A vueltas con "la mujer rural" (Acto I)

 


Comienzo esta sección con una sensación extraña porque voy a hablar de mujeres en el mundo rural y siento que tal vez no sea la persona más adecuada, que yo no puedo hablar sino desde sus fronteras. No soy una mujer rural ni jamás me he sentido ni percibido a mí misma como tal, ni siquiera cuando llevaba nueve años viviendo en un pueblo y cultivaba un huerto. Sin embargo, he dicho muchas veces en mi vida que soy de pueblo, sobre todo, cuando he hablado con giros y expresiones locales que utilizo en mi registro familiar y no se me ha entendido, y también, lo confieso, ante urbanitas ecologistas interesadxs en el mundo rural para hacerme la interesante. Me pregunto qué hará que no me sienta incómoda con esta etiqueta y me observe completamente fuera de la primera. ¿Hay alguna diferencia entre ser de pueblo y ser una mujer rural? ¿Acaso pesa demasiado esa etiqueta? ¿Acaso encierra un estereotipo con connotaciones demasiado negativas como para desear identificarse? 

¿Qué imagen tenemos como sociedad de las mujeres rurales? ¿Y qué imagen tienen de sí mismas? 

Si les preguntamos a las niñas, ¿cuántas nos dicen que de mayores quieren ser agricultoras o ganaderas o montarse un negocio en un pueblo? En nuestra cultura hegemónica los máximos valores sociales son exactamente todo lo contrario... Los referentes sociales y culturales son urbanos y capitalistas, el tipo de vida que cuenta con mayor prestigio a duras penas puede llevarse a cabo en el entorno rural: ¿pueden ir de compras, a bailar, al teatro, al cine, al bingo, a conferencias, hacerse la manicura de fantasía que tanto se lleva, coger libros de editoriales alternativas en la biblioteca local, comer en restaurantes exóticos, llevar una vida completamente independiente, quedar con las amigas en el bar después de dejar a lxs niñxs en el colegio sin que nadie piense que qué poquito tienen que hacer algunas en su casa pa estase tol día por ahí?

Si les preguntamos a las jóvenes, ¿cuántas pueden encontrar en sus pueblos un trabajo para sostenerse económicamente? ¿Qué oportunidades y condiciones laborales hay para ellas? ¿Podrán sus hijxs ser atendidos por un pediatra? ¿Cuántas horas de sueño tendrán que sacrificar sus hijxs para ir al colegio en el autobús de la ruta escolar? 

¿Qué significa vivir en un pueblo para las mujeres hoy? ¿A qué renuncian y qué ganan? ¿Qué echan de menos y de qué están orgullosas? ¿Qué hacen para conseguir y sustituir los recursos y servicios públicos o incluso los derechos fundamentales de los que se ven sistemáticamente excluidas?

Las preguntas a todas estas preguntas nos las darán ellas. Vosotras. Nosotras.

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Todos estos tipos de ocio a que me refería más arriba -y que, en la actualidad, confieren cierto prestigio social (o capital cultural, que se suele decir ahora también)- son profundamente urbanos.

Habrá gente que piense que en un pueblo estarían fuera de lugar, que su encanto reside principalmente en la ausencia de este tipo de cosas pues esta propicia una relación más profunda con la tierra, con la naturaleza alrededor, con la comunidad; que, ante la ausencia de ruido y el apoyo mutuo, una existencia más conectada con lo esencial y, por tanto, un mayor bienestar -además de la posibilidad de adoptar una forma de vida en algún punto anticapitalista- son posibles y deseables. Sin embargo, no podemos olvidar que el imaginario de la modernidad ha permeado todos los estratos sociales y se ha impuesto a través de los medios de comunicación de masas y las redes sociales; tampoco que estos delinean de alguna manera los deseos y aspiraciones personales.

Con todos esos ejemplos, que pudieran parecer extravagantes hablando de pueblos y cultura rural, simplemente quería subrayar el trecho entre lo que fue o debería ser y lo que es... y la realidad que observo a mi alrededor en las chicas de los pueblos por los que he vivido y transitado: usan las mismas redes sociales que las de ciudad y se conectan con gentes y realidades de todas las partes del globo y por supuesto están al tanto de las tendencias en los temas de su interés, ya sean moda y belleza, arte y cultura, movimientos sociales y política… El problema -y la diferencia con aquellas que viven en ciudades- es que las necesidades que se generan en todas ellas difícilmente pueden satisfacerse en el lugar en el que estas viven. (He de recordarme a mí misma que hay todavía pueblos a los que ni siquiera llega Internet. ¿Hay jóvenes en pueblos donde no llega Internet?)

 

                                          Jóvenes de Palencia. Orgullo rural

Tampoco podemos ignorar que, en paralelo, los pueblos empezaron hace ya tiempo un proceso de urbanización que ha generado formas híbridas y que, para algunos, como Marc Badal1, son un ejemplo, una prueba, de que el campesinado, la cultura y la vida campesinas, hace tiempo que desaparecieron. (El corrector de textos me subraya campesinado en rojo; me impresiona que, justo hablando de esto, la modernidad tecnológica no reconozca esta palabra). En este punto de hibridación, ¿qué es lo rural?

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1Marc Badal defiende esta tesis en su libro Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino, una interesante obra en la que pone sobre la mesa la complejidad de la cuestión rural tanto a lo largo de la historia como en la actualidad.


Este artículo forma parte de la sección
 "La Enramá" de Jazmina Fuentes Moreno

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