Cuando la Luna se pone delante del Sol: una lectura ecofeminista del eclipse y del mundo que queremos ver

Hay algo profundamente hermoso —y también inquietante— en un eclipse total de Sol: durante unos minutos, la luz que parece gobernarlo todo queda interrumpida por un cuerpo oscuro, silencioso, mucho más pequeño, que se coloca exactamente delante de él.

La protagonista del eclipse es la Luna.

No porque tenga más fuerza que el Sol, ni porque lo venza. Tampoco porque lo destruya. Simplemente ocupa su lugar en el cielo y, al hacerlo, nos recuerda que ninguna luz es absoluta, que ningún astro reina solo y que incluso aquello que parece imprescindible puede ser temporalmente cubierto.

Quizá por eso un eclipse pueda ofrecernos, además de un espectáculo celeste, una imagen para pensar nuestro tiempo.

imagen recogida de aquí


Vivimos una época atravesada por demasiadas formas de arrogancia. La historia reciente parece empeñada en recordarnos que todavía hay quienes confunden poder con dominio, seguridad con fuerza, autoridad con obediencia y grandeza con capacidad de imponerse sobre otros. Las guerras, las fronteras, la explotación de los territorios, la devastación de los ecosistemas y tantas otras formas de violencia comparten, aunque no sean idénticas, una misma dificultad: la de aceptar que no estamos solos y que no somos el centro de todo.


La Luna delante del Sol

Durante siglos, el Sol ha ofrecido una poderosa metáfora del poder. Su presencia está asociada a la soberanía, a la permanencia, a la autoridad que irradia desde un centro. No es casual que algunos de los grandes imperios hayan querido imaginarse bajo la expresión de un sol que nunca se pone, ni que Luis XIV hiciera del Sol el emblema de su propia monarquía absoluta.

El Sol, en esta lectura, puede representar una determinada idea del poder: centralizada, expansiva, afirmativa, vertical. Un poder que necesita iluminarlo todo, ocupar el centro y hacerse visible.

Pero el eclipse introduce otra posibilidad. La Luna no necesita conquistar el cielo. No expulsa al Sol ni pretende sustituirlo. Solo se interpone y durante unos instantes, aquello que parecía ocupar todo el espacio deja de hacerlo.

La Luna, además, arrastra consigo una memoria simbólica antiquísima. Ha acompañado a las culturas humanas desde mucho antes de que nuestras sociedades construyeran los grandes sistemas políticos y económicos que hoy conocemos. Sus ciclos han servido para medir el tiempo, observar la fertilidad de la tierra, acompañar los ritmos de las mareas y reconocer que la naturaleza no siempre avanza en línea recta.

En muchas tradiciones, la Luna ha estado vinculada a figuras femeninas divinas. En las antiguas civilizaciones que veneraron a la Diosa Madre encontramos la memoria de otras formas de organizar la vida: sociedades en las que, según numerosos estudios y hallazgos arqueológicos, no aparecen las huellas de la guerra organizada, no existían las grandes murallas defensivas, ni estructuras de dominación comparables a las que caracterizarían épocas posteriores. La Diosa no representa allí la conquista ni el poder que se impone, sino la fertilidad de la tierra y los seres que la habitan, los ciclos de la naturaleza, la interdependencia y la capacidad de sostener y regenerar la vida. Recuperar hoy esa memoria no significa idealizar el pasado, sino preguntarnos qué hemos perdido por el camino.

No se trata de pensar que lo masculino es perverso y que lo femenino contiene la solución. Sería demasiado sencillo, y también injusto. Se trata de aprovechar el acontecimiento celeste para preguntarnos qué valores hemos privilegiado y cuáles hemos dejado en la sombra.


Una corona para quien no la necesita

Hay un momento especialmente hermoso en el eclipse total: cuando la Luna cubre el disco solar y alrededor de su silueta oscura aparece una corona de luz. La oscuridad se convierte, paradójicamente, en el marco de una de las imágenes más luminosas que podemos contemplar en el cielo. La Luna no brilla por sí misma de la manera en que lo hace el Sol. Y, sin embargo, durante el eclipse parece coronarse.

La imagen puede evocarnos esas representaciones antiguas en las que alrededor de la cabeza de las figuras sagradas aparece un círculo luminoso. La aureola como signo de una luz que no necesita imponerse. Tal vez ahí haya una metáfora especialmente fértil para nuestro tiempo: no toda luz necesita estar en el centro para ser poderosa.

Quizá hemos confundido demasiado tiempo la luminosidad con la exhibición, la fuerza con la imposición y el liderazgo con el dominio.

El eclipse propone otra composición: el Sol sigue estando ahí y la Luna también y lo que hace del fenómeno algo extraordinario es precisamente que ninguno de los dos desaparece.


Aprender a convivir: el paradigma necesario

Un cambio de paradigma no tendría por qué significar destruir un mundo para construir otro. Quizá consista, más modestamente, en aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que ya existe.

La cultura de la confrontación nos ha acostumbrado a pensar en términos de vencedores y vencidos, de arriba y abajo, de nosotras y ellos. Pero la vida, observada sin demasiados prejuicios, cuenta otra historia. Los bosques no funcionan como ejércitos, los ecosistemas no necesitan un emperador, los ciclos de la naturaleza no obedecen a un único centro.

La vida existe gracias a una inmensa red de relaciones, dependencias, intercambios y equilibrios. Nada vive completamente solo. Hasta los organismos más poderosos dependen de otros seres, de un suelo, de un clima, de un agua y de una cantidad innumerable de vínculos que habitualmente permanecen invisibles.

La cooperación no es un valor propiedad de ningún género, pero la ternura y el cuidado han sido considerados secundarios - durante demasiado tiempo - frente a la conquista, la productividad, la competición y el dominio.


Este mundo renquea y necesita otra mirada

Hay una sensación de agotamiento que atraviesa nuestro tiempo. Un cansancio planetario, político y humano. Asistimos a conflictos que se prolongan, a discursos cada vez más agresivos, a una naturaleza sometida a una presión que ya no admite demasiadas metáforas tranquilizadoras y sin embargo, seguimos actuando como si la respuesta tuviera que ser más de lo mismo: más fuerza, más control, más velocidad, más crecimiento, más capacidad de imponernos.

Tal vez el eclipse del día 12 de agosto se al imagen que necesitamos traer del cielo a la tierra. Una imagen que habla de una posibilidad de integrar aquello que durante siglos hemos separado: fuerza y cuidado, razón e intuición, acción y escucha, autonomía e interdependencia.

Un mundo menos obsesionado con conquistar y más dispuesto a sostener, menos enamorado de sí mismo y más atento a lo que necesita alrededor. Una sociedad menos arrogante y violenta, mas consciente de que la Tierra no es un escenario que nos pertenece, sino la trama viva de la que formamos parte.


Después del eclipse

Quizá por eso lo verdaderamente interesante no sea solamente mirar el eclipse, porque el eclipse terminará en unos minutos, la Luna se desplaza y el Sol vuelve a mostrarse entero. La corona desaparece. El cielo recupera su apariencia cotidiana y nosotros regresamos a nuestras ciudades, nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras preocupaciones.

Pero quizás - ojala así sea - esa dimensión profunda que conllevan las experiencias simbólicas. Haga que queramos ensayar otras formas de relacionarnos con nosotras mismas, con los demás y con el resto de la naturaleza. Tal vez el eclipse nos recuerde que ningún orden es eterno, que incluso aquello que parece inamovible puede transformarse y tomar otra forma.

Por eso podríamos hacer del eclipse una convocatoria que no sirva solo para levantar los ojos al cielo, sino para volver a encontrarnos bajo él, como parte de un todo que no nos pertenece, para guardar unos minutos de silencio y sentirnos insignificantes. 

Para preguntarnos qué mundo queremos habitar cuando la sombra pase....Porque otro mundo es posible.



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