El cuerpo femenino como versión defectuosa del varón
Hasta finales del siglo XVIII predominaba el llamado modelo de un solo sexo. Bajo este prisma, la ciencia entendía el cuerpo femenino como una variante incompleta del masculino: los genitales de la mujer eran interpretados como los del hombre, pero hacia dentro. La vagina era en esencia el negativo del pene.
No era que no observaran diferencias. Es que las interpretaron para que encajaran en un esquema que entendía la biología masculina como la perfección. Si la naturaleza tendía siempre a la perfección y la perfección era el hombre, la mujer no podía ser, para los científicos de esta época, otra cosa que un borrador biológico del varón.
Como es de imaginar, esta teoría intentó mantenerse con uñas y dientes. Solo a finales del s. XVIII comienza a popularizarse la teoría de los dos sexos, en la que el hermafroditismo tenía muchísimo peso.
Cuando los anatomistas italianos Renaldo Colombo y Gabriele Falloppia comenzaron a teorizar sobre el clítoris en el siglo XVI, lo interpretaron como un “pequeño pene externo” en el cuerpo femenino. Como no concebían un órgano femenino para el placer en si mismo, lo consideraron un pene atrofiado, pero de inmediato surgieron temores hacia las mujeres con clítoris demasiado grandes, sospechas de hermafroditismo y teorías sobre mujeres capaces de penetrar a otras mujeres. El problema no era el órgano en sí, sino la amenaza que suponía para un orden sexual centrado en la penetración masculina - como única forma legítima de sexualidad.
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| imagen recogida de aquí |
La figura de la tríbada
Tribadismo fue la primera palabra que se usó para denominar las prácticas sexuales entre mujeres.
“Tríbada es una palabra de origen griego que significa mujer que se frota, y se refiere a la fricción placentera de frotar un clítoris sobre el muslo de otra persona, o sobre el hueso púbico, la cadera, la nalga o cualquier otra superficie carnosa. En los siglos XVIII y XIX alguien considerada tríbada también era sospechosa de tener un clítoris muy grande y probablemente hermafrodita, y algunos antiguos sexólogos suponían que la tríbada hermafrodita buscaba penetrar son su clítoris a otra mujer. Dado que se parecía al coito por sus movimientos o por su simulación del sexo con penetración."
Masculinidad femenina. Judith Halberstam.
La mujer que obtiene placer mediante fricción con otra mujer, encarnaba algo profundamente perturbador para la mentalidad de la época: la posibilidad de una sexualidad sin hombre.
El pensamiento médico y moral reaccionó describiendo estas prácticas como perversión, masculinización femenina o desviación de la naturaleza. El placer que no pasaba por el pene debía explicarse como imitación defectuosa del coito o como deseo de ser hombre. (me consta que bastante tiempo después aun existen mentes que se quedaron ancladas en el s. XVII, hasta aquí el protagonismo a las fuerzas retrógradas)
La idea de que dos cuerpos pudieran producir placer sin penetración no solo era incomprensible: era intolerable.
La palabra tríbada nombraba a esa mujer que ocupaba el rol activo, la mujer que no necesitaba al varón, la mujer cuyo cuerpo no sucumbe al poder del pene.
El prejuicio vestido de método.
Lo fascinante —y alarmante— de esta historia es la autoridad con que se defendieron estas interpretaciones supersticiosas y altamente peligrosas. Teorías que han sido reproducidas en tratados médicos y legitimadas por el discurso científico. En esta ocasión como en otras muchas, la ciencia no falló por falta de instrumentos, sino por exceso de convicción ideológica.
Se clasificaron cuerpos, se patologizaron prácticas y se inventaron categorías enteras —como ciertos usos del hermafroditismo— para sostener un modelo sexual previo. El saber se convirtió en un ejercicio de confirmación del orden social.
Desmontar ese edificio ha llevado siglos. Cada avance en el conocimiento del cuerpo femenino ha sido, en realidad, un acto de justicia y corrección histórica. El feminismo ha servido para corregir lo que creíamos saber, desmontar lo que se enseñaba como verdad y reconocer cuánto de la ciencia estaba impregnado de imaginario cultural.
El fantasma falocéntrico que aún persiste
Podría pensarse que todo esto pertenece al pasado. Sin embargo, la herencia de ese pensamiento sigue viva.
La visión falocéntrica del sexo continúa dominando buena parte del imaginario contemporáneo. La idea de que sin penetración no hay verdadero placer es uno de los mitos más persistentes — y empobrecedor — de la sexualidad humana.
Incluso hoy, el erotismo entre mujeres suele representarse desde la fantasía masculina: dos mujeres juntas siguen siendo una de las imágenes más recurrentes del deseo heterosexual masculino. No como expresión autónoma de placer, sino como escena incompleta que, implícitamente, espera la llegada del pene que “ordene" la situación.
La antigua obsesión por situar el pene en el centro del relato sexual no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de lenguaje.
Aprender a mirar sin prejuicios
La historia del tribadismo y del descubrimiento del clítoris nos recuerda algo incómodo: el conocimiento no avanza solo por acumulación de datos, sino por la capacidad de cuestionar los marcos desde los que observamos.
Quizá la lección más valiosa de este recorrido no sea anatómica, sino epistemológica: cuando el poder dicta lo que debe existir, la ciencia corre el riesgo de estudiar ficciones. Desmontar esas ficciones —una por una— es el trabajo más lento, más incómodo y más necesario del pensamiento crítico.
Bibliografía.
- Judith Halberstam, Masculinidad femenina. Barcelona: Egales, 2008
- Thomas Laqueur, La construcción del sexo. Madrid: Cátedra, 1994
- Valerie Traub, La psicomorfología del clítoris 1996
- Irigaray, Crítica al falocentrismo



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