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| CC BY María Zaragoza |
La niña que
quería ser escritora y tuvo un pueblo al que volver
Novelista, guionista, creadora y tejedora de encuentros, María Zaragoza sigue siendo, en buena medida, aquella niña que sabía lo que quería ser. Me cuenta que se reconoce mucho más en la niña que fue con seis o siete años que en la adolescente en la que se convirtió después. Aquella pequeña tenía dos sueños: ser escritora o convertirse en una estrella del pop como las protagonistas de unos dibujos animados llamados Jem, los hologramas. Finalmente, se aferró al primero. Aunque pronto descubrió que decir que quería ser escritora provocaba cierta extrañeza a su alrededor. "Los niños no quieren ser escritores". Así que empezó a decir que quería ser periodista, aunque nunca hubiera sentido verdadera vocación por ello. Le parecía una aspiración más comprensible para los demás y que contemplaba el acto de escribir para ganarse la vida.
La niña escribía cuentos, cantaba, bailaba y versionaba las historias que le gustaban, cambiándoles los finales o inventando nuevas aventuras para sus personajes. Pero era un hecho que María escribía mal, confundía letras y las reproducía en espejo. Ya de adulta descubrió que era disléxica, aunque durante su infancia nunca recibió un diagnóstico. Aquel obstáculo no consiguió apartarla de su propósito. Al contrario, desarrolló recursos para sortearlo. Su madre, preocupada por su descoordinación y sus problemas de lateralidad, la apuntó a ballet. Sin saberlo, le proporcionó una herramienta que acabaría siendo fundamental: la memoria coreográfica. María aprendió a recordar los movimientos de las palabras y a escribirlas correctamente a través de ellos. Todavía hoy, cuando duda de cómo se escribe una palabra, puede dibujarla con el dedo sobre la mesa para recuperar el movimiento.
En segundo de EGB ganó su primer premio de cuentos en el colegio. Empezaba a construir sus propios personajes y escribir se estaba convirtiendo en una vocación temprana.
Recuerda a la adolescente que fue como una persona pesimista e incomprendida a la que todo se le hacía cuesta arriba. Una versión de sí misma que no identifica ni con aquella niña ni con la mujer adulta que ha llegado a ser. De aquellos años solo salva a sus amigos de Campo de Criptana, a quienes define como maravillosos y fundamentales. "Son siempre mi anclaje".
Ese grupo de amigos era muy variopinto. Nadie se parecía a nadie. Tenían en común la apertura hacia lo diferente y las ganas de ganas de aceptarse. Aquella manera de relacionarse entre ellos ha sobrevivido al paso del tiempo, a las distancias, a las obligaciones y a las vidas que cada uno ha ido construyendo. Siguen encontrándose y forman parte de su presente hasta el punto de que está preparando un proyecto que, si algún día consigue poner en marcha, los tendrá como protagonistas.
También su familia materna fue un territorio de
seguridad. Su madre, su abuela y sus tíos nunca le hicieron sentir que su deseo
de dedicarse a la escritura fuera algo inconveniente. Si alguna vez les
preocupó el futuro que había elegido, supieron disimularlo. Su abuela, cuando
pasaba por una librería, solía decir: "Madre mía, lo que queda para que yo vea
a la chica en esta mesa". Años después, cuando María Zaragoza consiguió sentarse en
aquella mesa para firmar libros, una prima pasó por allí, hizo una fotografía y
se la envió a su abuela. Era la manera de decirle que el sueño se había
cumplido.
De su madre destaca, además, una forma de entender la
maternidad que le permitió crecer con autonomía. Nunca impuso ni prohibió,
aunque siempre estuvo dispuesta a aconsejar cuando se lo pedían. Entendió que
sus hijas tenían derecho a equivocarse y a construir su propia vida. "Mi
trabajo como madre es hacer de ti un ser autónomo, independiente, y no una
extensión de mí", me cuenta María que decía. A esa libertad se sumó otro ejemplo decisivo: su madre ha
sido siempre una gran lectora, alguien que lee todos los días y que ha
transmitido a su prole el placer por la literatura como algo cotidiano y necesario.
Más adelante llegaron otras personas que terminaron de
afianzar su camino. En 2004 recibió la beca de la Fundación Antonio Gala para
jóvenes creadores, en Córdoba. Durante nueve meses vivió en un convento del
siglo XVII junto a otros creadores de distintas disciplinas y con la
posibilidad de dedicarse exclusivamente a crear. Llegó con dos libros
publicados, pero todavía sin sentirse del todo una profesional. Años
después regresaría a la Fundación como tutora de nuevos becarios.
Antonio Gala fue, además de quien le brindó aquella
oportunidad, una persona con la que mantuvo una amistad llena de complicidad,
risas y también discusiones. De él recuerda especialmente su generosidad y su
voluntad de crear oportunidades para otros.
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| CC BY María Zaragoza |
También Fernando Marías fue una figura importante. Le
transmitió una idea que María ha incorporado a su manera de entender la
cultura: quienes crean forman parte de un mismo equipo. El éxito de uno no
resta posibilidades a los demás, al contrario, hace crecer el espacio cultural
compartido. A través de iniciativas como el colectivo Hijos de Mary Shelley,
impulsado junto a Ramón Pernas, consiguió reunir a escritores, ilustradores y
personas de diferentes disciplinas.
Hoy, esa manera de entender la cultura sigue presente
en su trabajo. También en Radio Nacional, donde Ángeles Caso le dio la
oportunidad de descubrir cuánto disfruta haciendo radio. Su sección, La tela de Aracne, dentro del programa El ojo Crítico, le permite recuperar personajes, historias e influencias
culturales olvidadas, muchas veces protagonizadas por mujeres cuya aportación
ha quedado relegada.
María ha ido encontrando así una familia ampliada en
la literatura, la creación y la amistad. Una red de personas que le han
enseñado que los caminos propios también se construyen con las oportunidades
que otros ponen a nuestro alcance.
Escribir para
no perder la parcela de libertad que nos pertenece
María Zaragoza se define, antes que nada, como
novelista. La escritura es la base aunque han ido surgiendo otras
inquietudes y otros caminos. Lleva 26 años publicando con editoriales
comerciales y, aunque su trayectoria se ha ido abriendo a otros formatos,
insiste en que todo lo demás nace de esa primera necesidad de contar historias en forma de novela.
Su relación con la literatura empezó también desde la
observación. De pequeña sentía una enorme curiosidad por la gente que leía. Su
familia tenía un bar que entonces era un establecimiento de carretera, ruidoso,
lleno de hombres jugando a las cartas, fumando puros y hablando alto. A ella,
especialmente sensible a los ruidos fuertes, aquellos hombres le imponían
bastante. Pero cuando cogían el periódico y empezaban a leer, se transformaban.
Se quedaban concentrados, tranquilos, casi irreconocibles. A María le fascinaba
aquella transformación. Tanto que fingía leer los periódicos e inventaba las
noticias a partir de las fotografías.
Después llegaron los libros y las lecturas que fueron
construyendo su imaginario. Entre ellas, La historia interminable,
aunque con el tiempo descubrió que el libro de Michael Ende que más la había
influido era Momo. Le interesa especialmente esa historia de los hombres
grises que convencen a las personas de que están perdiendo el tiempo y al
hacerlo, terminan robándoselo. Para ella, es una metáfora extraordinaria de una
sociedad que ha dejado de disfrutar de la vida.
También fueron importantes Ana María Matute,
especialmente Olvidado rey Gudú, que le hizo descubrir que se podía
escribir de aquella manera y que podía hacerlo una mujer. El tambor de hojalata, de Günter Grass. Los miserables, de Victor Hugo, y la
capacidad de Marguerite Duras para introducir el ritmo poético en la prosa.
Nunca ha sido una lectora demasiado metódica. Leía lo
que encontraba por casa y lo que le despertaba curiosidad.
| CC BY Carlos Fresco |
En su propia obra hay una serie de preocupaciones que regresan una y otra vez, aunque cambien de forma. La principal es la búsqueda de la identidad y de la autonomía personal. En una ocasión, durante una mesa redonda sobre literatura de terror, descubrió que todas las situaciones que le producían verdadero miedo tenían algo en común: la pérdida de la libertad. Por eso le interesan tanto los personajes que buscan quiénes son, los que se enfrentan a las imposiciones y los que intentan conservar una parte de sí mismos incluso cuando las circunstancias les arrebatan casi todo.
Esa preocupación está también en su interés por los
mecanismos de la censura, por la capacidad que otros pueden atribuirse para
decidir qué debemos ver, pensar o conocer supuestamente por nuestro bien. Uno
de sus proyectos literarios sobre las bibliotecarias de los años treinta reúne
precisamente muchas de esas inquietudes: la modernización de las bibliotecas,
el salvamento del patrimonio bibliográfico durante la guerra, la censura y la
quema de libros.
Incluso sus preferencias dentro del género de terror están
determinadas por esa misma obsesión. No ve películas de posesiones ni de zombis
porque son seres que han perdido el control sobre su propio cuerpo, su
personalidad y su voluntad. La autonomía es, por tanto, una preocupación propia que
atraviesa su literatura, pero también su manera de leer, de mirar el mundo y de
relacionarse con los demás.
La ficción le ha permitido, además, contar cosas que
quizá no habría contado de otra manera. Los escritores trabajan con lo que
llevan dentro, explica, y a veces descubren al releer sus propios textos
obsesiones que no sabían que tenían. En su caso, una de ellas es el fuego. Los
incendios, las personas que se enfrentan a ellos o que son capaces de
manejarlos aparecen con frecuencia en sus historias, aunque ella misma no sepa
explicar del todo por qué.
Esa capacidad de descubrirse a través de lo que
escribe convive con una curiosidad creativa que no ha dejado de crecer. María
reconoce que es probablemente una persona excesivamente creativa: todo lo que
hace expresa algo, desde la manera de vestirse o peinarse hasta los proyectos
que pone en marcha.
La literatura le ha proporcionado un punto de fuga
para canalizar esa creatividad, pero también le ha abierto un abanico de
posibilidades que nunca imaginó . Pensaba que ser escritora implicaba ser una persona solitaria, encerrada en casa con sus libros pero no es así, escribiendo ha descubierto el placer de
trabajar con otras personas, de conocer sus capacidades y de comprobar cómo una
idea propia puede crecer gracias a las aportaciones de otros.
Ha trabajado en cómic, cine, libros ilustrados y
proyectos que combinan literatura y educación. Entre ellos está Cuna de cuervos, el cómic realizado junto a Dídac Plà, a quien conoció en la
Fundación Antonio Gala. También Baba Yaga, una novela juvenil que reinventa el mito de la bruja, publicada por Aristas Martínez e ilustrado por Rubencio, que sigue encontrando lectores
en colegios e institutos. A partir de este libro propuso a Jorge Sánchez Mellado, profesor
de filosofía y vinculado al Centro de Filosofía para Niños, elaborar una unidad
didáctica con juegos y actividades para trabajar cada capítulo. Una iniciativa
que ha funcionado muy bien en centros educativos y que permite diferentes
niveles de lectura según la edad.
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| CC BY María Zaragoza |
En su último libro de relatos El infierno de una chica adolescente publicado por Minotauro
ha querido contar también con las ilustraciones de Ana María Alcañiz Lizcano,
una amiga de Campo de Criptana. Ambas habían compartido de adolescentes
aquellas tardes en las que una pintaba y la otra escribía, tumbadas en el
suelo, intercambiándose historias. El libro recupera, desde la ficción y la
fantasía, experiencias de la infancia y la adolescencia en la Criptana de los
años ochenta y noventa. Que Ana ilustrara esos relatos convirtió el trabajo cooperativo en algo más que un libro. Para ellas es un objeto artístico atravesado por una memoria compartida.
Le gusta que sus libros tengan diferentes capas. Que
puedan leerse con comodidad, pero que también escondan guiños, juegos y
detalles que no todo el mundo tiene por qué descubrir. En Sortilegio,
por ejemplo, quiso que el propio libro fuera un objeto mágico: los capitulares
de los capítulos reproducen iniciales de antiguos códices de magia que recuperó buscando en el fondo antiguo de grandes bibliotecas. En el proyecto en el que trabaja en este momento, ha introducido un juego lingüístico con los cuentos de los
hermanos Grimm en alemán, pensado para que si algún día su libro se traduce,
los lectores alemanes puedan descubrir una complicidad escondida.
También disfruta experimentando con la dimensión
física de la literatura. Recuerda cómo algunos lectores de su pueblo reconocían
los escenarios de uno de sus relatos de terror, aunque nunca nombrara
expresamente Campo de Criptana. Para ese cuento había arrugado un mapa del
municipio y construido a partir de él una ruta deformada. Quería que los
lectores experimentaran la misma sensación de desorientación que los niños
protagonistas. Algunos vecinos le contaron que habían intentado seguir los
lugares descritos y que habían terminado mareándose. Para María, aquello
demostraba que la literatura no solo alimenta la mente: también puede provocar
sensaciones en el cuerpo.
El cine es otra de las puertas que ha abierto la escritura. Lleva aproximadamente cuatro años trabajando en este ámbito. Su primera experiencia fue Cuentas divinas, que se estrenó en el Festival Internacional de Sitges en 2022 y clausuró el certamen. El trabajo llegó también a los Goya 2024, con una nominación al mejor cortometraje de ficción.
| CC BY María Zaragoza |
Desde entonces ha seguido haciendo proyectos audiovisuales y, junto a sus socias, ha puesto en marcha Galatea Producciones, una productora con la que quiere seguir creciendo, desde ahí han realizado el corto Perpetua Navidad Azul. María no esconde que le gustaría llegar a dirigir cine. Los largometrajes, mientras tanto, siguen en fase de financiación.
Su manera de entender la creación ha cambiado con los
años. Ya no se trata únicamente de escribir bien, sino de explorar,
equivocarse, colaborar y descubrir hasta dónde puede llegar una idea cuando se
comparte.
Un pueblo que se alegra de los triunfos de sus gentes
María Zaragoza aprendió a relacionarse con el mundo en Campo de Criptana, allí encontró a sus amigos y allí se formó buena parte de su aprendizaje emocional. De su pueblo destaca algo que considera poco habitual: la capacidad de alegrarse sinceramente de que los demás cumplan sus sueños. Como en cualquier localidad pequeña, existen los cotilleos y las críticas, pero para ella hay una diferencia esencial entre hablar de los demás y alegrarse de sus victorias. En Criptana ha sentido que, independientemente de las simpatías personales, cuando alguien consigue algo importante, los demás se alegran.

Imagen recogida de Wikipedia
Relaciona esa actitud con una tradición cultural muy arraigada, especialmente
musical, pero también teatral y artística. Recuerda que un amigo músico que
había trabajado como instrumentista a nivel internacional, le dijo que no había pasado por
ninguna orquesta en la que no hubiera alguien de Campo de Criptana. Quizás fuera un farol, pero desde luego habla de la cantidad de personas del municipio que han encontrado en la música
una forma de vida.
Para María, ese ambiente genera algo importante:
permite crecer sin miedo a plantearse objetivos que puedan
parecer disparatados. Uno puede esforzarse por conseguir algo y saber que, si
lo logra, su gente se alegrará. Esa seguridad le ha permitido probar, equivocarse y volver a intentarlo.
No cree que la cultura manchega esté suficientemente
reconocida. Le molesta que todavía haya quien se sorprenda de que una persona
de Castilla-La Mancha pueda dedicarse a la cultura, al espectáculo o tener
proyección. Recuerda que existen muchísimos creadores manchegos, tanto actuales
como de otras generaciones, pero que no siempre se les identifica como parte de
una cultura común.
A diferencia de otros territorios, explica, en
Castilla-La Mancha no existe una reivindicación identitaria especialmente
expansiva. La gente vive su condición manchega con naturalidad, sin necesidad
de convertirla en una bandera. A ella le gusta esa ausencia de patriotismo,
porque no se siente cómoda con las fronteras ni con las banderas, pero cree que
esa misma actitud puede dificultar que se reconozca una identidad cultural
propia.
En los últimos años percibe, no obstante, una mayor
presencia de voces que reivindican lo manchego. Cita el humor de La Hora Chanante y José Mota, la tradición anterior de Millán Salcedo y la expansión de
la música de raíz y de propuestas como las de Karmento o Rozalén. Son manifestaciones
que han contribuido a poner en primer plano una forma de hablar, de hacer humor
y de entender la cultura que antes no encontraba espacio.
María Zaragoza tiene claro es que muchas de las cosas que hace no se entenderían si no hubiera nacido y crecido en Campo de Criptana. De allí procede una manera de afrontar los retos sin miedo y de sentir que siempre hay un lugar al que volver. Esa relación con sus raíces aparece también en sus libros, aunque no siempre de manera explícita. El pueblo se cuela en sus relatos a través de calles, lugares, referencias y escenarios que los lectores del municipio reconocen enseguida.
También hay algo profundamente manchego en su manera
de relacionar a las personas. María reconoce que le sale de forma natural
juntar a gente de distintos ámbitos, buscar conexiones entre quienes hacen
música, cine, literatura o cualquier otra disciplina y crear espacios donde
puedan surgir proyectos. Una forma de hacer comunidad que relaciona con la
capacidad de hacer hogar y de ser buena anfitriona, algo que considera muy de mujer manchega.
No entiende la cultura como una suma de carreras
individuales, sino como un espacio compartido en el que las personas pueden
encontrarse y ayudarse a crecer. Y en esa manera de tejer vínculos reconoce una
parte de su propia identidad y de la educación sentimental que recibió en su
pueblo.
La mujer tigre,
la niña buena y todas las formas de ser una misma
Hay una imagen que María Zaragoza conserva desde la
infancia y que, con el tiempo, ha terminado convirtiéndose en una explicación
bastante precisa de su personalidad. Cuando era pequeña le regalaron unas
zapatillas traídas de Japón que representaban un tigre con cascabeles. Eran
diminutas, tanto que todavía las conserva y apenas tienen el tamaño de su
teléfono móvil.
María era entonces una niña buena, ordenada y obediente.
Pero aquellas zapatillas le permitían convertirse, simbólicamente, en otra
persona. Cuando quería sacar su lado más gamberro, se las ponía. El tigre era
una especie de segunda personalidad, una licencia para dejar salir una parte de
sí misma que convivía con la niña formal.
Con los años, aquella imagen ha seguido acompañándola. Incluso tiene un libro titulado Diario imaginario de la mujer tigre. A través de esa figura ha aprendido a reconocer los momentos en los que ha acallado al tigre, aquellos en los que lo ha dejado salir y sobre todo, aquellos en los que ambas partes de sí han conseguido convivir en armonía. Porque María no cree que el tigre la represente por completo. Lo que la define es precisamente la convivencia entre esas dos naturalezas: la parte ordenada y profunda y la parte más salvaje, gamberra y libre.
Se considera una persona muy sociable cuando está socializando, pero
reconoce que nunca le apetece demasiado hacerlo y que después
suele terminar agotada. En su interior conviven, dice riendo, "una ermitaña y el
perejil de todas las salsas".
No parece tener demasiado interés en eliminar esas contradicciones. Más bien ha aprendido a reconocerlas y a entender por qué aparece cada una en determinadas circunstancias. Saberlo le permite conocerse mejor y tener cierto control sobre sus propias reacciones.
También explica su relación con el error. María ha aprendido que no todo tiene que hacerse con un objetivo de perfección y que hay un placer enorme en dedicarse a algo simplemente porque a uno le gusta. Por eso pinta mal y disfruta haciéndolo. Por eso se atreve con el cine, con los cortometrajes, con los proyectos que todavía no sabe si funcionarán y con las ideas que se salen de su trayectoria habitual.
En el fondo, todo parece responder a una misma
necesidad: que siempre quede un espacio propio, una parcela de libertad
desde la que seguir creando, equivocándose, imaginando y eligiendo.
María Zaragoza conserva todavía aquellas zapatillas de tigre. Quizá porque contienen una parte de la niña que fue, pero también porque recuerdan a la mujer que ha aprendido a no renunciar a ninguna de sus caras y a seguir su instinto en busca de nuevos proyectos que motiven su creatividad.
Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios




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