Literaturas del envierro (II): La araña y mi encierro



Si hay algo que parece que nos está costando a muchxs en este encierro es encontrar el silencio interno. Un espacio sin estímulos, de verdadera desconexión. Cuando me asomo al espacio público, a la interacción social, encuentro el debate, la crítica, el juicio, el insulto, a ver qué hace mal el vecino. Todo es un incesante reaccionar, sin reflexión profunda; un intento de justificar racionalmente este confinamiento, de comprender toda la información que nos arrastra y no poder. Simplemente vivimos arrastrados por un flujo avasallante de datos y opiniones sobre esos datos.

Y entonces sentimos la necesidad de evadirnos y buscamos entretenimiento (o trabajo, lxs que no lo tenemos). Y nos empachamos de películas, series, conferencias on line… Y nos obligamos a organizarnos con un horario, tejer, leer, pintar, escribir, tocar música y todas esas cosas que no hacíamos por no tener tiempo. Aprovecha para. Ese parece ser el mantra. Sacar provecho también de esto. La cuestión es no parar de producir, o no, es más exactamente el convencimiento de que no hay un sentido sin producir. Como si no hacer nada fuera impensable o supusiera un peligro que hay que evitar a toda costa.

Pero si te paras por un momento qué ocurre. Si decides apagar unos y otros estímulos y encontrarte con el silencio. Mirar al techo, a la pared. Qué pasa si miras al vacío, qué ves en él, qué cosas pequeñas e inesperadas encuentras en el espacio cotidianamente ignorado.

¿Qué pasa si paras?

Te propongo indagar en ese vacío fértil[i] con varias consignas. Puedes hacer una, las dos o ninguna (puedes simplemente quedarte en disfrutar de la emoción), según como lo sientas. Total libertad.





I. Otear el vacío
1. Busca un soporte donde puedas observar el techo o una pared (sin cuadros).
2. Ponte cómodx.
3. Observa.
4. Déjate entrar en él. ¿Qué hay?
5. Demórate en apreciarlo.
6. Disfruta el dolce far niente.
7. Haz una foto, un vídeo.
8. Escribe un texto, la visión que has experimentado, lo que te ha sido revelado*.
9. Mézclalos en un vídeopoema, en un fotopoema.
10. (…)

*Si no has querido/podido escribir un texto, te puedes valer de una cita para acompañar la imagen o dejar simplemente la imagen, que puede ser en sí misma muy significativa.

“Escuchar, interrumpido, el vacío de la memoria” Ixiar Rozas, Beltzuria


II. Escuchar el silencio[i].
1. Apaga la tv, la radio, la música.
2. Abre la ventana.
    2b. O no (si quieres adentrarte exclusivamente en los sonidos de la casa).
    2c. (Para lxs afortunadxs) Siéntate en la terraza, balcón o jardín.
3. Abre bien los oídos. Aguza.
4. Escucha todos los sonidos que impregnan este silencio confinado.
5. Escríbelos según se vayan sucediendo*.

*Se trata de hacer una descripción impresionista de la realidad centrando nuestra atención en el sentido del oído (aunque podemos incluir también estímulos olfativos, táctiles, visuales…, relevantes). Las frases se suceden como pinceladas, con un ritmo ágil y de corto recorrido. En la literatura española son un modelo paradigmático de este tipo de descripción literaria los textos sobre el paisaje castellano de Azorín.

Esquivias es un viejo plantel de aventureros y soldados; su suelo es pobre y seco; de sus dos mil quinientas cinco hectáreas de tierra laborable no cuenta ni una sola de regadío; la gente vegeta mísera en estos caserones destartalados, o huye, en busca de la vida libre, pletórica y errante, lejos de estas calles que yo recorro ahora, lejos de estas campiñas monótonas y sedientas por las que yo tiendo la vista... El día está espléndido; el cielo es de un azul intenso; una vaga somnolencia, una pesadez sedante y abrumadora se exhala de las cosas. Entro en una ancha plaza; el Ayuntamiento, con su pórtico bajo de columnas dóricas, se destaca a una banda, cerrado, silencioso. Todo calla; todo reposa. Pasa de tarde en tarde, cruzando el ancho ámbito, con esa indolencia privativa de los perros de pueblo, un alto mastín, que se detiene un momento, sin saber por qué, y luego se pierde a lo lejos por una empinada calleja; una bandada de gorriones se abate rápida sobre el suelo, picotea, salta, brinca, se levanta veloz y se aleja piando, moviendo voluptuosamente las alas sobre el azul límpido. A lo lejos, como una nota metálica, incisiva, que rasga de pronto la diafanidad del ambiente, vibra el cacareo sostenido de un gallo.


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[i]Apenas unos pocos han aprendido la lección de la página en blanco. Seguramente porque no han arado, ni sembrado nunca. O porque no han escrito poema alguno. La realidad brota del vacío, como la música del silencio.

[i]Resulta realmente sorprendente que exista una palabra para lo que no existe. Porque el silencio realmente no existe; incluso donde todo se calla, late y habla tu propio corazón, zumba en tus oídos lo que piensa el cerebro. Con todo hay que seguir buscando las lontananzas donde reside su pálido reflejo.

       Textos de Joaquín Araújo en Laudatio Naturae 
     (La línea del horizonte Ediciones, 2019)


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Nueva sección que hemos dado en llamar Literaturas del Encierro, para retomar nuestra red de contacto y nuestros encuentros de manera virtual y compartir los conocimientos que tenemos al respecto. En ella podréis encontrar una recopilación de reseñas y comentarios acerca de libros en los que aparece el encierro como materia literaria, pero también un minitaller de escritura en el que podréis participar de manera libre y gratuita siguiendo las consignas que iremos proponiendo en sucesivas entradas.

#CompartirEsVivir


Comentarios

  1. Comparto con nuestro Café entre Mujeres. Gracias por la propuesta, me encanta!!

    #compartiresvivir

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    1. Gracias, París :)
      Y si queréis... ¡pasaros por aquí a compartir vuestros textos!

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  2. Como parece que cuesta, voy a aventurarme yo a hacer la propuesta 2. Voy a escuchar qué pasa en esta habitación en los próximos minutos... Ahí va:

    "Nocturno"

    La cascada del río se come la noche con su estrépito constante, la revuelta de la espuma arrulla el aire. Una gota que se desploma en agua embalsada en un plato sucio en la pila. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Otra. Mi aliento exhalando el humo. La percusión rítmica de mis dedos contra el teclado. Quiero imaginar -e imagino- que es un piano. Canta un pájaro.

    ¿Qué, os animáis? Venga, ahora mismo, donde os pille... ¿Cuáles son los sonidos de vuestra casa?

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    1. Agua a mares. Sobre mi cabeza, las pizarras crujen por el chaparrón. Djivan Gaspariyan me calma con su flauta de caña, I will not be sad in this world. Seira suspira casi al mismo tiempo que yo, acercando su hocico a mi regazo. En la cocina las tripas de la nevera suenan intermitentes. Poco a poco cesa la lluvia. Calma.

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  3. Yo me tiro al primer supuesto, aunque el vacío se me ha ido a un lleno jejeje.

    TEJADOS.

    Vivo en un cuarto en una zona elevada de la ciudad.
    Salgo a tomar aire, a ver el cielo, a oir los pájaros cantar, me fumo un cigarro con la mirada dispersa. Viendo sin ver a fuerza de costumbre, pero respirando la amplitud que te da “la vista de pájaro”.
    Ahí está el casco, y la sierra, las nubes…. la postal con vistas que nos impresionó cuando llegamos a esta casa y que siempre saca un comentario de admiración a quienes llegan por primera vez a nuestro hogar. Pero mi ventana, sobre todo, lo que te ofrece es nadar en un caótico mar de tejados antiguos. Irregulares y bellos - producto de la distribución urbanística de una época que no sabía de cuadrículas para la accesibilidad, ni de dobles sentidos para el tráfico corrido -. Tejados que tienen la personalidad que da el tiempo. Hechos de teja árabe de barro cocido, de las de antes. De las que ya no se usan porque son demasiado difíciles de ensamblar, de las que se hacían a mano sobre la rodilla de un artesano que silbaba en el trabajo.
    Cada teja es una historia. Cada teja tiene su color, su composición de materiales, su capilaridad. Cada una es un microecosistema de líquenes y musgos asentados en un material que es diferente en cada teja, porque la época que las vio nacer no sabía de homologaciones, ni de códigos técnicos.
    Desde mi ventana el caos tiene el orden de la escala humana. Es hijo de un tiempo en el que no se media y planificaba y huele a vida en vez de a negocio inmobiliario.


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