Hallo¿quéé?

Albalate de Zorita (Guadalajara, 1960) Foto perteneciente a "Los legados de la Tierra"
 del Archivo de la Imagen de CLM


Hubo un tiempo en que la noche del 31 de octubre no era Halloween y Halloween no era nada o, más tarde, solo una unidad del libro de inglés o las escenas de una película... Para lxs que fuimos niñxs de pueblo en Cuenca en los años 80, el 31 de octubre eran los Santos, el puente en el que entraba el frío y en el que estrenábamos o el abrigo o las botas para el invierno. Esa noche, que empezaba ya pronto, por la tarde, debido al cambio de hora, era un momento álgido en las calles del pueblo. El frío como agujas en las manos y en la cara y el olor a leña saliendo en silencio por las chimeneas. Grupúsculos de niñxs y adolescentes como luciérnagas naranjas desapareciendo tras las esquinas, la luz blanca de las farolas y la inmensa oscuridad de las afueras.

Salíamos a las calles a deambular con nuestras calabazas colgadas de una mano. (Sí, teníamos calabazas, naranjas pero también verdes que, a veces, pesaban un quintal -las bondades del huerto-. Las preparábamos días antes en las casas con la ayuda de lxs hermanxs mayores o de cualquier adultx. A mí, fue Doni, el padre de la Cris, quien me enseñó a prepararlas: a cortarles el sombrero, vaciarlas de simiente y carne con una cuchara y dejarlas secar. A tallarles la cara con una navaja. A ponerles el velote pegándolo con la propia cera derretida. ¿Era la calabaza ya entonces una influencia de la tradición anglosajona? No lo sé, pero nosotrxs no lo entendíamos así. Mi tío Moi, que fue niño en los primeros 70, las recuerda también; sin embargo, mi madre y mi abuela dicen que en su época no había nada de eso... ¿Cuándo y por dónde llegó esta influencia a nuestro pueblo manchego?) Dábamos vueltas, nos encontrábamos con muchxs otrxs en la plaza, hacíamos avituallamiento en el kiosko. Nada de truco o trato ni de pedir golosinas por el vecindario. 

El juego era otro: llamar a una puerta y dejar delante las calabazas sobre la acera, escondernos tras la esquina, esperar a que salieran a abrir... Intentar asustar o reírnos de lxs viejxs que perjuraban y nos increpaban porque les habíamos hecho salir de la cama para nada y nosotras nos partíamos de risa. A veces el juego mutaba a gamberrada, si queríamos venganza o simplemente tocar las narices a alguien que nos caía mal o estaba señaladx de alguna manera en el pueblo: estampábamos la calabaza en la puerta con todas nuestras fuerzas y el estruendo de la carne hueca contra la madera ampliado por las paredes del portal hacía temblar a más de unx.

Tampoco nada de disfraces, el juego era otro: salir todxs juntxs camino del cementerio, las chicas bien agarradas por los brazos, bien juntas, con el miedo metido en el cuerpo y la risa floja, y ay madre cualquier ruido, y ¡buh! qué susto, y gritos y era broma y otra vez la risa tonta. Cuando llegábamos al cementerio, después de haber dejado atrás las últimas farolas, mucho antes del cruce de la carretera, los nervios se acentuaban y, cuando algunos chicos que llevaban allí tiempo escondidos tras las lápidas empezaban el numerito que tenían montado para asustarnos, salíamos en estampida, el espanto dibujado en el arco de la boca, a veces llenas de barro, después de haber tropezado con alguna tumba o tirado algún jarrón. 

Alhambra (Ciudad Real) Foto perteneciente a "Los legados de la Tierra" del Archivo de la Imagen de CLM

Juego y diversión. Nada que ver con cómo en tiempos pasados habían vivido esta fecha nuestrxs padres y abuelxs: de una manera más seria donde el respeto a los difuntos era lo importante. El día 1 ni los hombres iban al bar. Pero, más allá del respeto, también estaba el miedo, pero muy diferente. Mi madre y mi abuela recuerdan de esa noche, sobre todo, tener mucho miedo: se decía que no había que salir a la calle porque "ponían las orejas de pescao", y eso, al parecer, les ciscaba. Tampoco ayudaba el hecho de que no hubiera alumbrado eléctrico y de que las campanas de la iglesia doblaran durante toda la noche... La atmósfera ya con esto resultaba un poco tétrica, en verdad, a lo que se sumaban las nieblas que solían instalarse por estas fechas  y la creencia generalizada en que las ánimas realmente andaban sueltas por las calles... Así que ni niñxs ni grandes se atrevían a salir a la calle, se quedaban en las casas rezando el rosario y comiendo puches, un dulce típico de la festividad: una especie de gachas dulces, preparadas con agua, harina de trigo y azúcar, acompañadas por chicharrones (trozos de pan frito).

Los puches que ha hecho mi tía este año

 

 

La actividad se concentraba durante el día, a lo largo de las tres jornadas desde el 31 al 2. Las mujeres iban en grupo al cementerio a arreglar las tumbas: entonces, que no había lápidas, las tumbas eran pequeñas ondulaciones de tierra que se elevaban unos centímetros del suelo, señaladas con una cruz de forja que, como mucho, ostentaba unas iniciales... No era necesario el estropajo ni el trapo de secar pero sí se llevaban un escavillo para hacerle la forma, quitaban las hierbas que hubieran salido, echaban un poco de cal para definir el contorno, y llevaban ramilletes de flores, normalmente crisantemos, que previamente habían plantado en los tiestos de sus casas para poder tener flores que llevarles a sus muertos, porque, por supuesto, no había floristería donde ir a comprar. 

 

[Las tumbas antiguas de las que ya no se encarga nadie se quedan planas. Solo la cruz queda como testigo de que debajo se encuentra lo que alguna vez fue un cuerpo. La tumba del bisabuelo Manuel está así desde que la abuela ya no puede hacer ese esfuerzo.]

 Los hombres no iban a limpiar y tampoco transitaban por allí más de lo necesario: solo se acercaban el Día de los Santos. El pueblo entero se encontraba allí a las cuatro de la tarde para rezar junto con el cura el rosario, cada cual delante de la tumba de sus familiares. El 2, Día de Difuntos, solo iban a la primera misa (de tres) que se decía muy temprano explícitamente para que ellos se pudieran ir después a trabajar al campo. Las actividades devotas no terminaban ahí: toda la semana de después se hacía el novenario de las Ánimas.






 



Comentarios

  1. Pues que modernas en tu pueblo que adornábais calabazas de pequeñas. Eso al mio llegó cuando yo ya era grandecica. Lo de ir al cementerio por la noche y cagarse del miedo, eso si.

    me ha encantao lo de las orejas de pescao jejeje

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