellas, ser otro tipo de mujer... Ser ama de casa me parecía un rollo: las veía tan sin ambiciones mas allá de su pequeño mundo de esposas y madres, con la vida tan excitante que existía en otros lugares y de la que sabía gracias a la televisión... Yo, como niña de los ochenta, recibí una imagen clara de lo que era una mujer de éxito: blanca, guapa (rubia a ser posible), asalariada, independiente, con formación académica, con dinero, urbana. Mi madre y mis abuelas estaban lejos de eso debido a su clase social y su procedencia rural. Yo quería ser una mujer de éxito: vivir en una ciudad grande, tener un trabajo bueno y prestigioso socialmente con el que ganara mucho dinero (¡cirujana!) y pudiera permitirme todo lo que en mi vida con mi familia no me había podido permitir: irme de vacaciones, que la ventana de mi habitación no diera a un patio de luces, tener un coche bueno y de primera mano. Eso era lo que yo quería.  Un mundo que nunca había sido el mío. 

La escritora afroamericana Audre Lorde decía: "No seré una mujer libre mientras siga habiendo mujeres sometidas." ¿Creía verdaderamente que podría yo o cualquiera de nosotras, las hijas y nietas de esas mujeres rurales que no tienen nuestras mismas oportunidades, huir de nuestro linaje y ser realmente libres mientras ellas no lo sean? Ahora creo que no. Porque no sé si os pasará también a vosotras pero yo veo que el tema de los cuidados se hereda: según ha ido perdiendo facultades y capacidades mi abuela, el trabajo que ella hacía ha ido recayendo en sus hijas, que lo suman al que ellas ya tenían dentro y fuera de su propia casa. He visto a mi madre muy sobrecargada, sin tiempo para descansar o sentarse si quiera y la única forma que veía de quitarle trabajo era haciéndolo yo porque nadie más lo iba a hacer. Y entonces, la tesitura, la encrucijada: yo no quiero asumir esos trabajos de cuidados que, en realidad, la sobrecargan a ella porque los hombres de la familia a los que les correspondería hacerlos, se apuntalan en su privilegio patriarcal y pasan. Que los hagan ellos, me dice la feminista en mi interior. No es justo que lo tenga que hacer mi madre ni es justo que lo tenga que hacer yo. Y quiero acabar con la cadena de opresión. Pero, al otro lado de mi discurso, veo a mi madre, sola, sufriendo las consecuencias. Y ahí empieza a corroer la culpa. Y entonces qué. Y cuando ella deje de poder hacer todo lo que hace, ¿qué? 

La situación llegó un momento que no se sostenía y optaron por "externalizar" el servicio de cuidados. Mi abuela ya no puede caminar sin carrito, mi abuelo estaba enfermo y de ninguna manera querían abandonar su casa. Decidieron contratar a una persona como interna. Las personas que están disponibles para ese tipo de trabajos son mujeres migrantes, que cada vez más llegan a los pueblos para cuidar y acompañar y dar amor a ancianxs que ya no se manejan bien por sí mismxs. Mujeres que hablan por videollamada a diario con sus hijxs al otro lado del Atlántico, mujeres que dejan a sus hijxs al cuidado de sus padres para cuidar a los padres de otras. Que trabajan duramente pero cuentan con muy pocos derechos laborales y con muy poco reconocimiento social y económico a su labor. Son el eslabón más frágil de esta cadena global de cuidados que empezó trayendo a mujeres de países empobrecidos a las ciudades de los países ricos para cuidar a lxs hijxs de las que se incorporaban al mercado de trabajo y, que, como fenómeno global ha acabado llegando también a los pueblos más pequeños para acabar cuidando a lxs abuelxs. 


"Necesitamos un feminismo rural en el que todas se sientan acompañadas, en el que todas puedan ayudarse, no sentirse inferiores las unas a las otras"

María Sánchez. Foto de su cuenta personal de Instagram

Como decíamos, además de su contenido autobiográfico, este libro también es un acercamiento a la realidad del medio rural y de las mujeres que lo habitan y nos ofrece una panorámica de los problemas que enfrentan:

las que trabajan haciéndose cargo del cuidado de la casa, personas y animales y que, además, van al campo a ayudar en varias tareas, no tienen la titularidad de la tierra (en Europa solo el 12%, según FADEMUR) ni un contrato de trabajo ni peso en la toma de decisiones sobre el negocio familiar; 

las que son dueñas de su pequeña explotación agraria y encuentran numerosos obstáculos para poder comercializar sus productos por las trabas que pone la administración y por la deficiente cobertura de Internet, las que están hartas de que, para hablar de negocios, siempre les preguntan por el marido;

las jornaleras migrantes que trabajan jornadas infinitas, que cobran una miseria y se ven excluidas de un montón de derechos laborales y ciudadanos, que duermen en infraviviendas, que son coaccionadas y violadas.

 Ante esta situación, María Sánchez habla de la necesidad de un feminismo rural que las contemple a todas, que no deje a ninguna afuera, no solo a aquellas que cumplen con los requisitos o valores que, en principio aplaude el feminismo hegemónico (blanco y clasista): la autonomía, la agroecología, la formación académica... 

¿Cómo hacer que todas ellas encuentren un lugar en el feminismo? ¿Y él en ellas? En el libro, Sánchez toca también el tema del movimiento feminista en el medio rural. Para ella, hay un hito importante en la historia del feminismo en el Estado español, la jornada de huelga feminista del 8 de marzo del año 2018 en que las calles de las grandes y pequeñas ciudades vieron manifestaciones masivas. Y señala la pena que sintió cuando las movilizaciones de los pueblos que ella vio eran minoritarias. No solo no estaban en las plazas, tampoco estaban en los manifiestos.

 Tiempo después pensó que "el feminismo urbano no puede exigir una forma y una velocidad concretas al feminismo rural", que las circunstancias son diferentes, y que prefería verlo de otra manera: 

"Y esas pocas mujeres que salieron con fuerza en sus pueblos significaron y significan muchísimo. Las distancias, las semillas, los tiempos. Lo que ellas hicieron germinar el pasado Ocho de Marzo, por pequeño que fuera, está creciendo y comienza a salir a la superficie. Y brota con fuerza y con voz. Y ya está aquí, creando una red preciosa para las mujeres de la tierra."

Me pregunto cómo involucrar a las que todavía están lejos, a ese perfil tradicional de mujer rural del que nos habla este libro, a nuestras madres, tías y/o abuelas. ¿Serviría para algo? Yo desde hace tiempo tengo mis dudas. He hablado y discutido mil veces con mi madre intentando convencerla de mis postulados feministas y no consigo que se adhiera. A veces no está nada de acuerdo y discutimos; otras admite que eso es así y que no (se) puede hacer nada, blandiendo la bandera del conformismo para poder vivir feliz, sin amargura. Con mi abuela también hablo de cosas, pero ella me mira atenta y calla; en algún punto la extraña el planteamiento pero en algún punto también le hace sentido: me mira con curiosidad y desconfianza. Sé cómo ganármela y lo consigo pero no sé si la convenzo realmente. A veces siento que solo es que le gusta escucharme hablar así, con las estructuras complejas del discurso académico, que le gusta seguir la argumentación, abrirse a marcos cognitivos diferentes. Esto es a solas porque como haya más gente delante me mira con los ojos de susto porque sabe que mis ideas tienen mucho peligro y va a haber discusión y eso la incomoda muchísimo... 
 
Mi abuela solo fue a la escuela un año porque estalló la guerra, pero es muy inteligente y curiosa, sabe leer y escribir y entiende absolutamente todo lo que le cuenta la televisión sobre lo que ocurre en el mundo.  A veces, me da mala conciencia hablarles de sus cosas desde una perspectiva feminista, porque pienso si eso será peor para ellas, darse cuenta de injusticias que han sufrido y sufren y no quieran/puedan hacer ya nada para remediarlo dentro de sus esquemas mentales y se sientan en algún tipo de error o fracaso. Otra vez la culpa. Esa es otra herencia que me han legado.
 
"Y sé que el medio rural y sus mujeres no necesitan una literatura que las rescate, pero sí una que las cuente de verdad. Que sea honesta y sincera, que dé espacio verdadero a sus protagonistas. Que no mire por encima del hombro, que no juzgue ni exija, que dejen que ellas puedan equivocarse, que puedan de una vez contar y escribir su historia." 

 







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