Una infancia entre mujeres y una casa a la que siempre volver
Fermina Cañaveras habla de la casa de sus abuelos, en Torrenueva (Ciudad Real), como el lugar donde ubica gran parte de lo que hoy es. Sus recuerdos en aquella casa son el cimiento de lo que acabaría siendo su hacer como escritora.
Fermina es hija póstuma. Su infancia estuvo marcada por la ausencia de un padre que murió antes de que ella naciera y de una madre que, como cuenta, "se quedó sin ganas". Y Fue su abuela materna quien levantó del suelo a su madre y tiró de la niña Fermina. María Blasa fue su principal figura de referencia. Cañaveras reconoce haber tenido tres madres -la propia, su abuela y su tía, hermana de su madre, que diecisiete años mayor que ella, hizo lo que pudo por sostener a Fermina.
De aquella crianza conserva un universo de recuerdos. Los
miedos de su abuela, sus costumbres, las supersticiones ante las
tormentas, las oraciones, los inviernos, la estufa encendida. Recuerda cómo María Blasa la peinaba con colonia infantil para que oliera bien siempre o cómo, cuando era pequeña y algo le
dolía, encontraba en ella a alguien dispuesta a escucharla y acompañarla.
Recuerda que, a pesar de los esfuerzos de su abuela, una sensación de abandono la acompañó durante toda la infancia. Al cumplir catorce años, se marchó a un colegio interno en Linares. Después el instituto, la universidad y el traslado a Ciudad Real. Cada salida suponía alejarse un poco más de aquella casa en la que se sentía protegida.
Su abuela murió hace cuatro años y todavía le cuesta
hablar de ella sin emocionarse. Sin embargo, su abuela sigue apareciendo en
sus novelas. "En todos los personajes que creo hay una María Blasa", reconoce.
Quienes la conocen y conocen su pueblo identifican en sus historias muchos
rastros de Fermina, de su familia y de las mujeres que la criaron.
Hoy vive en el piso de arriba de aquella misma casa. Sus abuelos ya no están, pero conserva abajo ese espacio al que puede regresar. La galería, los espejos del pasillo, la estufa, los olores y los recuerdos siguen formando parte de su vida. Y le gusta que sus hijos puedan crecer también cerca de ese hogar, que puedan sentir algo de lo que ella sintió. Porque, si tuviera que definirse a través de un lugar, no tendría dudas: sería la casa de sus abuelos.
"Escribir me salvó la vida": las historias que empiezan mucho antes de sentarse al ordenador
Fermina Cañaveras lleva escribiendo prácticamente toda
la vida. Empezó siendo muy joven, cuando la escritura se convirtió en una vía
para expresar todo aquello que no sabía cómo gestionar. En el colegio interno
de Linares, entre la sensación de abandono, las normas y las paredes, escribir
le permitía marcharse a otro lugar sin moverse de allí.
"A mí escribir me salvó la vida", afirma sin rodeos.
Era una forma de liberarse, de ser quien quisiera, de estar donde quisiera y de
encontrar consuelo. No compartía aquellos primeros textos porque le daba miedo
que los demás la juzgaran, pero escribir estaba ahí, como una compañía
permanente.
Durante mucho tiempo, sin embargo, no se sintió cómoda
llamándose escritora. Dice de ella misma que su labor es la de una chatarrera. Le gusta recoger
historias incómodas, recuperar aquello que molesta y que otros prefieren
desechar. Historias de mujeres, fundamentalmente, que no suelen aparecer en los
libros de historia y que, sin embargo, forman parte de nuestra memoria
colectiva.
Reconoce que le costó dar el paso de compartir lo que
escribía. Fueron los amigos y las personas cercanas quienes la animaron a dejar
atrás el miedo al juicio ajeno. Uno de aquellos empujones decisivos llegó en el
Teatro del Barrio de Madrid, un espacio cultural y cooperativo con el que
mantiene una estrecha vinculación. Allí, una noche, unos amigos la animaron a
intentarlo. A compartir aquellas historias que llevaba años rumiando.
Después llegó el trabajo de convertirlas en novelas.
En su trayectoria aparecen El barracón de las mujeres, El baile delas que sobran y La sonrisa rota. Ahora trabaja en una cuarta
novela, cuyo título todavía no puede desvelar.
Su proceso creativo comienza mucho antes de abrir el
ordenador. Hay cuadernos, anotaciones, ideas y materiales que va reuniendo
hasta que las historias empiezan a tomar forma. Investiga, escucha, pregunta y
construye personajes a partir de las voces que encuentra. Su trabajo anterioren la UNED también forma parte de ese recorrido de investigación, aunque hace
aproximadamente un año decidió dejar esa actividad para dedicarse plenamente a
escribir.
No se define como alguien que escribe únicamente
novelas históricas. Le interesa también la novela social, contar aquello que
necesita ser contado y que no encuentra espacio en los relatos oficiales. La
situación de las mujeres atraviesa toda su obra: las que fueron utilizadas,
silenciadas, castigadas o condenadas a sobrevivir en circunstancias que nunca
eligieron.
En El barracón de las mujeres encontró una imagen que la conmueve especialmente: la caja de los feos recuerdos. Esos pensamientos y experiencias que las protagonistas escriben y guardan para intentar desprenderse de ellos. Una imagen que procede, como dijimos al hablar de la infancia de la autora, directamente de las enseñanzas de su abuela María Blasa. Esta novela recucpera, entre otras historias, la de Lucía del Olmo Hidalgo, una mujer de su pueblo represaliada después de la Guerra Civil. Y en La sonrisa rota volvió a mirar hacia La Mancha para contar los movimientos sociales y políticos que precedieron a la contienda.
Su próxima novela la lleva a Vallecas y a los años de la Transición, a la violencia de la extrema derecha y a las redes de explotación de mujeres jóvenes vinculadas al tráfico de heroína. Es un trabajo que la ha obligado a escuchar testimonios muy duros y a conocer vidas que siguen marcadas por aquella experiencia. Fermina reconoce que cada historia la transforma. "Cuando empiezo una historia que pulula ahí en la cabeza, soy una Fermi y cuando termino soy otra".
Investigar y escribir le exige mucho emocionalmente. Hay ocasiones en las que termina agotada, necesita desconectar y regresar a su vida cotidiana, a sus hijos y a su gata. Pero también siente que el esfuerzo merece la pena cuando consigue que una voz más sea escuchada.
La literatura le ha dado conocimiento, conciencia y
otra manera de mirar el mundo. También le ha permitido comprender cuánto debe a
las mujeres que vivieron antes que ella y cuánto queda todavía por conquistar.
Entre sus referentes literarios está Almudena Grandes, especialmente El corazón helado, una novela a la que vuelve una y otra vez por su manera de representar las dos Españas. También encuentra apoyo y refugio en las libreras de Madrid, en mujeres como Miren de Mujeres yCompañía, Marisa y Teresa de la librería Reno. Mujeres que, además de recomendar libros, la acompañan, orientan y sostienen. Porque para Fermina la literatura también es eso: una comunidad de mujeres que se reconocen, se ayudan y encuentran en los libros un lugar desde el que seguir haciendo cosas juntas.
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| CC BY Fermina Cañaveras |
La Mancha como territorio de memoria y de mujeres
Si hay algo que Fermina Cañaveras no está dispuesta a
dejar fuera de sus novelas es su tierra. En cada libro hay algo de Torrenueva,
de Ciudad Real y de ese universo manchego que considera auténtico y
maravilloso. El terruño, como ella lo llama, aparece de una manera u otra,
incluso cuando la historia transcurre lejos de allí.
"Siempre intento meterlas y siempre intento llevar la
patria chica por donde puedo", explica al hablar de las mujeres de su pueblo.
No se trata únicamente de introducir referencias geográficas, sino de
reivindicar que en los pueblos pequeños también han sucedido historias que
merecen ser contadas. Que la memoria no pertenece solamente a las grandes
ciudades ni a los escenarios que habitualmente ocupan los libros.
En La sonrisa rota quiso detenerse en los
movimientos que se produjeron en la provincia de Ciudad Real durante los meses
anteriores a la Guerra Civil. Le sorprendió especialmente descubrir la fuerza
de los movimientos anarquistas y las agrupaciones que existieron en distintos
municipios. En Membrilla encontró, por ejemplo, una agrupación llamada Paz yJusticia. También investigó la fraternidad y el papel que desempeñaban las
mujeres en aquellos movimientos. La novela incorpora además Valdepeñas, un
lugar al que la vincula la historia familiar, pues sus abuelos tenían allí una
casa de baños.
Pero quizá uno de los ejemplos más significativos de
su compromiso con la memoria local se encuentra en El baile de las que
sobran. La historia nace, en parte, de una investigación sobre las
aproximadamente cuatrocientas mujeres que fueron trasladadas fuera de la
provincia de Ciudad Real después de la Guerra Civil.
En aquel trabajo recibió cinco nombres de mujeres de su pueblo. Uno de ellos era el de Lucía del Olmo Hidalgo. Fermina comenzó a investigar qué había sido de ella y si quedaba alguien vivo que pudiera contar su historia. El descubrimiento fue especialmente significativo: Lucía era la bisabuela de sus amigas de la juventud a las que siempre habían llamado "las valencianas". Lucía había dejado cinco hijos cuando fue detenida en 1939. Era viuda, no sabía leer ni escribir y no militaba en ningún partido. Había trabajado como sirvienta en casas ricas. Durante la guerra pasó a trabajar como cocinera para los Comités de Defensa de la República. A cambio, podía apartar comida para sus hijos. Aquel trabajo de subsistencia fue el que la llevó al presidio político.
Pasó por distintas cárceles manchegas, fue juzgada en Ciudad Real y condenada a muerte. Después la trasladaron a Barcelona, a la cárcel de las Oblatas, donde consiguió que le conmutaran la pena por treinta años de prisión, con la condición del destierro a perpetuidad. Fermina pudo reconstruir buena parte de esta historia gracias a la documentación del archivo del proceso sumarísimo y al testimonio de la nieta de Lucía, Lola. Con ella descubrió detalles que la familia apenas conocía, porque Lucía había guardado muchos silencios sobre lo sucedido. También encontró objetos y recuerdos que habían sobrevivido al paso del tiempo, como un cuaderno y la cuchara con la que comía durante su estancia en prisión.
Quiso que Lucía apareciera en El baile de las que sobran, aunque no fuera la protagonista. Para Fermina era importante que
aquella mujer de Torrenueva pudiera contar el
sentimiento de haber dejado atrás a sus hijos y que su historia no terminara
desapareciendo.
Ese trabajo también le permitió comprobar hasta qué punto el miedo había condicionado la vida de las familias de los pueblos. En la Guerra y la posguerra muchas personas guardaron cartas y documentos. Las familias que encuentran esos papeles escondidos en los cajones de las casas, se los llevan para que Fermina les ayude a entenderlos. Ella los recibe como auténticos regalos. En esas cartas, muchas veces escritas con códigos familiares y sin referencias claras a lugares o fechas, encuentra fragmentos de una memoria que todavía necesita ser reconstruida.
Se alegra especialmente cuando estos tesoros del pasado vienen a contar algún secreto guardado por una mujer. Para ella, la memoria histórica no está completa mientras sigan faltando esas mujeres anónimas. Mujeres que no aparecieron en los relatos oficiales.
La intimidad de una mujer que no sabe mirar hacia otro lado
Hay algo que se repite en toda la conversación con
Fermina: la necesidad de cuidar. Cuidar las historias, a las personas que se
las confían, a las mujeres que encuentra durante sus investigaciones y a
quienes han quedado fuera de los relatos que se cuentan habitualmente.
Cuando habla de su trabajo, lo hace desde una implicación
emocional muy profunda. Escucha a mujeres que han sufrido experiencias
durísimas y reconoce que muchas veces se lleva sus historias a casa. No se
desentiende de ellas cuando termina una investigación. Sigue visitándolas, toma
café con sus familias y mantiene el vínculo. Algunas son ya muy mayores, otras
han fallecido, pero todas dejan huella en Fermina.
Dice que, cuando se mete en una historia, acaba
formando parte de ese universo de mujeres. Las conoce, las escucha, las imagina
y termina conviviendo con ellas en su cabeza.
Reconoce que necesita aprender a desconectar.
Hay historias que la dejan hecha pedazos y que le exigen parar, acudir a su
psicóloga y encontrar la manera de asimilar todo lo que ha descubierto. Es una
mujer muy empática, muy sensible, que siente como propias muchas de las
experiencias que escucha.
Quizá por eso necesita tanto regresar a sus raíces. A
la casa de sus abuelos, a los olores, a la galería, a la estufa y a aquella
mujer que le enseñó que las cosas feas podían escribirse y guardarse en una
caja para que pesaran un poco menos.
Cuando explica por qué se llama a sí misma chatarrera, todo parece encajar. Le gusta recoger aquello que otros desechan. Lo hace con las historias, con los libros descatalogados, con las cartas antiguas. Mira con ojos golosos todo aquello que parece no tener valor, lo que alguien ha dejado atrás «Me gusta recoger y me gusta cuidar, guardarlas bien e intentar ponerle voz a estas historias que se van a quedar en cajones y que nunca nos vamos a encontrar en los libros de historia», explica. Su definición de chatarrera es también una manera de entender la vida. Recoger amigas, gatos de la calle, personas que necesitan apoyo... acoger, escuchar, darles cariño.
Al final volvemos a la casa de sus abuelos. También su afán chatarrero la ha llevado a vivir encima de esa casa antigua, para así poder recorrer los espacios que construyeron su propia historia y entender mejor la vida.
Este artículo esta financiado por el Instituto de la Mujer de Castilla-la Mancha con fondos propios



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