"Autobús de Fermoselle": viaje al pueblo de los veranos de la infancia

Al atardecer ya éramos otros
los que transitaban el sendero de antes.
Fue aquel pueblo isla primera
que abarcamos con los pies y con las dudas,
tras haberla sentido tanto
territorio hostil.
Extraviamos en el monte a las abuelas,
porque la libertad era perder 
las horas vagando solos,
mientras tardos y seguros 
como quejigo frente al aire, roble,
nos enderezábamos.
 
Se burlaban de nosotros aquellos
que amanecían entre osos pardos.
Pero estábamos aprendiendo a enfrentar
al animal que ladraba y respetaba 
el refugio donde moría una niña;
en nosotros estaban creciendo
también los bosques.

Donde el ganado abreva hemos jugado,
nos hemos regado con su saliva;
hemos visto a los perros engancharse.
 
En el verano del noventa y ocho
empezamos a soñar los besos
que aún tardaríamos en dar,
mientras entreteníamos la boca
estallando higos,
y en ese gento sensual estaban
las primeras ascuas de las brasas.
Los labios manchados de moras
delataban al ladrón de zarzas,
al que había tenido que herirse 
para morder:
ahora existía el cuerpo.
 
No podría repetir ninguna de las frases
de aquel estío, pero sé
que renunciamos entonces
a las señas del campamento,
esperando descubrir las palabras
que nos abrieran otras puertas.

                                           "Nuestros eran los bosques" (Maribel Andrés Llamero)


Los veranos de la infancia en el pueblo ya forman parte del imaginario común de varias generaciones. En este país, durante algunas décadas, quien no tuvo pueblo lo envidiaba, tales eran las aventuras que relataban cada septiembre quienes de allí volvían. Muchxs recordaréis cantidad de anécdotas, pero Maribel Andrés Llamero ha buceado en ellas para rescatar emociones pulidas y un mundo eminentemente sensorial, para confirmar su identidad en el recio paisaje castellano y honrar la memoria de la cultura campesina de la que procede. 


Fermoselle. Imagen tomada de la web fermoselle.es

El paisaje es un elemento central en Autobús de Fermoselle (XXXIV Premio de Poesía Hiperión, publicado por esta editorial en 2019), la obra donde ella escribió, entre otras cosas, sobre sus veranos con lxs abuelxs en este pueblo zamorano limítrofe con Portugal, en los Arribes del Duero. El primer poema con el que se inaugura este viaje al rural del s. XX, "Campos de tierra", nos asoma tanto al lugar como a la autora, pues ciertamente son presentados como un mismo cuerpo:

Esto es Castilla, 
                           mi cuerpo tan seco,
esta carne prieta y dura como alpaca,
levantada por leves lomas, colinas
modestas, algún apacible remanso.
Esto es Castilla, 
los ojos oscuros color de barro,
la piel y las trenzas recias, pardas.
 
Vengo de la tierra del pan y del vino,
donde otros antes que yo
escondieron la cebada
que no saciaría su hambre ni su sed.
Soy nieta de emigrantes, carbón humano,
las entrañas unidas con alambre,
mujeres y hombres ceñidos de esparto
y entregados al delito del trabajo
manual. Ellos me levantaron el alma
con golpes de azada que aún retumban
en el amor tierno y áspero que me puebla
los surcos de las severas costillas.
En frágiles pasos de albarcas me han traído
para que un día yo soltara
las hoces de la siega , la esteva del arado
y cantara estos poemas;
me han colmado la boca de trigales,
me han confiado toda la luz,
la digna primavera de la maleza.
 
[...]
 

Y esa misma idea queda reflejada y remarcada en los últimos versos del último poema con que se cierran libro y círculo:

[...]

Esto es Castilla,
nunca fue la mejor, solo la nuestra.
Esto es Castilla, lo que somos,
mi cuerpo, preso como arbusto a este suelo,
el espacio donde habitan los abrazos
urdidos, mimbre, con empeño.
 
Tengo estos prados metidos en los ojos
y cuando brotan me salvan
como al paisaje. El horizonte
se nos talló en el pecho
siempre en pie para recomenzar.
Ya vamos, Castilla, ya vamos.
Seguimos avanzando campo horizontal,
campo tenaz.   
 

El paisaje se refleja y se encarna en el cuerpo a través de la metáfora. El territorio cuerpo no está separado del territorio físico sino dentro de él, y por él es condicionado y modelado. Es una parte integrante de la red de elementos que lo conforman, también su espejo. Pero más allá de esta identificación, que la autora sostendrá a lo largo del poemario, el cuerpo no solo es identidad sino el medio a través del cual se explora y se aprehende y se expande el mundo. En sus poemas, la autora nos cuenta su relación con el entorno y sus aprendizajes a partir de la experiencia corporal: es maravillosa la escena de "Interpretación del entorno cuando mete las manos en el montón del grano o en la ubre de la vaca, en "Frente al minotauro".

 

En esta foto del Museo Etnográfico de CyL en Zamora, conoció Maribel A. Llamero a su bisabuela Consolación. Imagen tomada de Wikipedia

 

"la arcilla que amparó el latir de su piel"

En este poemario el cuerpo es algo más que una intención literaria y tiene un protagonismo central: muchos de los seres que lo pueblan (humanos, vegetales, animales, fluidos...) están presentados en tanto que cuerpos, en toda su materialidad. Se pone la atención en su condición y su interacción físicas. Así introduce, por ejemplo, a su bisabuela Consolación en el comienzo de "Bisabuela y vitrina":

 La noche llega cuando frota sus dedos
como raíces. Tiene las uñas sucias
de arañar, con la espalda hincada, la tierra
que quiere doblegar
para moldear el erguido porvenir. 
La bisabuela, cuyos ojos solo vi
brillar tras el cristal de un museo, 
lleva cacharros hasta Galicia,
tín tín, las vasijas traquetean en el carro
que soporta también los hijos y la viudez
de los pañuelos negros.

A través de esa toda esa precisión sensorial, percibimos un paisaje duro, recio, esencial y desprovisto de exuberancias, encarnado en el vocabulario, en el estilo, en la cadencia, en la rotunda sonoridad... A veces reverberan reminiscencias noventayochistas; sin embargo, a lo largo de todo el libro se advierte una actualización del imaginario poético de Castilla: 

ya no es la identidad y la historia nacionales sino la individual y familiar, la que viene cosida por la sangre y por la relación directa de interdependencia, cotidiana y humilde, con el territorio; 

ya no es la observación y la racionalización filosófica o mística que hace el visitante, sino un cuerpo que crece y pace en el territorio y gracias a él se conforma; 

tampoco este es ya lo que era: otro rural muy distinto vieron ellos, en efecto, hace cien años; numerosos cambios, problemas y retos nuevos que han aparecido u otros viejos que se reformulan. Pero también algunos avances. Si algunos autores de la Generación del 98 levantaran la cabeza y vieran a la propia autora, cómo lxs descendientes de aquellxs campesinxs anónimos que ellos contemplaron en los pueblos por los que viajaron dan clases en la Universidad y publican sus propios libros, ¿se sorprenderían?

Hay algunos textos ("Castilla Road","Far West" u "Oasis artificial") donde esta actualización se ve también muy clara con la adopción del imaginario popular del cine norteamericano como base para la descripción o la evocación. 


Maribel Andrés Llamero. Imagen tomada de la web PoderPopular.info

 

"La nieta del molinero"

La memoria campesina y del propio linaje es, como ya indicábamos al principio, otra parte fundamental en la construcción de la identidad de la poeta. Además de menciones reiteradas y breves en muchos de los poemas, hay algunos dedicados expresamente a dar testimonio de las vidas de sus familiares, como la de su abuelo trabajando en el molino, donde el lenguaje se vuelve rueda y repetición (en "La nieta del molinero"); la de su bisabuela moldeando el barro de los cacharros que llevaba después a vender por los caminos ("Bisabuela y vitrina") o la de su abuela en el exilio de un pueblo sumergido por un pantano, en el poema más largo de todo el libro, "Habitar San Pedro de la Nave", que se convierte en un viaje alucinante por la memoria de su abuela Ramona, por la historia de muchos pueblos que fueron desalojados y expropiados para ser anegados, y en una crítica de elevada altura humana a este controvertido tema ecosocial, político y económico.

Encontramos en Autobús de Fermoselle un testimonio -tan rico y poético- de la vida de las mujeres rurales, el latido del amor y la admiración por ellas, un ejercicio consciente de recuperación de su memoria, un hogar para reunirnos todas aquellas a las que se nos pone un nudo en la garganta cuando pensamos en nuestras abuelas...

Maribel, muchas gracias por compartirnos sus historias en tu historia.  

 

[Por cierto, el autobús a Fermoselle va y vuelve dos veces en el día a Zamora de lunes a viernes.]

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